LA CORTESANA Y LA VIRTUOSA

LA CORTESANA Y LA VIRTUOSA

Conocí hace unos años a una prostituta que antes de llegar al otoño de su vida tuvo un golpe de fortuna: haber encontrado a un hombre que, prendado de sus encantos, decidió sacarla a vivir juiciosa . La llama del arrepentimiento cayó sobre la conciencia de esta mujer, célebre entre las celebridades de su oficio, y quemó el pasado contenido en treinta años de ejercicio cumplidos con sabiduría. No era la única, dentro de la profesión más antigua del mundo , que hacía el tránsito del vicio a la virtud . Lo que resultó desconcertante para todos, incluso para sus antiguos clientes, fue la entereza con que cambió el rumbo de su vida para presentarse en la comunidad como adalid de las buenas costumbres. Muchos temimos que, iluminada por la virtud, le arrebatara al párroco del barrio el derecho a rociar con agua bendita las puertas de las casas del pecado o se lanzara a pronunciar sermones indignados contra sus antiguas compañeras de oficio. Hizo lo que temimos. Poseída por una graci

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Doña Irma enloqueció un día, cuidada por el anciano que la había redimido, pero en todos en el barrio y en la ciudad quedó la certidumbre de que su locura se debía a un esfuerzo inconmensurable de la antigua mamasanta: haber tratado de hacer el tránsito del vicio a la virtud sin haber conseguido borrar de su memoria esos treinta años dedicados a la causa de ofrecer placer a cambio de honorarios relativamente altos, tal había sido la fama adquirida por la calidad de sus servicios.

Con el tiempo comprendimos la tragedia de la cortesana: el tamaño de su arrepentimiento era inferior al peso de su pasado; los esfuerzos por borrarlo, traducidos en delirantes sermones e inquisiciones atormentadas, solo producían la piedad o la risa entre sus antiguas camaradas. No solamente había caído en la locura, sino en la patética ridiculez de la conversa. Con el tiempo, pensamos que la mujer podía haberse evitado la demencia si hubiera elegido la discreción de su nueva vida. Su otoño hubiera sido más apacible. La fortuna de haber hallado marido viejo y complaciente hubiera sido mejor gozada si no se le hubiera atravesado en la garganta el hueso del redentorismo.

Sucede que la más vulgar de las vidas la de doña Irma lo era ofrece analogías con la política, que es a veces, no siempre, la más prostituida de las vidas. Por mucho que se sermonee, por delirantes que sean las jaculatorias, incluso por lo justos que sean los señalamientos que se hacen a la realidad del presente, en todos queda el recuerdo del pasado que contradice sermones, jaculatorias y señalamientos. Que a quién se dirige esta fábula?, preguntarán los lectores. Muy simple: se dirige a todos los Lemos Simmonds del mundo. Se tiene o no se tiene autoridad moral. Si se tiene, la libertad de la crítica es un bien incanjeable. Si no se tiene, el silencio y la discreción son imperativos de conducta.

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