EL FÚTBOL

El 12 de julio de 1998, más de un millón de personas se reunieron en los Campos Elíseos para celebrar la victoria de Francia en el Mundial. Según la opinión generalizada, fue la mayor demostración de alegría pública que se haya visto en París desde la liberación de los alemanes en 1944. Lo único que se podía hacer era quedarse boquiabierto ante la importancia de acontecimiento. Se trataba de una victoria deportiva sin más, y ni esforzando mucho la imaginación podría llegar a compararse con el final de la ocupación nazi. Pero aun así, estaba a la vista de todos: la misma calle de la misma ciudad, la misma algarabía, el mismo derroche de orgullo nacional que dio la bienvenida a De Gaulle 54 años antes. Qué decir de todo esto? Cuando me pidieron que escribiera algo acerca del milenio, la primera palabra que me vino a la mente fue Europa. Después de todo, ya el propio término es una idea europea, y cuando comenzaba a buscar en mi mente una imagen o un hecho relevante que pudiera resumir l

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

No es mi intención denigrar las glorias de la civilización europea. Pero a pesar de Dante y Goya, a pesar de Chartres y la Declaración de los Derechos del Hombre, apenas ha transcurrido un solo mes en los últimos mil años sin que un grupo de europeos no haya intentado matar a otro grupo de europeos.

Los países han luchado con otros países (la Guerra de los Cien Años), las alianzas de unos países han luchado contra las alianzas de otros (la Guerra de los Treinta Años) y los ciudadanos de un mismo país han luchado entre sí (las Guerras de Religión francesas). Cuando se trata de nuestro tan cacareado siglo de progreso y información, sólo hay que rellenar los huecos.

Gracias a Dios, desde el final de la II Guerra Mundial ha habido paz entre las potencias más importantes de Europa. Eso no significa que se gusten mutuamente, ni que la carnicería haya concluido en todas partes, pero parece ser que por una vez la gran mayoría de los europeos han hallado una forma de odiarse entre sí pero sin destrozarse mutuamente. Este milagro recibe el nombre de fútbol. Sea o no una leyenda, la primera referencia al juego del fútbol en este milenio proviene de un incidente de guerra. En el año 1000 aproximadamente, los británicos celebraron supuestamente su victoria sobre el jefe de una invasión danesa arrancándole la cabeza y jugando al fútbol con ella.

No tenemos por qué creernos esa historia, pero sí sabemos que allá por el año 1100, los martes de carnaval se celebraban en Inglaterra con partidos de fútbol que enfrentaban a ciudades enteras unas contra otras. Quinientos jugadores en un lado. Un campo que podría ser de varios kilómetros, y juegos que duraban todo el día sin reglas fijas. Llegó a ser conocido como fútbol multitudinario, y la destrucción que provocaban estos alborotos semiorganizados acababa con tantos heridos que en 1314 Eduardo II prohibió el juego.

Posteriormente, Eduardo III, Ricardo II y Enrique IV también ordenaron su prohibición. Estos reyes no sólo estaban preocupados por la violencia del deporte, sino que también temían que tanta intromisión en el fútbol estuviera restando tiempo a la práctica del tiro con arco y que, por consiguiente, el reino pudiera no estar lo suficientemente preparado en caso de que se produjera una invasión.

Pero a finales del siglo XVII, la habilidad con el arco dejó de ser un requisito obligatorio para los soldados, y Carlos II comenzó a promover activamente el fútbol. En 1801 se introdujeron normas comunes y después de 1863, cuando las reglas del fútbol tal como lo conocemos hoy se establecieron en la Universidad de Cambridge, el juego comenzó a difundirse por toda Europa y por el resto del mundo. Desde entonces, se ha convertido en el deporte con mayor fama y difusión de la historia.

Hoy día, los países libran sus batallas en el campo de fútbol con ejércitos sustitutos que ahora visten pantalones cortos. Se supone que es un juego y se supone que el objetivo es la diversión, pero el misterioso recuerdo de antiguos antagonismos se respira en cada partido y cada vez que se marca un gol se oyen ecos de antiguas victorias y derrotas. Holanda contra España. Inglaterra contra Francia. Polonia contra Alemania.

Cuando vi la Copa del Mundo el verano pasado y me fijé en los seguidores de los distintos equipos nacionales ondeando la bandera de su país y cantando los himnos nacionales, comprendí que los europeos habían encontrado finalmente un sustituto para la guerra. Sí, soy consciente de los gamberros o hooligans del fútbol y soy conocedor de las peleas que tuvieron lugar en Francia durante la Copa del Mundo.

Pero, aun así, podemos contar las víctimas con los dedos de las dos manos; hace una generación se contaban por millones.

Paul Auster es autor de Timbuktu, su novela más reciente.

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