ENIGMA Y CLAVE

Difícilmente se encontrará un título más acertado para Borges que el dado por dos fervientes admiradores suyos al libro que le consagraron. Borges, enigma y clave. Quien lo ha recordado es Rafael Gutiérrez Girardot, un estudioso exhaustivo y un crítico estricto para quien la única razón de la literatura debe ser su superación a través del tiempo como totalidad universal. Y lo precisa: el título podía comprenderse dentro de un horizonte más amplio en el sentido de que Borges es, a la vez, el enigma y la clave de la literatura hispanoamericana, si esta quiere ser literatura contemporánea .

22 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Universalidad. Contemporaneidad. Su logro en extremo difícil bordeando cada vez más arriesgadamente lo imposible entre los infinitos espejismos de la creación asegura la trascendencia perenne de una obra. Es la clave de Borges. Y el enigma, casi todo lo que le es consustancial. Borges mismo. Aquel dédalo de incógnitas en que va transformándose su prosa con un ritmo que, tantas veces!, convierte los desenlaces en el cuadro de ilusiones que dará vida a nuevas imaginaciones. Aproximación a un desciframiento elusivo... Lo afirmó alguna vez. La realidad es anacrónica. Identificaba así el impulso a su narrativa en el desbordamiento constante del mito, o, mejor, con la comprobación mítica de lo evidente, siempre entre un laberinto de lo palpable y lo actual por el que corre el ritmo de su escritura. Es el enigma borgiano. Aquella esencia que lo reviste de una intemporalidad universal, patente en su prosa de ficción en la que parecen confluir valores de todas las culturas, remotas o recientes, hacia la constante de un juego a veces descarnado o sutil y sugerente.

Tradición europea No en vano sus relatos más concisos son los que abundan en insinuaciones de la fantasía. Y este secreto que conforma el enigma borgiano, nos revela a su vez sus claves, que son las de su oficio de escritor. Poeta, ensayista, erudito, narrador, fabulador, transeúnte por la confusión de los tiempos de manera que la cronología se perderá en un orbe de símbolos . Son los que infunden vida a sus temas insistentes como destinos apasionados de su creación literaria. La perplejidad metafísica de mano con la suerte y el sentido de la poesía o de la narrativa. Los laberintos indescifrables a partir de los misterios mitológicos los artilugios de las deidades y los caprichos del fabulario zoológico, los esguinces del amor y las sorpresas germinales literarias. Desde luego, los rastros imborrables de su formación europea.

Durante algunos años lo que trascendió primordialmente de su obra fue el ensayo, lo cual llegó a encuadrarlo en un refinamiento cultista que parecía aislarlo entre las herencias eruditas de más allá de los mares. Europeizante y al tiempo orientalista, en contraposición a lo propio, y por lo tanto abstraído en la torre de marfil del intelectual puro . El arte por el arte... Llegó a calificársele de escritor para escritores, o sea condenado a una audiencia limitada al enclaustramiento mínimo de los cenáculos. Además, una figura exótica contraria a lo americano. Pero Borges, su obra, estaban lejos de situarse en estos puntos de conclusión. Por el contrario, podrían considerarse como los de partida que también ha precisado Gutiérrez al reclamar como nuestra la tradición europea. Entre los pocos nombres que son conscientes de que esa tradición es la propia del mundo de lengua española, es Borges el más europeo, pero ello no quiere decir que es el menos hispánico, el más desarraigado de la llamada circunstancia americana . La universalidad de Borges, como el supremo de sus atributos de escritor, pudo originarse en Europa, pero mantiene su vigencia con lo que refleja de América. A su manera, pues obviamente es una condición americana con cuna en Argentina, ineludiblemente distinta a la de otros sitios del continente con un cordón umbilical más imbricado con lo hispano.

En este caso, las apreciaciones de Gutiérrez tienen singular importancia entre otras causas por su radical rechazo a lo excluyente americano que, para él, arrastra la condena a frustrar la función literaria como totalizadora universal. Lo ha tachado de vulgar provincialismo. Simple folclorismo burdo. Nacionalismo apócrifo. Su admiración por Borges traza por tanto su parábola desde su origen y su persistencia europeizantes, con pleno derecho a la herencia legítima de la cultura que se acendró en Europa y nos llegó a través de lo hispano. Sin importar las reservas del propio Borges por la lengua castellana el Diccionario que no acierta nunca , puede adivinarse que es una cita textual suya, esta herencia de la cultura acumulada en occidente pero por el sendero ibérico, fue lo que lo afirmaría como un escritor universal en su condición americana. Para el agudo y severo Gutiérrez Girardot, se descarta la menor duda sobre que, además, realiza nuestra presencia en la contemporaneidad globalizada en este fin de un siglo que, precisamente, está entre los más ricos en logros literarios.

Alusiones argentinas Sin embargo, su ironía escéptica, ciertos niveles de mistificación, pero sobre todo y ante todo su europeísmo, parecían destinados a mantenerlo alejado del lector raso como si fuera un exquisito elitista oculto para conocimiento reservado de una elite. Pronóstico que afortunadamente se comprobó exagerado, pues pronto lo invalidó la pasión con que Borges se volcó sobre las vivencias argentinas, palpitantes en su pueblo llano. Una serie de descubrimientos asombrosos cruza esa gama infinita desplegada desde la milonga hasta la tradición oral gaucha. De allí que este argentinismo universalista regalara a Borges incontables cualidades para innumerables géneros, los más dispares entre sí, aquellos que alcanzarían a descifrárseles a las columnas mutiladas del Partenón, o las que llegaban a adivinarse en las cadencias porteñas. Fue Sábato quien puso en blanco y negro tan increíble inventario de Borges, escribidor inagotable: heresíaca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla rara de Asia Menor y Palermo...

Aunque en estas palabras de Sábato predominen las alusiones argentinas, la imagen de Borges continuaría, y continuará, saturada de europeísmo. Pues desde Francia, y nunca desde el remanso de la biblioteca bonaerense, irradiaría su fama para comprobar aquella célebre caricatura: es Marianne, la encarnación de la Francia eterna, quien le da el beso de la inmortalidad. Era, al fin y al cabo, la ratificación de esa herencia de la cultura que le permitiría volver contemporánea y universal su depurada prosa.

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