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UN CINEMATOGRAFISTA DE EXCEPCIÓN

UN CINEMATOGRAFISTA DE EXCEPCIÓN

Guillermo Angulo me había contado que en sus días de estudio en el Centro Experimental de Cinecittá, en Roma, tenía un compañero brillante, Néstor Almendros. Le había mostrado unas fotos tomadas con cámara de cajón iluminadas con vela y que parecían cuadros. Ambos coincidían en la idea de que la cinematografía , que es técnicamente la fotografía en el cine, se alimenta del estudio que se hace de los cuadros de los grandes maestros. Hace unos 25 años le conté al maestro Angulo que había visto en Suiza una película muy bella, Las rodillas de Claire, con cinematografía de Almendros. Ya era famoso su compañero de Roma.

Había nacido en Barcelona en 1930, vivió en Cuba unos años y rompió con el sistema a comienzos de los 60. En Europa trabajó con Truffaut, el autor del prólogo del libro de Almendros, Días de una Cámara, texto clásico entre quienes quieren el cine. Allí menciona a Angulo y relata su experiencia en el cine.

Hizo la cinematografía para algunas de las grandes películas de Truffaut y Rohmer, y en los últimos años trabajó en Estados Unidos con mucho éxito. Días de Cielo de Malick y Kramer vs. Kramer serán para muchos su sello de identidad en E.U.A.

Almendros murió hace poco. Hace unos siete años vino a Colombia invitado por Focine a charlas en la Cinemateca, gracias a las gestiones de Angulo en Nueva York. Aceptó la invitación a una entrevista de televisión, aunque no era amigo de esos encuentros.

En forma amable indicó al equipo joven de RTI cómo quería el encuadre y las luces en su alcoba del hotel. El resultado fue una de mis entrevistas inolvidables. Los muchachos me dijeron al final, encantados con su colega , que cuándo haríamos algo similar. Nunca, Almendros solo hay uno , les dije.

Al elogiarle el tono continuo a lo Renoir de Las rodillas de Claire me dijo que habría preferido la comparación con Manet, su maestro en las luces y las sombras. Truffaut acababa de morir y lo exaltó como el director más grande de su generación y un ser humano excepcional. Y luego a quienes lo precedieron en su arte. A Tissé, el fotógrafo del hieratismo y la épica con Einsenstein, a Toland, genio del expresionismo y de la profundidad de campo para Welles, a Aldo, pictórico y renacentista como lo quería Visconti y a Storaro, la sensibilidad moderna de Antonioni.

Almendros, dijo un crítico, los resumía a todos, al transformar la técnica a su servicio en ejercicio constante de arte, de rostros esfumados, de claro-oscuro continuo en el misterio de sus muchachas inglesas que se pierden en la sombra.

Al final tomamos un café y me preguntó si había estudiado cine. Le conté que no, pero que uno tenía la suerte de dar con amigos que enseñaban a descubrir la cinematografía en las películas. Y que le descubrían a un mero aficionado el genio de un Almendros, como su condiscípulo Angulo, que nos enseñó a ver cine.

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