LA INVENTIVA ES LA MADRE DE LA NECESIDAD

LA INVENTIVA ES LA MADRE DE LA NECESIDAD

Mis hijos gemelos de 11 años me han contado lo que han aprendido hoy en el colegio. Papá, Johannes Gutenberg inventó la imprenta, y fue uno de los mayores inventos de la historia. También lo aprendí yo cuando era pequeño. Sospecho que se da la misma visión en muchos otros colegios norteamericanos y europeos. Lo que nos dicen sobre la imprenta es parcialmente cierto, o por lo menos, defendible.

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Personalmente, yo lo valoraría como el mayor invento de este milenio. No hay más que pensar en las enormes consecuencias que ha tenido para las sociedades modernas. Sin la imprenta, millones de personas no habrían podido aprender a leer con rapidez y sin errores de transmisión las 95 Tesis de Martín Lutero, la Declaración de Independencia de Estados Unidos, el Manifiesto Comunista, ni otros textos que transformaron el mundo. Sin la imprenta no tendríamos la ciencia moderna.

Sin la imprenta, los europeos no se habrían extendido por todo el globo a partir de 1492, pues la consolidación de las conquistas europeas iniciales requerían la emigración de miles de conquistadores en potencia motivados por los relatos escritos sobre la captura del emperador inca Atahualpa por Pizarro.

Así que estoy de acuerdo con la mitad de lo que les han enseñado a mis hijos, con la parte relativa a la importancia de la imprenta. Sin embargo, las cosas se complican cuando se atribuye el mérito de este invento solamente a Gutenberg, e incluso cuando sólo se le atribuye la imprenta en sí. Gutenberg hizo mucho más que inventar la imprenta, y mucho menos que inventar la impresión.

Una forma más adecuada de interpretar este logro sería algo así como la siguiente frase legalista: Gutenberg desempeñó un importante papel práctico y simbólico al reinventar independientemente, con grandes mejoras, y en el seno de una sociedad más receptiva, una técnica de impresión que había sido desarrollada anteriormente en la Creta minoica alrededor del año 1700 antes de Cristo, si es no mucho antes. Por qué tuvo la imprenta en tiempos de Gutenberg el auge que no tuvo la minoica? Aquí entra en escena una fascinante historia que pone en tela de juicio nuestra habitual imagen del inventor heroico y solitario: Gutenberg, James Watt, Thomas Edison... Con su contribución al mayor invento del milenio, Gutenberg nos dio la mejor ventana del milenio para saber cómo se desarrollan los inventos. Incluso los escolares norteamericanos y europeos educados en la hagiografía gutenbergiana aprenden pronto que China tenía imprentas mucho antes de los tiempos de Gutenberg.

Se sabe que la impresión en China se remonta hasta alrededor del siglo II d. C., cuando los textos budistas sobre las columnas de mármol empezaron a copiarse en el nuevo invento chino del papel a base de extender tinta. Hacia el año 868, China imprimía libros. Pero la mayoría de los impresores chinos grababan o escribían de otro modo un texto sobre un bloque de madera, en lugar de unirlo letra por letra como hacía Gutenberg (como han hecho desde entonces casi todos los siguientes impresores que utilizan sistemas alfabéticos). De ahí que haya que matizar la atribución del invento a Gutenberg, que no inventó la imprenta, sino la imprenta de caracteres móviles, es decir, la impresión por medio de letras individuales, que pueden componerse para formar textos, imprimirse, desmontarse y reutilizarse.

