DERECHO A LA INDIFERENCIA

DERECHO A LA INDIFERENCIA

La cuestión homosexual es un asunto extremadamente vigente en el fin de siglo, un debate de la sicología moderna. Los gays y las lesbianas que cada día se hacen más visibles y presentes en nuestras familias, en las calles de nuestras ciudades y en las diversas esferas públicas, vuelven a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia social, la modernidad y la postmodernidad. Vuelven a cuestionar lo que se consideraba incuestionable y, por consiguiente, nos devuelven la fe en las utopías.

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

En este sentido, me alegro de que cada día estén más presentes en algunas de nuestras telenovelas (Marido y mujer y Tabú, entre otras). Su presencia muestra la tan esperada ruptura de la sociedad colombiana frente a un asunto que había permanecido durante siglos en el silencio y la clandestinidad en el más puro estilo de Oscar Wilde. A pesar de estos progresos, sin embargo, los libretistas siguen cayendo en los estereotipos clásicos: homosexuales hombres, victimizados, sufridos e incapaces de asumir su opción sexual libremente y sin culpa.

No solo olvidan que las mujeres también pueden ser homosexuales, sino que el mundo está lleno de homosexuales y lesbianas que han asumido su identidad, que son felices y que no sienten culpa. Esto se ilustra en el mismo significado de la palabra gay, que significa alegre . Habrá que hacer entender a estos libretistas, presumiblemente heterosexuales, que la sexualidad se construye tanto culturalmente como subjetivamente y que la homosexualidad no es menos natural que la heterosexualidad. Ni la masculinidad, ni la feminidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales.

Todos estos conceptos son construcciones culturales e históricas. Invocar la ley natural como principio de argumentación en contra de las homosexualidades es volver al orden de lo biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de la hembra que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera de toda ética, fuera de toda historia y, por consiguiente, sin posibilidad de transgredir la ley, que es justamente lo que posibilita la cultura y, por supuesto, la civilización.

La presencia de parejas homosexuales en nuestra televisión nos tendrá que enseñar y convencer paulatinamente de que el protagonista de una relación heterosexual es igual al de una relación homosexual: es el amor, el mismísimo amor, con todos sus goces y estragos. Desde que nos hominizamos y humanizamos, desde que el macho y la hembra cedieron el paso al varón y a la mujer, seres hablantes, soñadores, constructores de futuro y, por consiguiente, de amores difíciles y a menudo contrariados, la ley natural del instinto y de la cópula dejó de ser suficiente para explicar la complejidad de lo humano y, particularmente, de nuestros amores.

Sigue existiendo algo que me molesta profundamente en la generosa e inaugural tolerancia hacia los homosexuales de nuestra televisión. Les exigimos todavía discreción, y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la discreción requerida de la comunidad gay es un aspecto contundente de violencia simbólica. Sí, es cierto, hoy los toleramos mejor, siempre y cuando sigan siendo prudentes y discretos en sus manifestaciones de afecto y cariño. Yo sigo soñando con una sociedad que no se escandalice más con el abrazo público de una pareja gay o lesbiana. Sigo soñando con una sociedad que no los obligue al gueto. Sigo soñando con bares para la tan enriquecedora diversidad sexual. Sigo soñando con poder bailar al lado de una pareja gay sin ningún problema, ni para mí, ni para ellos o ellas. Pienso seriamente que la guetización y la clandestinidad todavía fuerte en ciertos medios en Colombia, enferma cuando se vuelve extrema. Sigo soñando con una comunidad gay y lesbiana que reclama, ya no este tan parsimonioso derecho a la diferencia que evoca la tolerancia, sino el sencillo y más humano de todos los derechos, el derecho a la indiferencia.

En 1981, Michel Foucault declaraba en una entrevista que la homosexualidad es una ocasión histórica para reabrir virtualidades relacionales y afectivas . Casi veinte años después, en los albores del siglo XXI, la sociedad y la televisión deberían dar cuenta de esta declaración de nuestra modernidad.

* Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad

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