LA PESADILLA DE TODO DICTADOR: LOS HUMANOS TIENEN DERECHOS

LA PESADILLA DE TODO DICTADOR: LOS HUMANOS TIENEN DERECHOS

Con el estandarte empapado de sangre del fanatismo religioso surcando los cielos como legado destacado de este milenio, la famosa tesis de Martín Lutero contra el absolutismo religioso me pareció en un principio un importante candidato a mejor idea de los últimos mil años.

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Por asociación progresiva, también el microprocesador y sus implicaciones: la liberalización del acceso a los conocimientos, y un aumento cuántico de la transmisión de ideas. Hay, sin embargo, una idea más noble que se ha extendido por su propia fuerza durante este milenio y que ahora ha comenzado a florecer: la idea de que ciertos derechos fundamentales son inherentes a toda la humanidad.

La humanidad siempre ha luchado por imponer ciertos valores por derecho propio, que el individuo consideraba que formaban parte de la existencia natural de cada persona. Es difícil imaginar una época en la que no se haya intentado alcanzar dichos valores mediante actos espasmódicos de disensión frente a las normas que parecían gobernar la sociedad, incluso en su forma más rudimentaria. Incluso tras años de conformidad con precedentes consagrados, siempre surgen algunos disidentes, y en instancias cruciales, obtienen su primer impulso de el concepto que el propio individuo tiene de su valor como sujeto.

En la devolución de la autoridad a un individuo como jefe de un colectivo, prevalece un sistema de controles sobre la autoridad arbitraria. Tomemos, por ejemplo, el gobierno monárquico entre los yoruba, una etnia concentrada en la actualidad en Nigeria occidental. En el vértice es un personaje cuasi deificado, envestido de autoridad suprema sobre sus súbditos. Para preservar el aura mística de dicho gobernante, nunca se le ve comer ni beber.

Antiguamente no se le permitía hablar directamente con su pueblo, sino que tenía que emplear un intermediario, un portavoz. A los reyes de más alto rango entre los yorubas, los ekeyi orisa (compañeros de los dioses), estaba prohibido incluso verles la cara. A pesar de la distancia social y psicológica entre el jefe y sus súbditos, el monarca juraba gobernar dentro de un estricto contrato de autoridad.

La transgresión de un tabú, por ejemplo, o el incumplimiento de los deberes ceremoniales a su debido tiempo, daban lugar a multas, a rituales de apaciguamiento o a un periodo de ostracismo. Sin embargo, el delito más grave era el abuso de poder, el autoritarismo excesivo y el atropello de los derechos de los ciudadanos. Para esta categoría de delitos había sólo una respuesta: si se juzgaba culpable al rey, se le entregaba una calabaza cubierta y se le invitaba a retirarse a sus cámaras interiores. Y él comprendía la sentencia: nunca más debería volver a ser visto entre los vivos.

Naturalmente, de vez en cuando un individuo consigue convertir la autoridad colectiva en un monopolio personal. En estos casos, la sociedad se caracteriza por las tensiones, palpables u ocultas, entre los derechos suprimidos del pueblo y la rapacidad de poder de un individuo. Pero, en tales circunstancias, en qué basa la sociedad sus exigencias, su voluntad de resistir? Sabemos que la rebelión se puede disparar por el recuerdo de relaciones más equitativas, por la expropiación material o por una transgresión cultural que afecta al bienestar espiritual de la comunidad o de un individuo. Dicha rebelión encuentra su autoridad en la creencia, sustentada por un ciudadano tras otro, de que el gobernante ha transgredido una norma fundamental de la existencia humana.

Pongamos por ejemplo el derecho de pernada, el que concede al señor el derecho a desflorar, en la noche de bodas, a la esposa de sus vasallos. Al fin y al cabo, a la hora de rebelarse, en qué se basa el novio, a quien le ponen ritualmente los cuernos, si no es en una convicción subjetiva de la propia valía? Qué sucede incluso hoy en día en algunas partes de mi mundo con el monarca yoruba que intenta ejercer su derecho a gbese le, es decir, a poner su zapato real, simbólicamente, sobre cualquier mujer con la que se ha encaprichado, asignándola así a su harén? El derecho del señor al trabajo compulsivo de sus siervos, la propiedad de otro ser humano como esclavo, la nueva era de esclavitud que sufren las mujeres en países como Afganistán. El enfrentamiento a estos y otros denominados derechos comienza seguramente con la interrogación sobre la propia valía, que se amplía progresivamente hasta un examen del valor común del ser humano como unidad de propiedades y derechos irreducibles.