Es ésta la historia verdadera? No, Gutenberg sigue sin merecer siquiera esa atribución. En torno al año 1041, el alquimista chino Pi Sheng había ideado caracteres móviles hechos a base de una amalgama de barro cocido y pegamento. Entre los siguiente inventores que mejoraron la idea de Pi Sheng estuvo el rey de Corea Htai Tyong (con caracteres de molde de bronce, alrededor de 1403) y el impresor holandés Laurens Janszoon (caracteres de madera con letras grabadas a mano, alrededor de 1430). De todos estos inventores, es conveniente (y creo que justo) destacar a Gutenberg por sus avances: la utilización de una prensa, su técnica para producir en masa letras metálicas duraderas, una nueva aleación de metales para los caracteres y una tinta a base de aceite. También nos parece conveniente resaltar a Gutenberg como símbolo, pues se puede considerar que impulsó la producción de libros en Occidente con su hermosa Biblia de 1455.

Sin embargo, mucho antes, algún impresor anónimo de la antigua Creta de la época minoica había inventado una clase de imprenta de caracteres móviles. Se puede encontrar la prueba de la existencia de la impresión minoica en un solo disco de barro cocido, de quince centímetros de diámetro. Se encontró profundamente enterrado entre las ruinas de un palacio del año 1700 a. C., en Faístos, Creta. El disco está cubierto en ambas caras por llamativas formaciones en espiral de 241 símbolos que constituyen 45 letras distintas (en realidad, signos silábicos), que no se descifraron hasta hace un par de años. Un desciframiento reciente ha identificado la lengua de los signos con una antigua forma de griego anterior incluso al homérico.

Sorprendentemente, los símbolos del disco de Faístos no fueron grabados a mano en el barro, como se hacía con casi todas las inscripciones antiguas sobre barro, sino que fueron impresos por un conjunto de punzones, uno para cada uno de los 45 signos. Es evidente que alguno de los antiguos predecesores cretenses de Pi Sheng se le anticipó en 2.741 años. Por qué desapareció la impresión minoica? Por qué estaba la Europa del Renacimiento preparada para hacer uso del mejor invento del milenio, a diferencia de la Creta minoica? Desde el punto de vista tecnológico, los punzones manuales minoicos eran muy rudimentarios. El mismo sistema de escritura minoico, un silabario, más que un alfabeto, era tan ambiguo que poca gente podía leerlo y se utilizaba sólo para tipos de textos muy concretos, puede que sólo para listas fiscales y la propaganda real. De forma semejante, la utilidad de la imprenta china se limitaba al propio sistema no alfabético chino. Para hacer que la impresión minoica fuese eficaz, habrían sido necesarios avances tecnológicos que no tuvieron lugar hasta mucho más adelante, como la creación del papel, un alfabeto, y mejores tintas, metales y prensas.

He dicho que Gutenberg forma parte no sólo del mejor invento del milenio, sino que también ilustra lo errónea que es a menudo la idea que tenemos de los inventos. Tener un invento en la cabeza puede ser la parte más fácil; puede que el verdadero obstáculo para el progreso sea la capacidad de una sociedad en concreto para utilizar el invento. Entre otros inventos famosos por ser prematuros están las ruedas en el México precolombino (relegadas a juguetes porque los indios mexicanos no tenían animales de tiro) y la alfarería de Cro- Magnon, del 25.000 a. C. ( Qué cazador-pastor nómada tiene interés en cargar con pucheros?) Los adelantos tecnológicos que dan lugar a los grandes inventos suelen venir de zonas sin ninguna relación entre sí. Por ejemplo, si una reina de la antigua Creta hubiera lanzado un Proyecto Manhattan minoico con el fin de lograr la alfabetización masiva mejorando la imprenta, no se le habría ocurrido nunca fomentar la investigación sobre las prensas para hacer queso, vino, ni aceite de oliva; y, sin embargo, ésas fueron las prensas que proporcionaron los prototipos para la contribución más original de Gutenberg a la tecnología de la impresión. Del mismo modo, los planificadores militares estadounidenses que intentaban construir poderosas bombas en la década de los treinta, se habrían reído de la idea de que estaban financiando la investigación de algo tan secreto como los elementos transuránicos.

