ANDANZAS AMOROSAS DEL COLIBRÍ

ANDANZAS AMOROSAS DEL COLIBRÍ

Se encuentra allí todo el erotismo que desplegarían las mujeres de un harem, voluptuosas y disponibles, atentas a satisfacer al macho. Pero también a acapararlo. Así es la historia de una pareja de mil colores pero pocos olores que suele vivir en los trópicos. Una pareja un poco insólita: él, un colibrí. Dominante y voraz, celoso. Pero tan volátil como para ser eternamente infiel.

13 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Ella, una flor. Capaz de romper casi todos los esquemas de su familia, plegada ante las más arbitrarias exigencias, con tal de conquistar un poco de fidelidad para asegurar su descendencia.

En realidad, nadie supo cómo nacieron los amoríos. Y tampoco nadie pudo seguir los pasos genealógicos de ninguno de los dos.

Así, muchas especulaciones se tejieron. Pero de lo que nadie dudó fue de que ambos sufrieron una evolución para complacerse mutuamente. Y también aprovecharse el uno del otro. Porque esta relación es como muchas: conlleva su buena cuota de interés.

De todos modos, es la lucha por la supervivencia. Para el colibrí, la flor es como un almuerzo servido , y su néctar es un manjar. Para ella, el ave es el medio de transporte más eficaz de su polen. De allí las concesiones mutuas.

Pero de allí también se desprenden los conflictos. Algunos de los cuales giran en torno de la legitimidad de las visitas. Ella, poco interesada en otros coqueteos, en un arranque de gran pudor, estableció sus propios filtros.

Sinembargo uno y otro se fueron acomodando. Y se establecieron reglas de juego para la integración de la comunidad. Unas reglas cuyos detalles los ornitólogos no han descifrado pero que serán objeto de varios estudios en Colombia.

La investigación será dirigida por el biólogo estadounidense Gary Stiles, especializado en ornitología en la Universidad de California y miembro de la Sociedad Bogotana de Ornitología. Stiles uno de los especialistas mundiales que mejor conoce a los colibríes permaneció veinte años en Costa Rica, estudiándolos. Desde hace varios meses es profesor de la Universidad Nacional, adscrito al Instituto de Ciencias Naturales. Los encantos de la conquista Hablar de colibríes es en realidad mencionar a una familia de unas 340 especies que vive únicamente en el Nuevo Mundo, especialmente en los trópicos. Pocas especies llegan a Norteamérica; en Canadá se encuentran dos y en Alaska, una. Colombia tiene más especies que cualquier otro país (alrededor de 143).

Los colibríes viven en todos los climas y altitudes. Según Stiles, son excelentes indicadores de las alteraciones ecológicas en un ambiente. Y son importantes componentes de las comunidades naturales. En los bosques tipo Chocó, por ejemplo, se pueden contar entre 15 y veinte especies de colibríes, y entre cincuenta y setenta especies de flores que dependen de ellos para su polinización.

Esto lo saben las flores: ni abejas ni insectos podrían remplazarlos. Lo que hace más fácil comprender el esfuerzo que ellas despliegan para conquistarlos.

De pronto ese esfuerzo no habría sido tan imprescindible: para los colibríes, el recurso energético más importante es el néctar de las flores. Si ellas lo hubieran sabido... De todos modos, pocas cosas habrían cambiado: a ellas también les interesan sus visitas, y les es útil que ellos depositen su polen en el estigma de flores de su misma especie. Las aves recogen en sus picos y plumas el polvillo fecundante y lo depositan en otra flor de la cual recogen también polen. Así se cumple la polinización cruzada.

En los colibríes, su tamaño ha decrecido para adaptarse al tamaño de las flores y a su capacidad de producir néctar. Un ave grande necesitaría visitar demasiadas corolas para quedar satisfecho.

También el pico se hizo más largo y, en algunas especies, tomó una forma curva para poder atravesar la corola y llegar por el tubo floral hasta la cámara del néctar. Desarrollaron una lengua especial, semejante a una brocha para sorber el líquido.

