HARAKIRIS AQUÍ

Kamakura

10 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

La disposición japonesa que obliga la familia de quien se arroje a la vía de los trenes a pagar los costos de la interrupción del servicio que ese lamentable hecho cause, es una de las disposiciones que tratan de asegurar la disciplina social en una sociedad de 125 millones de personas, cuyo desenvolvimiento en un territorio de menos de 400.000 kilómetros cuadrados implica evitar el traumatismo en los servicios.

Y es que además de las tradiciones de suicidio por honor aplicándose el harakiri y de muerte por lealtad al emperador típica de los kamikases, las crisis más modernas de carácter económico o sicológico han aumentado la tendencia al suicidio. Sólo en 1996 se suicidaron 140 empresarios cuyas empresas atravesaban dificultades y en un mismo hotel una sola noche tres empresarios se ahorcaron en un ritual acordado.

La tradición de utilizar a la familia política como fiadores en los negocios se vuelve en un cruel instrumento de presión cuando llegan las dificultades y la presión arrecia sobre el responsable de las acreencias y éste no puede responder. Debe hincarse para pedir perdón y puede ser objeto de los peores insultos e imprecaciones. Esa misma presión, ejercida en la escuela ha desembocado en un nivel de suicidios escolares superiores al promedio mundial.

Con una tradición histórica de apego a su tierra, valorada por escasa y porque su carácter montañoso deja pocos valles cultivables, el pueblo japonés no tiene una tradición de emigración como puede observarse en italianos, coreanos, chinos, turcos o irlandeses. Enfrentado históricamente con casi todo su entorno, es impensable un traslado sin traumatismo de su excedente de población hacia sus vecinos como ocurre con mexicanos, chilenos o colombianos.

Por ello el japonés tiende a quedarse en casa y es allí en donde debe triunfar y lograrlo en un ambiente de presión competitiva muy fuerte donde la disciplina social, el apego al trabajo y la dureza ante la vida, ha forjado a un pueblo poco expresivo de sus sentimientos y altamente orgulloso de su tradición histórica.

No lograr el triunfo es la antesala de decisiones trágicas para salvar el honor y dejar abierta la posibilidad de que la familia siga viviendo con dignidad en ese mismo medio. El suicida es admirado y celebrado porque finalmente, aunque fracasó, asumió su culpa. Los frecuentes casos de corrupción, a veces de grandes proporciones, son repudiados y castigados de modo severo, quedando al propio culpable su ejecución.

La cultura política es bastante laica de modo que no sólo no hay compromisos del gobierno con las instituciones religiosas sino que estas últimas no tienen el poder económico ni social de nuestras congregaciones religiosas. La familia japonesa celebra el matrimonio por el rito sintoísta y el funeral por el rito budista y con un gran pragmatismo se fusionan las creencias en el carácter sagrado de la naturaleza y la vida presente en todos los seres que deben ser cuidados y protegidos, al mismo tiempo que se puede creer en la búsqueda de la paz interior enseñada por el budismo. A decir verdad el fanatismo religioso es algo extraño en este medio.

Cuando se observa a un vicepresidente ecuatoriano acusado de corrupción dirigirse al mismo país donde se refugiaron el Sha de Iran y el expresidente Lusinchi perseguidos por la justicia de su país; cuando un expresidente mexicano huye por el mundo y un expresidente brasileño depuesto por corrupción ofrece sus servicios de consultoría desde Miami y mientras Bucharam se refugia una y otra vez por Panamá, los japoneses se quedan en casa para dar la cara.

Extraña mucho en nuestra tradición política una cultura de responsabilidad social que lleve a la gente y en particular a quienes han sido distinguidos con cargos de responsabilidad social, a responder por las consecuencias de sus actos.

*Profesor de las Universidades Nacional y Externado de Colombia.

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