ATENCIÓN AL FRENTE CIVIL

ATENCIÓN AL FRENTE CIVIL

Cuando en el exterior se oye la exclamación compasiva de pobre Colombia , tan bien dotada y sin embargo desgarrada por tantos flagelos, se imagina la pesadumbre de sus gentes y su activa solidaridad ante el infortunio.

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Siendo pocas las noticias buenas y copiosas las malas, se piensa que al menos la población civil se halla en un solo haz frente a la trilogía de la violencia, el narcotráfico y la crisis. La resonancia de las marchas por la paz y su rechazo clamoroso a todo acto de barbarie habrían sacado avante esta hipótesis, ojalá en forma permanente.

Pero la defensa de la apelación a las armas por uno de los protagonistas del cruento conflicto, la inclinación a subestimar las implicaciones sociales de la crisis y la presencia o la influencia del narcotráfico en los escenarios de los asaltos, no parecen todavía modificarse por la presión popular ni por el comienzo de las negociaciones con las Farc y de los diálogos con el Eln.

Desde todos los ángulos se advierte cautelosamente que el proceso de la paz será largo y que será menester revestirse de paciencia para no desesperarse por sus eventuales reveses. La tarea prioritaria queda, por lo pronto, centrada en mitigar los rigores de la guerra y en ver de humanizarla, sin perjuicio de avanzar en las negociaciones sobre otros puntos neurálgicos, específicamente sobre la conformación del Estado en el siglo XXI.

El propósito es llegar a un acuerdo definitivo con los alzados en armas. A nombre de quién? De la nación entera. De esta premisa obvia se deduce la necesidad de procurar entendimientos siquiera mínimos en el seno de sus grandes fuerzas desarmadas y de convocarlas para sacarlos adelante.

No habiéndose realizado este laborioso proceso político y a pesar de los destellos multitudinarios de la voluntad de paz, la población civil aparece desconcertada y un poco a la greña, en contraste con la férrea unidad y la disciplina de los interlocutores armados. Ellos saben lo que quieren y lo buscan porfiadamente.

No cabe desconocer que en este flanco se ha oscilado entre cerrar los ojos a la gravedad de las dolencias, aun a riesgo de incrementarlas, y la fórmula del sálvese quien pueda, propia de los vientos que corren. Así hemos visto sorprendentemente acrecida la subversión, agudizada la crisis, extremado el desempleo y pescando en río revuelto al narcotráfico.

De la indiferencia se pasa al susto generalizado y del alegre optimismo al derrotismo ciego. Pueden haber sido exageradas las versiones anteriores en el extranjero sobre el deslizamiento de Colombia al caos, pero nadie osará negar que en las realidades y expresiones nacionales tomaron pie.

Claro que lo más importante es el restablecimiento de la convivencia democrática. Quien haya estado en España hace cerca de veinte años y vea a través del botón de muestra de su ciudad capital el fruto espléndido de su pujante reverdecimiento en este lapso, no podrá menos de reconocer la virtud creadora de dicho inapreciable bien.

Por no estar la paz colombiana a la vuelta de la esquina, urge el esfuerzo por aminorar los rigores de la contienda, reivindicando la vigencia de los derechos humanos y, si posible, promoviendo la suspensión de los derramamientos de sangre. Pero, en el afán patriótico de entenderse con la guerrilla, no conviene subestimar el frente interno de la población civil, o sea el resto de la nación con sus encuadramientos democráticos. Al fin y al cabo, alma y carne del Estado de Derecho y del régimen de opinión, nervio de su actividad y factor decisivo de su suerte.

Desastre histórico En la revista Cambio encontramos el siguiente concepto de una entidad en la cual no se pueden sospechar asomos de espíritu oposicionista. Dice así: Fedesarrollo estima que la producción nacional disminuirá 3,8 por ciento en 1999, un verdadero desastre histórico y uno de los peores descensos de la producción en el Hemisferio; la producción bruta había caído en 1930 (-0.9 por ciento) y 1931 (-1,6 por ciento) . Por si fuera poco, las proyecciones sobre la economía colombiana se han venido deteriorando mientras mejoran aquellas sobre América Latina, salvo respecto de las de Ecuador y Venezuela cuyas recesiones son más pronunciadas.

Aunque se observen incipientes indicios de recuperación en sectores exportadores distintos de café y se cuente con la dirección y el apoyo del Fondo Monetario Internacional y de otros organismos multilaterales, mal se haría en perseverar en la necia actitud de taparse los ojos y de atenerse a que ahora sí empezamos a salir de la crisis. Por obrar con semejante criterio no se cayó en la cuenta del proceso de sustitución de la producción y el trabajo nacionales y, ya sobre la marcha, se puso en práctica el mecanismo demoledor de las exorbitantes tasas de interés.

Las expectativas influyen mucho sobre las realidades en la medida en que sean fundadas y auténticas. Por no haberlo sido en el inmediato pasado, la economía, a contrapelo de sus predicciones, fue cayendo inadvertidamente de tumbo en tumbo y el desempleo subió cinco puntos en el último año. La esperanza es lo último que se pierde, pero no resulta saludable utilizarla simplemente para calmar o disipar inquietudes. Menos para propiciar o defender estrategias equivocadas.

A qué horas se precipitó la economía colombiana en el peor desastre de su historia en el siglo XX? Por qué, como en otras ocasiones, no se le puso remedio oportuno ni se contrarrestaron sus expresiones embrionarias? Por qué la caída de la producción sobrepasó a la registrada en la crisis mundial de los años treinta? Por haber depositado fe de carbonero en una determinada estrategia y confiado a pie juntillas en alcanzar sin dolorosos traumatismos la meta de la estabilidad.

Cierto es que sobrevinieron fenómenos adversos en Asia, Rusia y el vecindario latinoamericano. Pero esta circunstancia, evidenciada en el deterioro de los términos de intercambio y en el enrarecimiento del mercado financiero internacional, no autoriza a cohonestar ni a minimizar los aportes recesivos de la política económica. Al actual estrangulamiento del crédito no se llegó por casualidad sino por la represión monetaria que postró la actividad productiva y acabó repercutiendo en el sector financiero.

En principio, era conocida la aptitud de la política monetaria para provocar y curar recesiones con sus solos medios. No obstante, conforme se comprobó en la gran depresión y recientemente en el Japón, el desfallecimiento de la estructura privada puede haber sido tan grave y profundo que no responda con prontitud a esta terapéutica. Es entonces cuando corresponde complementarla y reforzarla.

Más objetividad en la apreciación de los hechos y menos dogmatismo en su manejo y solución ahorrarían al país nuevas equivocaciones y perturbaciones. A la variable del empleo es menester reconocerle, técnica y socialmente, su importancia fundamental.

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