LA MAMÁ DEL PUEBLO

LA MAMÁ DEL PUEBLO

Parece que fue ayer . La frase de un popular bolero sirve para describir la buena memoria de Graciela Salinas de Pinzón, una yacopicense que a sus 76 años guarda frescos cada uno de los detalles históricos de un pueblo que se cansó de la violencia.

14 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

No hay que concretar citas. Ni siquiera hacer preguntas. Sólo basta recibirle un jugo de arazá una de sus frutas preferidas y sentarse a escuchar historias que ya no la ponen triste ni la hacen sonrojar.

Como aquella vez en la que tuvo una pistola en su cabeza y se arrodilló ante el Señor pidiendo que la mataran a ella y a sus dos pequeños de brazos, su extradición a comienzos de los años 50 hacia los páramos de Machetá o cuando revivió de entre los muertos de la violencia.

Entre las balas Luego de hacer la normal en Bogotá, me hice profesora y volví a mi pueblo. Todo marchaba bien hasta el 6 de julio de 1950 cuando ocurrió el primer tiroteo. Era el fuego cruzado entre la chusma, la policía, el ejército, collarejos (liberales) y chulavitas (conservadores). Mi casa la incendiaron. Todo me lo quemaron y salí despavorida.

Con mi madre e hijos de brazos caminé hasta La Palma, donde me avisaron que estaba sentenciada a muerte; seguí hacia Utica donde ya me daban por muerta, pero mi corazón se alegró al reencontrarme con mi esposo. Esa noche dormimos en el piso.

Partimos luego a Cachipay a casa de mi suegra, donde permanecí encerrada porque aún me buscaban.

Allí me regalaron lo del pasaje y llegué a Bogotá huyendo de la violencia. Me presenté en la gobernación, me pagaron los sueldos pendientes, pero en castigo (por ser de Yacopí) me mandaron a una escuela en un páramo de Machetá.

Una construcción medio derruida a la que puse toda mi alma y empeño para sacar adelante. La levanté y decoré con claveles y pensamientos .

A pesar de todo lo que pasó por su vida durante cuatro años de violencia, doña Graciela regresó a su natal Yacopí en el 54, año en que ayudó a fundar la primera escuela hasta que llegó su pensión. Desde esa época se dedicó a su finca en las afueras del pueblo.

Hay más historias Hoy, en sus pocos ratos libres que le deja la finca, doña Graciela departe con algunas amigas las Alvarez, va a velorios (ha asistido al entierro de medio pueblo), recorre las calles de Yacopí o hace sus vueltas de rigor en la Caja Agraria.

Ella es un libro abierto a toda la historia que unos y otros han escrito, pero ninguno ha compilado en un sólo libro. Sólo están en su memoria.

Muchos le dicen Mamá porque vio nacer, crecer y enseñó a leer y escribir a quienes ocupan hoy cargos en la administración municipal, los que se han ido y visitan hoy su terruño o quienes a la distancia aún la recuerdan.

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