Nos imaginamos a los inventores como héroes con el ingenio necesario para identificar y resolver los problemas de una sociedad. En realidad, los inventores más grandes han sido manitas a los que les encantaba enredar por propio placer y que luego tenían que averiguar para qué podían servir sus inventos, si es que servían para algo. El mejor ejemplo es el de Thomas Edison, cuyo fonógrafo es considerado su invento más brillante. Cuando construyó el primero, en 1877, no fue como respuesta a un clamor popular para oír a Beethoven en casa. Una vez que lo hubo construido, no supo muy bien qué hacer con él, así que elaboró una lista con 10 usos, como grabar las últimas palabras de los moribundos, dar la hora y enseñar ortografía. Cuando los empresarios utilizaron su invento para reproducir música, Edison pensó que se trataba de una degradación de su idea.

Nuestra idea errónea tan difundida de que los inventores se proponen resolver los problemas de la sociedad es lo que nos lleva a decir que la necesidad es la madre de los inventos. En realidad, los inventos son la madre de la necesidad, al crear necesidades que no teníamos antes. (Seamos sinceros: de verdad necesitábamos un Walkman para discos compactos mucho antes de que existiera?) Lejos de acoger soluciones para nuestras supuestas necesidades, los intereses atrincherados de la sociedad suelen resistirse a los inventos. En los tiempos de Gutenberg, no había nadie que abogara por una nueva forma de producir en masa ejemplares de libros: había hordas de copistas cuyo temor a quedarse sin trabajo dio lugar a la prohibición de la imprenta en ciertos lugares. El primer motor de combustión interna se construyó en 1867, pero no hubo vehículos de motor en varias décadas, porque el público se contentaba con los caballos y el ferrocarril. Los transistores fueron inventados en Estados Unidos, pero la industria electrónica del país los ignoró para proteger sus inversiones en productos de tubos al vacío; el adaptar los transistores a los productos electrónicos de gran consumo dependió de Sony, en el bombardeado Japón de la postguerra. Los fabricantes de teclados para escribir siguen prefiriendo nuestra ineficaz disposición qwerty, en lugar de una con un diseño racional.

Todas estas ideas equivocadas sobre los inventos impregnan nuestras políticas científicas y tecnológicas. Todos los años, los funcionarios critican algunas áreas básicas de investigación por ser un despilfarro de los impuestos recaudados y nos aconsejan que, en lugar de ello, nos centremos en solucionar problemas, es decir, en la investigación aplicada. Claro que, hace falta mucha investigación aplicada para convertir descubrimientos básicos en productos realizables. Un ejemplo excelente es el Proyecto Manhattan, en el que se gastaron tres años y 2.000 millones de dólares (290.000 millones de pesetas) para convertir el descubrimiento de Otto Hahn y Fritz Strassman de la fisión nuclear en una bomba atómica. Sin embargo, con demasiada frecuencia el mundo no es capaz de darse cuenta de que ni las soluciones a muchos difíciles problemas tecnológicos ni los usos potenciales de muchos descubrimientos de investigación básicos eran predecibles por adelantado. Por el contrario, la penicilina, los rayos X y muchas otras maravillas modernas fueron descubiertas accidentalmente (por manitas impulsados por la curiosidad). Así que olvídese de esos cuentos sobre inventores geniales que descubrieron una necesidad en la sociedad, la resolvieron sin ayuda de nadie y cambiaron el mundo. Nunca han existido tales genios; no ha habido más que procesiones de mentes creativas sustituibles que hicieron contribuciones casuales o aportaron mejoras. Si Gutenberg no hubiera ideado las mejores aleaciones y tintas que se utilizaron en los primeros tiempos de la imprenta, algún otro manitas lo habría hecho a base de metales y aceites. Atribuyan a Gutenberg parte del mérito por el mejor invento del milenio, pero no demasiado.

** Jared Diamond es profesor de fisiología en la Facultad de Medicina de la UCLA. Es autor de Guns, Germs and Steel, que ganó el Premio Pullitzer para obras generales no de ficción en 1998.

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