Fueron necesarios siglos para que las sociedades se influyeran mutuamente hasta el extremo crítico necesario para incitar a los filósofos a plantearse el concepto del género humano en general, y no simplemente como miembros de una raza específica u ocupantes de un espacio geográfico. En sus rudimentarios comienzos, cada sociedad estaba limitada por un procedimiento que codificaba sus propios intereses colectivos contra todos los demás, como la Carta Magna y las Diez Enmiendas a la Constitución. Tales juramentos de fidelidad realizados por los pequeños caciques les imponían deberes a los señores feudales, pero también afianzaban sus propios mecanismos arbitrarios de autoridad y coacción sobre el siguiente nivel social. Esto daba lugar a veces a una extraña alianza entre el monarca y sus más bajos vasallos contra los todopoderosos nobles y caciques.

Al igual que la raza y la ciudadanía, la religión no estaba muy lejos de la filosofía de derechos exclusivista, ya que formulaba códigos para proteger los derechos de los fieles pero denegaba los mismos a los demás: la cruz frente a la media luna, el budismo frente al hinduismo, el creyente frente al infiel. O simplemente la religión frente al laicismo. Pisoteada hasta quedar reducida a polvo por las pezuñas de los mastodontes rivales de la religión, la ideología y la raza, cada unidad social reflexiona, al menos periódicamente, sobre qué es lo que la diferencia del ganado o de las ovejas, de los caballos que tiran de los carruajes de la realeza, incluso cuando dichas decisiones son meras expresiones de la voluntad colectiva.

Si el género humano se definiese tan sólo por el orden, el ornamento, la organización social, la tecnología, los lazos familiares e incluso las estructuras productivas, cuáles serían entonces las propiedades significativas que diferenciarían al homo sapiens del resto de las especies del planeta? Las polarizaciones dentro de diversos micromundos nosotros frente a unos ellos inferiores- se han armado ya hace tiempo de diligentes racionalizaciones. A lo largo de la historia, teólogos cristianos y musulmanes han recabado información de sus escrituras en busca de pasajes que acentúen la primacía indiscutible de una deidad suprema que le ha conferido a ellos la autoridad. Y con qué fin? Principalmente el de dividir el mundo entre nosotros y el resto. Las grandes mentes pensantes europeas, como Hume, Hegel y Kant, rindieron sus prodigiosos talentos a dividir la especie entre aquellos con derechos y aquellos que no los tenían, basándose en la conveniente teoría de que algunos seres eran humanos y otros no lo eran tanto.

Los enciclopedistas franceses, producto de la llamada Era de la Razón, siguen siendo los más prolíficos codificadores de la especie humana (y de otras) en una escala ambiciosamente amplia, y su trabajo intelectual confirió una bendición científica a un proyecto puramente comercial por el que millones de personas fueron arrastradas a través del océano para servir como bestias de carga. La religión y el comercio profesiones mucho más viejas que aquella a la que habitualmente se le concede esa distinción, pero a menudo de idéntica naturaleza- se vieron reforzados por la autoridad que les conferían las nuevas teorías científicas para dividir a la humanidad en manifestaciones superiores e inferiores de la especie. La dicotomía del mundo se había completado.

Fue necesario que el fascismo estuviera a punto de vencer para que el mundo recobrase su buen juicio. El horror del Holocausto llevó finalmente a los dirigentes del mundo a la pregunta original: cuál es el verdadero valor de la humanidad? Resulta dudoso que los tres gobernantes victoriosos que se reunieron en Yalta llegaran a sutilezas filosóficas profundas en las discusiones que dieron lugar a Naciones Unidas, ese intento parcial de invertir el curso dicotomizador de la humanidad. Ese curso, llevado a su conclusión definitiva, había dado lugar a un intento de purificación de la especie, a la eliminación sistemática de millones de personas en cámaras de gas en una guerra que enfangó el potencial de Europa en la sangre de su juventud. Después de todo, el concepto de raza superior no era nuevo, pero nunca había sido tan obsesivamente articulado y sistemáticamente perseguido. Era hora de replantearse el destino de la humanidad. Las conversaciones mantenidas en Yalta, que desembocaron en la creación de Naciones Unidas, fueron una respuesta parcial a dicha pregunta.