Asimismo, las aves modificaron sus aleteos y adoptaron un vuelo especializado. Lo necesitaban para poder penetrar en el tubo floral y, sin posarse, volar hacia atrás. La diferencia ocurre a nivel del hombro: el ala rota hacia adelante y otra vez hacia atrás con igual potencia, como si dibujara un ocho.

Estas características físicas no son los únicos encantos que seducen a las flores. También en su comportamiento existen detalles ventajosos: el colibrí tiene una memoria privilegiada y una agresividad bastante desarrollada. Esta le permite defender sus dominios. El ave posee un terreno, controla sus flores y no admite que ningún otro penetre allí. Recuerda con exactitud cuáles flores visitó y cuáles no, y programa, en consecuencia, sus próximas visitas. Entre tanto, ellas almacenan el néctar.

Con un sistema social totalmente individualista, el apareamiento es una unión tan corta que apenas da tiempo para copular. El macho luego regresa a sus flores y a su territorio de cortejos; la hembra se entrega a las tareas domésticas. Construye el nido apenas suficiente para albergar a los polluelos. Ellas también seducen Hasta cierto punto, las flores también acaparadoras se alegran de las desavenencias entre colibríes hembra y macho.

Sin embargo, no todo son halagos. También ellas desatan conflictos cuando el colibrí pertenece a una de esas especies viajeras, que se especializan en las visitas esporádicas a flores esparcidas. Se pueden comparar con una ruta de correo, con secuencias regulares, y sus recorridos pueden llegar a ser de un kilómetro o más.

El disgusto, en realidad, no es simple capricho de flores despechadas. Tiene una poderosa razón de ser: el ave puede ir regando el polen en flores de otras especies. Estas lo desecharán o, en el mejor de los casos, dará origen a híbridos inútiles.

Pero ellas al igual que las esposas del harem desarrollan tácticas. Tal vez la más importante es incrementar considerablemente su producción de néctar. Otro será la adaptación de su propia anatomía a la del colibrí. En otras palabras, como diría el ornitólogo Stiles, la flor establecerá sus propios filtros: un tubo floral tan largo que excluirá a otras aves e insectos, y una cámara para guardar el néctar tan resistente que solo podrá ser penetrada por los colibríes de pico largo.

Otros artilugios estarán en sus colores y en su aroma. Escogerán los rojos encendidos que atraen al ave pero pasan inadvertidos para la abeja. En cambio, no se interesará por cultivar su aroma ya que las aves no tienen buen olfato mientras los olores atraen los insectos.

Un fracaso en sus intentos de conquista exclusiva será asumido como una señal de alarma y provocará, en el curso del tiempo, variaciones en sus órganos sexuales. Tanto el pistilo como la estigma cambiarán, se harán más curvos y mucho más exclusivos para unas pocas especies. Más allá de la Sabana Desde el primer momento en que el ornitólogo estadounidense Gary Stiles entró al mundo de los colibríes, quedó adicto a ellos. Así resume más de veinte años dedicados a estudiarlos.

Después de sus investigaciones en Costa Rica, comienza en Colombia una nueva etapa en la que sus trabajos abarcarán varios tópicos. El primero de estos, será la dedicación de varios años a analizar las características de las comunidades integradas por colibríes y flores en diferentes partes del país. Esta etapa incluirá asimismo el estudio de las flores, de su producción de néctar y su distribución en cada área.

Pero en una segunda etapa, los ornitólogos emprenderán el estudio de las migraciones de las aves, su paso a través de diferentes pisos altitudinales buscando épocas de floración y su adaptación a los distintos climas y altitudes.

Stiles quien, con un grupo de colegas ha estado organizando la Sociedad Colombiana de Ornitología, dicta un curso de especialización en la Universidad Nacional con el fin de contar con especialistas que sigan adelante con las investigaciones de las aves colombianas.

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