LOS QUIJOTES DE LA MARCHA

LOS QUIJOTES DE LA MARCHA

A finales de 1989, durante la ofensiva final contra San Salvador, Diego Arias, un guerrillero colombiano que meses antes se había incorporado al Frente Farabundo Martí, comenzó a pensar que la guerra no era el camino para las reformas sociales de su país.

22 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Una vez terminó la guerra en El Salvador, Arias regresó a Colombia y se unió al proceso de paz que desarrollaba el M-19, organización a la que se había unido a los 14 años, en las montañas del Cauca.

Una década después de aquella experiencia, Arias es uno de los impulsores, en el Valle del Cauca, de la marcha que el próximo domingo le exigirá a los violentos negociación ya, alto al fuego y exclusión de los civiles del conflicto.

Arias, asesor de la oficina de reinserción del Valle, dice que él es uno más en un propósito nacional al cual se han unido empresarios, industriales, comerciantes, estudiantes, amas de casa, campesinos, indígenas, estudiantes, obreros y representantes de diversas iglesias, entre otros.

Quizá como nunca antes, la búsqueda del cese la violencia armada logró reunir en la misma mesa a sectores heterogéneos que sacrifican sus horas libres para fabricar pancartas y banderas, cortas cintas verdes o pintar grafitos.

Por eso, en este proceso para derrotar la apatía es difícil identificar cabezas. La marcha es de todos , dicen algunos de los que lideran esta iniciativa. En la sede de la campaña en Bogotá, por ejemplo, trabajan como hormigas unas 50 personas.

Rosalía Calderón es una de ellas. Sus razones son de peso: su padre fue secuestrado y asesinado y tuvo que pagar por el rescate de los restos. Otros 46 familiares cercanos y lejanos han sido plagiados.

En Medellín, Luis Eduardo Salcedo, un cooperativista, y Olga Lucía Ramírez, directora de la Fundación Vamos Mujer, llevan la vocería de 70 organizaciones que trabajan en propuestas civilistas.

En la misma ciudad, María Stella Jaramillo y otros 35 miembros de la fundación Ludipaz se trepan todos los días a los vagones del metro a invitar a la marcha. Ludipaz dice Jaramillo está en capacidad de movilizar a unas diez mil mujeres en la capital antioqueña.

En Cali, ayer por la tarde el padre Gersaín Paz, quien acababa de salir de un congreso eucarístico de tres días, reunía fuerzas para meterle el diente a la marcha. El sacerdote de la arquidiócesis de Cali participó este año en la coordinación de cuatro marchas.

A unos 400 kilómetros al sur de Cali, en Pasto, la periodista Rocío de la Espriella, ex delegada presidencial del programa de Reinserción, y Francisco Angulo, un estudiante de la universidad de Nariño se reúnen todos los días con líderes de barrios y con representantes del gobierno local, de asociaciones de vivienda, de desplazados, de los municipios vecinos y con las madres de los soldados retenidos en Patascoy.

Junto con ellos trabaja un comité de treinta activistas. Habrá movilizaciones en todos los municipios de Nariño , dice Rocío de la Espriella.

Ella y los demás activistas que se metieron de cabeza para derrotar la apatía, están sorprendidos, pues la marcha, aunque tiene organismos que coordinan e imparten instrucciones, desbordó a los dirigentes. Un Quijote se convirtió en una docena y luego en cientos, en miles y para el domingo los organizadores están seguros que la marcha tendrá millones de Quijotes gritándole NO MAS! a los violentos.

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