SIRVEN TODAVÍA LOS LIBROS

SIRVEN TODAVÍA LOS LIBROS

Para qué los libros, para qué Dios mío . Canción de carrilera. Durante las últimas semanas, mientras trataba de ponerme no al día, ni al año sino al siglo en atraso en libros; y cuando pensaba en algunas de las clasificaciones de Italo Calvino (al fin, de moda, después de años y años en que los libreros veíamos cómo se amarillaban sus obras en las estanterías y terminaban vendidas de barato en cualquier feria), clasificaciones citadas hace pocos días por Alfonso Cano, dí con la preciosa revista El árbol de los libros, en la que se reproduce un cuadro hermoso y significativo: sobre una escalerilla y ante anaqueles repletos de volúmenes, un anciano mira el que tiene en la mano derecha, sostiene otros dos bajo la axila y entre las piernas, como para leer por endósmosis. Y por si eso fuera poco, hay otro libro abierto en su mano izquierda: así transcurre la vida difícil pero bella de quien se somete a la fascinación de la lectura o del simple hecho de mirar los libros o apenas de tocarlos

14 de enero 1991 , 12:00 a.m.

En eso terminó el esfuerzo de quien escribió la obra? O estamos ante un caso de inducción para que el recién llegado se apasione por el tema o por la obra completa? Ya irán apareciendo las respuestas correctas.

Poco hay superior en refinamiento al espectáculo del desconcierto de un lector ante varios libros que lo esperan, porque él los escogió para que le dieran su secreto, para juzgarlos. Por cuál comienzo? Ya ha habido una primera información de alguien en un comentario personal en otro libro, en la noticia o crítica de un periódico o revista, en el conocimiento previo del autor o del tema, de modo que la referencia de la contracarátula o de la solapa del libro quedó agotada. Entonces hay que empezar por la introducción, cuando se trata de obras no literarias, y ya no se escriben prólogos cortos, del autor mismo o del presentador, porque se quita tiempo a otros libros en turno. En fin, el leer ciertas obras se constituye en un rito personal agobiante y por lo mismo incomparable.

A propósito de la lectura, sitiada por el imperio de los bestsellers y de la televisión, tomo del escritor italiano Giuliano Zincone, en Corriere della Sera, a modo de terapia para nerviosos en tiempo de guerra, lo siguiente: ... Ir al diccionario equivale, simbólicamente, a aferrarse a la antigua certeza, a respetar el contenido consolidado de las palabras. Este proceso lógico cierra el punto de llegada a una Koiné (lengua común), provista de sólidas raíces y desconfiada de los eufemismos más o menos seductores... Un ciego no se consolará si lo llaman invidente , un barrendero no se sentirá menos humillado si le decimos operador ecológico , un negro no será menos discriminado si lo definimos ( por ley, por costumbre?) como ciudadano de color ... La Koiné televisiva ha inventado un lenguaje común, un vocabulario elemental hecho de 200 o 300 palabras. Y los periódicos siguen la corriente: para vender muchos ejemplares es indispensable hacerse entender , es decir, simplificar todo concepto, banalizar la complejidad de los acontecimientos, de la política, de las relaciones sociales. Es necesario decimos porque de otra manera la gente no entiende . No, esta es una treta, un instrumento de poder. Tenía razón Darío Fo cuando decía: El patrón conoce mil palabras y tú no, por eso es el patrón ... Esto es más cierto en una sociedad donde todo poder deriva del conocimiento, de la inteligencia y de las complicaciones. El extremo engaño y la extrema opresión consistentes en hacerle creer a la gente que no necesita entender, y que toda la cultura (todas las hipótesis de la ciudadanía), están contenidas en las 300 palabras que promueven los medios masivos. Nace una Koiné pacificada y bonachona, en la cual todos se creen iguales. Nace una cultura veloz, en la cual todos se creen cultos y ciudadanos, porque pueden repetir las peores falsedades y las peores necedades, sobre la crisis de los valores, sobre la violencia de la sociedad, sobre la mafia, sobre la corrupción de los políticos; sin reflexionar lo mismo sobre el significado de las palabras... Y ahora, a comprar los diccionarios italianos (o españoles, digo yo, B. B.)... El italiano es una lengua complicada porque expresa una realidad complicada. No les demos crédito a las tretas democráticas que quieren simplificarla... ) Esta argumentación, un tanto injusta y poco objetiva, es oportuno refrescarla: al fin y al cabo periódicos como The New York Times publican diccionario para que los lectores tengan a su disposición conceptos exactos sobre los términos y las ideas que se tratan a menudo en sus columnas.

Debo agregar algo sobre mi propensión a las citas: ella no obedece a falta de qué decir, porque soy diserto y cultiparlero. Quizá haya en ello una dosis de pedantería; y en todo caso el deseo de castigar en forma sistemática el afán de dogmatizar, de decir la última palabra; afán que termina desorientando y, peor aún, provincianizando al autor y a los lectores, si es que estos caen en la trampa. Aquello de que cuando quiero leer un buen libro lo escribo , que decía el personaje del siglo XIX, pasó de moda. Por tanto, es bueno contar lo que se dice en otras partes sobre temas conocidos y sobre otros que lo son menos, para que se vea que la verdad no es una sola, y que siempre hay alguien más inteligente, más profundo, más informado que nosotros.

Volvamos al principio de esta columna: es mejor, más tranquilizante sobre todo en lunes de preguerra, ir a los libros para que, por lo menos, nos enseñen que en la vida hay que escoger con cuidado. Mientras ocurre lo que Gabriel García Márquez me contaba: que su esposa Mercedes soñó una noche que a todos los seres humanos se les había olvidado leer!

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