FLORENCE THOMAS Y ALICIA MEJÍA

FLORENCE THOMAS Y ALICIA MEJÍA

Más que vidas paralelas, podrían ser vidas encontradas. Lo que Florence Thomas detesta, Alicia Mejía promueve. El mundo femenino que la profesora Thomas recorre con los argumentos del feminismo, lo recorre la señora Mejía con las razones de la industria. Parecerían irreconciliables: el oscuro objeto del deseo que Alicia ha convertido en una admirable empresa de diseñadores, modelos, pasarelas y alto glamour, es el objeto que Florence fustiga en su discurso.

12 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Entre la eficiencia académica y polémica de la doctora Thomas, capaz de congregar multitudes de mujeres que la escuchan, y la eficiencia empresarial de la señora Mejía, capaz de congregar a la moda del país alrededor de la belleza femenina y masculina, parecería existir una contradicción insalvable. La Thomas se debate por un espacio en el que las formas no ahoguen los contenidos de la condición femenina; la Mejía por un escenario donde las formas de la moda sean un tributo a la belleza de lo efímero, grata y amable, liviana y apetecible. Metidas de cabeza en causas casi contrapuestas, la empresaria y la profesora dan cuenta de un mundo que divide a las mujeres en corrientes de profundidad y corrientes de superficie.

Florence habla incesantemente con sus erres guturales; seduce a su auditorio con la fina dialéctica de lo masculino y lo femenino en régimen de igualdad y de justicia. Alicia, todo un volcán de ideas e iniciativas, seduce al mundo de Colombiamoda con sus iniciativas irresistibles. Sin ella, sin Alicia, la moda colombiana no sería espectáculo e industria; sin ella, sin Florence, la conciencia de lo femenino no sería más que una creación imaginaria de lo masculino.

En el peldaño de los cincuenta y tantos, Florence y Alicia encarnan, aunque se piense lo contrario, la fuerza de la seducción que eleva a las mujeres al protagonismo. Si se conocieran, se querrían. Entre el feminismo de Florence, que pasa por la filosofía y la pasión por la palabra crítica, y la femineidad de Alicia, que pasa por la liviandad de una época sin filosofías profundas, existe una sutil línea que las acerca. Ambas seducen con su empuje; ambas cautivan mientras polemizan. Alicia es la cabeza imaginativa en la industria de la belleza, que pasa por el esplendor de la moda. Florence es la inteligencia creativa que condena las servidumbres de lo femenino.

Hablan a borbotones. Ambas van por la vida como si fueran inmunes a la fatiga, una y otra manejan los hilos invisibles de su público. Alicia debe a su oficio la búsqueda de hombres y mujeres que le den brillo al espectáculo de las ilusiones efímeras. Florence debe al pensamiento radical del feminismo todo aquello que aparta a las mujeres de la superficie. El columnista las imagina en las profundidades de la libertad creativa, las imagina en pugna creativa e igualitaria con el mundo que las convierte en líderes. Una empresaria no es más que una mujer que no quiso ser subalterna en la manera masculina de dirigir el mundo.

Las fascinantes formas que la moda produce y que Alicia Mejía convierte en empresa productiva, podrían ser un complemento de los no menos fascinantes contenidos de vida que Florence Thomas asigna a lo femenino. Así que entre la antioqueña y la francesa debe de producirse una pugna permanente aunque no se conozcan, aunque recelen una de la otra, aunque encarnen gestiones contrapuestas. La academia es una pasarela por donde desfilan las ideas de la época. La moda es el escenario por donde desfilan las cautivantes y cambiantes formas que han convertido el fashion en industria. A estos escenarios, a estas pasarelas pertenecen una y otra.

Si Alicia conociera a Florence y aceptaran un diálogo de mujeres sincero y casi íntimo, el diálogo entre estas dos mujeres sería un coloquio entre el instante de la belleza que apela a los sentidos y la eternidad de las ideas, que aspira a un mundo menos dividido.

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