HAMBURGO: PRUEBA DE FUEGO

HAMBURGO: PRUEBA DE FUEGO

Llegar a un país sin saber ni un poco de su idioma es una de las situaciones más difíciles que me ha tocado experimentar. Con el agravante de que debo intentar aprenderlo, así sea para tratar de medio hacerme entender. Me refiero a Alemania, este rico y pujante país, en donde hablan y escriben larguísimas frases, tan complicadas que este pobre periodista del Tolima, a mi edad, nunca comprenderá. Y que me perdonen Goethe, Mann y el mismísimo Gnter Grass.

29 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

La Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo fue mi primera prueba de fuego, la misma noche que aterricé. Una nutrida delegación de la Fundación del Gobierno de Hamburgo, encabezada por su propio director, el obispo evangélico Helmut Frenz; su gerente, Martina Baurle, y el abogado Rainer Blohm, me recibió junto con la cónsul de Colombia en esta ciudad, Karin Kuhfeldt. Y aquí viene la historia. Después de que me ubicaron en el apartamento, el obispo Frenz nos invitó a la cónsul y a mí a un restaurante, donde cenamos y nos tomamos, entre los tres, una botella de vino. Después de medianoche nos dirigimos al consulado para avisar a mi familia que había llegado bien.

En un gesto de atención y solidaridad, la cónsul Kuhfeldt se ofreció a regresarme a mi nueva residencia. Por el camino me fue mostrando los encantos de la ciudad, y de paso, entramos en un bar para señalarme en dónde podría bailar música salsa, en el futuro. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, a pocos metros del sitio, la policía hizo detener el vehículo, acompañada de varios medios de comunicación. Le pidió a la funcionaria que entregara las llaves, mientras que los periodistas filmaban y hacían fotografías.

Desconcertado, le preguntaba a la cónsul si esta situación era normal en Alemania, pero ella tampoco sabía qué pasaba. Lo cierto es que la prensa amarillista publicó fotografías y aseguró que la cónsul había bebido, pero la policía no hizo ninguna prueba de alcohol y no levantó ningún cargo contra la funcionaria. Claro que algunos periódicos trataron de hacer bulla, aunque nunca se supo qué había detrás de todo este montaje.

Así, entre policías y periodistas, me encontré con Hamburgo, una ciudad con mucha vida, acogedora, donde viven muchos extranjeros, que, seguramente más inteligentes que yo, poco a poco van asimilando el idioma y el duro frío del invierno que llega.

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