La primera fase consistía en poner en términos concretos el nuevo pensamiento, consagrar en una carta de derechos el producto de las lacerantes lecciones del pasado inmediato: Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Está forjado sobre el reconocimiento de ese extracto de la intuición, durante largo tiempo suprimido, que la humanidad había conservado durante la evolución, uno que había sido propuesto, comprometido, enmendado, viciado y subvertido, pero nunca abandonado: que, para todos los seres humanos, existen ciertos derechos fundamentales. La idea existe ya en la Biblia, en el Corán, en el Bhagavad-Gita, en los Upanishads, pero siempre de forma velada, relativista y patriarcal, siempre sometida a los invisibles límites divinos, cuyos intérpretes son mortales con diferentes ideales, normalmente aliados con los mismos controles arbitrarios que están en contradicción con tales ideas. Silencioso, comedido, olvidado por las denominadas religiones del mundo, pero también benditamente indiferente a ellas, el Ifa, el corpus de preceptos espirituales y filosofía laica de los yoruba, con unos orígenes que se pierden en la antigedad, pero conservado y aplicado hasta hoy, anuncia ideas idénticas a través de Orunmila, el dios de la adivinación: Dandan enia liayan ko mu ire lo siaye ...] Ipo rere naa ni aye-amotan ohungbogbo, ayo nnigbagbogbo, igbesi laisi ominu tabi iberu ota. Ciertamente, el ser humano ha sido elegido para traer los valores al mundo ...] y su lugar de bien es el conocimiento de todas las cosas, el júbilo en todos los momentos, verse libre de ansiedades y verse libre del temor al enemigo. Irosu Wori] La humanidad se ha esforzado por alcanzar la plenitud de esta doctrina, el derecho al conocimiento, estar libre de ansiedades, el derecho a la seguridad de la existencia como algo inherente a la especie. Lo único que ha resultado largo y costoso ha sido el proceso de promulgar su pertenencia a toda la humanidad. El origen de la idea, por tanto, es a la vez atemporal y nuevo. Su resurrección la captación concreta de la idea en este milenio, como respuesta a las exigencias de la política, la religión y poder, y asegurándola con los cimientos de la universalidad- era un destino abrazado en primer lugar por Francia.

Allí, por desgracia, los acontecimientos que dieron vida a esta idea no fomentaron su adopción universal, y ni siquiera se mantuvieron duraderamente en la propia Francia. La restauración de la esclavitud por parte de Napoleón fue a buen seguro la contradicción más flagrante de la idea, pero esto no le preocupó mucho al emperador.

Y sin embargo, la idea de los derechos humanos como principio universal había arraigado. Ciertamente movilizó la pasión de los verdaderos idealistas opuestos a la trata de esclavos, a los cuales hay que distinguir siempre de aquellos para los que la abolición no era más que un sagaz cálculo comercial. La idea implícita en la Declaración de Independencia de Estados Unidos que todos los hombres nacen iguales, y que están dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables es un esbozo de esa idea original de la que la Revolución Francesa obtuvo su inspiración, una idea que ha seguido convulsionando el orden injusto del mundo allí donde ha arraigado: los derechos fundamentales del hombre.

Es una idea cuya supresión constituye la principal preocupación de los dictadores, sean estos militares o civiles, de derechas o de izquierdas, laicos o teocráticos. Es, no obstante, su pesadilla, su única parcela de terror, una que no pueden exorcizar, ni siquiera mediante los más desmesurados aniquilamientos, las campañas de tierra quemada y los crímenes contra la humanidad. Es una idea que ha transformado la vida de miles de millones de personas y que está lista para liberar a miles de millones más, dado que no se conforma con el formulismo ni con el relativismo: vincula implícitamente la liberación de uno a la liberación de todos.

Su evangelio de universalidad está anclado en el impulso más afectivo que los cínicos atribuyen a las decisiones tomadas por la humanidad, el amor propio, pero uno que interpreta que la humanidad es el propio ser.

** Wole Soyinka, dramaturgo, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1986.

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