LOS CIEN PERSONAJES DEL SIGLO XX

LOS CIEN PERSONAJES DEL SIGLO XX

Magna tarea, sin duda, la de seleccionar, como lo hizo Lecturas Dominicales de EL TIEMPO, los cien personajes de este siglo convulso, trágico, luminoso en muchos de los personajes que ayudaron a trazar su destino, sangriento en otros que han contribuido a frustrarlo. Siglo de contrastes dramáticos. De luces y sombras, como en un cuadro rembranesco. Son cien años a lo largo de los cuales hemos producido un premio Nobel de literatura, excelsos cultivadores de la música, las bellas letras, el arte, la ciencia, la política, el sacerdocio, el deporte. Una reina universal de la belleza que encarna, en lo espiritual y lo físico, cuanto de mejor hay en la mujer colombiana.

10 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Surge una inevitable inquietud. Que en un siglo que comienza con una cruenta guerra civil y la mitad de cuyo transcurso se desenvuelve en medio de un conflicto de sobrecogedoras proporciones; que llevó a unos cuantos miles de colombianos del otro lado del mar para luchar por la libertad de un pueblo arrollado por la barbarie totalitaria; que registra en sus anales un conflicto fronterizo cercano a la guerra internacional, no halle entre sus protagonistas a uno solo de sus hombres de armas.

En verdad no es de extrañar. Para el mundo intelectual colombiano que elige a los mejores para configurar el listado de oro de los compatriotas más insignes, los hombres que hicieron posible la supervivencia del Estado de Derecho, salvaron muchas veces sus instituciones de la catástrofe, rescataron de la locura y de las llamas la capital de la república un fatídico 9 de abril y han expuesto o perdido la vida, no cuentan en la historia nacional.

No sorprende. Hacia el Ejército ayer, las Fuerzas Militares hoy, existe una mezcla incomprensible de menosprecio, desconocimiento, hostilidad subjetiva o manifiesta. Tan solo se piensa en esas instituciones leales, abnegadas, heroicas, en horas de angustia o de peligro. Para olvidarlas luego, como a los bomberos anónimos que rescatan un hogar del incendio tan pronto como lo han salvado de la destrucción.

Figuran en la lista de honor revolucionarios que pretendieron demoler el Estado y sus instituciones, pero no quienes impidieron su sanguinario propósito. Como también el autor de hazañas terroristas, que incluyeron un avión de pasajeros en vuelo y llevó el nombre de Colombia al primer plano de la delincuencia universal, en tanto nadie recuerda al comandante de policía que abatió al malhechor.

Aparecen los generales Rafael Reyes y Rojas Pinilla, es cierto. Pero no por realizaciones militares sino al haber llegado como políticos a la primera magistratura. Pero un Alfredo Vázquez Cobo, que renunció a su muelle embajada en Francia para comandar la azarosa expedición de rescate de nuestro Trapecio Amazónico, y un Efraín Rojas Acevedo, cerebro militar de la misma y general de brillantes ejecutorias en las nacientes Fuerzas Militares de entonces, desaparecieron de la memoria nacional.

En épocas recientes, los comandantes del Batallón Colombia en Corea, Jaime Polanía Puyo, herido en combate, y Alberto Ruiz Novoa, más tarde ministro de Guerra, alma y nervio de la pacificación del país bajo el Frente Nacional. O Gabriel Reveiz Pizarro, que completó esa obra, confirmado por el presidente Lleras Restrepo al recibir la primera magistratura de Guillermo León Valencia, y fallecido en el cargo que no abandonó ni al saberse al borde de la muerte. O Joaquín Matallana, hábil pacificador del norte del Tolima y liberador de Marquetalia en audaz asalto aerotransportado desde helicópteros. Para no hablar de tantos otros que se distinguieron en la restauración del orden quebrantado.

Descendiendo hasta el soldado raso, héroes de la Amazonia como Cándido Leguízamo y Juan Bautista Solarte, destrozado al caer sobre la ametralladora enemiga que diezmaba a sus compañeros, o Rodrigo Arango, malherido por una granada china, que pidió su fusil ametralladora para seguir apoyando el ataque del batallón hasta perder la vida. Y Pedro Pira que, herido, colocó una banderita de Colombia sobre el objetivo y respondió al periodista estadounidense que le preguntó cómo lo había hecho sin asta. Es que el asta era yo , al paso que la agonía le cerraba la garganta.

Si no se quisieron recordar nombres, qué justo hubiese resultado rendir al conjunto anónimo de los héroes de este siglo un tributo en la figura del soldado desconocido.

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