MILAGRO EN LA SELVA VENEZOLANA

MILAGRO EN LA SELVA VENEZOLANA

Noris Irene Villarreal, una niña descendiente de indígenas, tiene sólo 11 años, 1,40 metros de estatura y pesa menos de 40 kilogramos. Pero a pesar de su corta edad y aparente fragilidad se ha convertido en heroína nacional tras sobrevivir durante trece días a las inclemencias de la selva amazónica y, más aún, salvar a dos personas que viajaban con ella en una avioneta que se vino al suelo antes de llegar a su destino. (VER MAPA INFOGRAFIA: DEL ACCIDENTE AL RESCATE)

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Tenía que seguir, no podía fallar. Ellos me necesitaban , dice la niña cuando se le pregunta por su entereza y valentía.

Entre miradas pícaras y palabras entrecortadas, Noris, acompañada por su mamá, María de Villarreal, le contó a EL TIEMPO su aventura desde la cama donde se recupera de sus heridas en un hospital público de Caracas.

La pequeña fue rescatada el pasado lunes junto a Ismael Rodríguez, un indígena yekuano de 19 años, quien para ese momento estaba inconsciente por una herida en su cabeza y otra en su ojo izquierdo.

Los dos fueron hallados a casi dos kilómetros del lugar donde cayó la avioneta Cessna YV745-C de la empresa privada Aguaysa, que el pasado 12 octubre los transportaba en un vuelo rutinario entre la ciudad de Puerto Ayacucho, en el estado de Amazonas, y el caserío de San Juan de Manapiares (ver mapa).

La nave transportaba a ocho personas entre pasajeros y tripulantes. Cuatro de los viajeros murieron instantáneamente. Pero además de la niña y el joven yekuano, sobrevivieron Carlos Artiaga (59 años), con una fractura múltiple en una pierna, y Rocío Montoya (45 años), con politraumatismos graves.

Noris, que viajaba en uno de los últimos puestos, apenas sufrió una fractura en su brazo izquierdo y algunos rasguños.

Era la primera vez que viajaba sola, sin mi mamá. Mi mamá se tenía que quedar en Puerto Ayacucho, porque mi hermana mayor iba a parir , cuenta la pequeña, quien regresaba a su casa después de las vacaciones escolares.

Todos pedían ayuda Ya casi íbamos a llegar a San Juan de Manapiares, cuando la avioneta hizo un ruido extraño. Todo fue rápido y de repente todo estaba en silencio. No sabía dónde estaba y comencé a llamar a mi mamá. Lloré mucho, estaba muy asustada. Los señores que manejaban el avión estaban llenos de sangre , recuerda Noris, aferrándose a la mano de su madre.

No sabía qué hacer. Busqué fósforos o una linterna, pero no conseguí nada , recuerda la niña, quien comenzó a ver cómo podía ayudar a sus malheridos compañeros de viaje. Fue entonces cuando decidió usar un vaso de plástico que había en el avión para recoger agua de un río cercano y calmar la sed de los heridos. Todos pedían ayuda y yo no sabía qué hacer , dijo la pequeña.

La señora herida (Rocío Montoya) lloraba mucho y me pedía que la llevara al río. Yo no podía porque pesaba mucho y como pudo ella misma se fue arrastrando. Cuando me acerqué ya no se movía. La dejé ahí y el río se la llevó , cuenta Noris, mientras acaricia uno de los seis muñecos de felpa que ha recibido de regalo de varias autoridades locales. La niña nunca había tenido uno de esos , interrumpe la mamá, maestra de escuela rural, descendiente de la etnia indígena Baré, y quien tiene otros siete hijos, dos de ellos menores que Noris.

Con el paso de los días Noris encontró una cajita de primeros auxilios en la aeronave. Yo le ponía curitas en la pierna al señor Artiaga, pero al momentico se le caían , comenta, al recordar que en el avión también consiguió una bolsa de pan y unas latas de leche condensada. Eso comieron los dos primeros días.

Los días y las noches eran iguales. A veces se oían los aviones (de búsqueda) que pasaban por encima, pero ellos no nos veían porque los árboles eran grandotes . Desesperado, el jueves pasado en la noche, Artiaga le pidió a la niña y al muchacho yekuano que se fueran a buscar ayuda, pero pocas horas después (el viernes) tuvo la suerte de ser el primero en ser rescatado.

Pasarían cuatro días antes de que Noris y su acompañante tuvieran la misma fortuna. Caminamos mucho hasta que Ismael se cayó y me pidió que lo dejara, que el se iba a morir. Pero yo me quedé a su lado hasta que nos rescataron. No teníamos comida, sólo tomábamos agua , cuenta Noris con un brillo especial en su mirada.

Tenía tanta hambre que agarré unas hojas de una mata y me las comí. Eran amargas, pero no me importó .

Noris no entiende la magnitud de su hazaña, pero está contenta. Lo mejor es que volveré a mi casa con mis hermanitos , dijo.

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