MUNICIPIOS, DESPUÉS DE LA GUERRA

MUNICIPIOS, DESPUÉS DE LA GUERRA

Sobran las promesas y faltan los adobes Desde que sonaron los primeros disparos del Eln y las Farc, Fernando Jaramillo* comenzó a sumar mentalmente cuánto tendría que sacar de sus bolsillos para reparar su almacén en la plaza de San Francisco.

19 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Los cinco ataques guerrilleros en los últimos dos años a esa población del oriente antioqueño, y la vecindad de su local con el puesto de policía, lo volvieron experto en precios de materiales de construcción.

Sin embargo, las cuentas que sacó la tarde del pasado 5 de abril, en la casa del vecino donde lo sorprendió el ataque, le quedaron cortas ante el poder destructivo de los 120 galones de nitroglicerina pura, que dejaron un cráter de más de seis metros de diámetro, y que redujeron a escombros la iglesia, la discoteca, los billares, los dos graneros más surtidos, 14 casas y dos cafeterías.

Con las cien volquetadas de escombros que quedaron tras el ataque, los habitantes de San Francisco arreglaron los 12 kilómetros de trocha que separan a este pueblo de la autopista Medellín-Bogotá.

El cráter de la explosión fue reparado en junio, cuando el fin de la temporada de lluvias permitió trabajar sin descanso a los voluntarios de la Cruz Roja. Cuando ese hueco se tapó, el pueblo parecía otro , cuenta el comerciante.

Con la llegada de las lluvias también terminaron los hostigamientos entre ejército y guerrilla, que atormentaron casi a diario la vida de San Francisco durante los dos meses siguientes a la toma.

La gente fue cogiendo confianza y comenzó a salir por la noche. Antes, a las siete, todo el mundo se encerraba muerto de miedo , dice una joven de la población. Ella tiene la esperanza de que el resto de vida nocturna que tenía el pueblo se recupere en 15 días, cuando sea inaugurado el kiosco municipal, que también funciona como discoteca.

Varias sicólogas que visitaron el pueblo después del ataque y programaron talleres de recuperación con los habitantes, terminaron asustadas con el tableteo de los fusiles en las montañas que rodean a San Francisco y optaron por no volver. Creo que ellas se fueron más nerviosas que nosotros , refieren con humor en el pueblo.

Ahora que la gente está regresando y que la población está más estable es cuando deberían planearse más actividades , recomienda Sandra Liliana Gómez, administradora del hospital local.

En los cuatro meses que los habitantes de San Francisco llevan poniendo en pie lo que la guerrilla destruyó en una sola tarde, la edificación más adelantada es la del puesto de policía. Para las autoridades sí hay plata, pero para los campesinos, no , dice Leonor Miranda*, una ama de casa que vive arrimada en la vivienda de una hermana mientras consigue cómo ponerle techo a la suya.

Todavía quedan hierros retorcidos en algunas ventanas, casas destechadas y locales vecinos al puesto de policía que, al menos por ahora, no serán reparados ni ocupados. El miedo a otras incursiones no anima a los dueños de un billar y de una cafetería a su reconstrucción.

A Jaramillo, las cuentas de las pérdidas en su cacharrería le dieron más de 15 millones de pesos. Sin embargo, cuando el comerciante llevó hace mes y medio los documentos a la Alcaldía para el subsidio del Inurbe, un funcionario lo puso a restar nuevamente.

Lo máximo que me dan son seis millones , se quejó Jaramillo. Los daños de todos los damnificados, incluyendo la iglesia, fueron cuantificados en 800 millones de pesos y aunque muchos ya han reparado las viviendas y locales con sus ahorros, o fiando los materiales, todos los vecinos de la plaza esperan ansiosamente los subsidios.

Los sanfranciscanos coinciden en señalar que así sea con recursos de sus propios bolsillos rearmarán el pueblito y confían que en dos meses, a más tardar, vuelva a ser lo que era antes, un lugar tranquilo, con gentes dedicadas al cultivo de papa, yuca y frutales.

*Por seguridad, estos habitantes pidieron la reserva de su identidad.

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