CHÍA, LA CIUDAD DE LA LUNA

CHÍA, LA CIUDAD DE LA LUNA

Chía fue la cuna del reino Chibcha y además de ser el sitio del culto a la luna su cacique era el sucesor del Zipa. Muchos años antes de la llegada de los españoles se decidió que el hijo de la hermana del Zipa al llegar a la mayoría de edad sería el cacique de Chía y, posteriormente, heredero del trono Chibcha.

14 de agosto 1999 , 12:00 a.m.

Pero, por qué este acuerdo? Cuenta la leyenda que el cacique tenía un hermano menor enamorado de su mujer más hermosa. Al enterarse de que mantenían relaciones sexuales, el líder lo persiguió para imponerle el castigo respectivo.

El menor huyó y logró llegar a Guasca donde el Zipa, que sin conocer su falta, le pidió que le ayudara a aplacar un grupo de rebeldes. Allí es nombrado capitán general de los ejércitos por su valentía y origen noble.

En reconocimiento al éxito de sus intervenciones, el Zipa a quien los dioses le habían negado un heredero acoge al joven como hijo propio.

El Zipa reconocía su avanzada edad y previendo su cercano fin reunió a sus vasallos y gobernantes para presentarles a su nuevo líder, premiado por su valor, lealtad y servicios prestados al reino.

Al enterarse de la buena fortuna de su hermano, el Cacique de Chía se llenó de pánico por las represalias que podrían tomarse contra él. Entonces envió a su madres y hermana con ricos presentes para apaciguar la furia que pudiese tener el hermano menor.

Como prueba de la nueva alianza, el nuevo Zipa dispuso que en el momento de su muerte el hijo de su hermana le sucedería en el trono. Mientras llegaba la hora de gobernar, el sobrino del Zipa se internaría en el seminario de La Cuca y que esta sería una costumbre perpetua.

El Seminario de La Cuca La Cuca era un templo de la diosa Chía y a la vez un seminario donde por siete años se educaba al futuro Zipa.

El próximo señor del reino debería conocer a cabalidad los secretos de la religión, las plantas, las leyes y demás conocimientos para gobernar con altura a su pueblo. También debía pasar duras pruebas de castidad y disciplina absolutas, no podía ver la luz del sol y sólo se dedicaba a la perfección espiritual.

Al terminar su preparación, el joven príncipe era llevado a la fuente sagrada de Tiquizá ubicada en la serranía hoy límites con Tabio, donde se le ungía e imponían las insignias reales.

A la muerte del Zipa, se coronaba al nuevo rey en la laguna de Guatavita. Fabricaban una balsa de juncos adornados con oro, piedras preciosas y cuatro antorchas que despedían agradables olores de sahumerios y perfumes. Al mismo tiempo, el pueblo depositaba ofrendas de oro, plata y piedras preciosas; además pedían bendiciones para el nuevo soberano.

Cuando el humo que salía de las antorchas impedía el paso de la luz del sol, el príncipe era embalsamado con esencias pegajosas y cubierto de oro en polvo. Luego era vestido con armamentos especiales y coronado con una media luna de piedras preciosas.

Acompañado de cuatro caciques que dirigían la balsa hasta la mitad de la laguna, el joven príncipe se daba un baño hasta dejar doradas las verdosas aguas.

Cuando llegaba a tierra el nuevo Zipa era recibido con una fiesta de 15 días en la que se ofrecían banquetes, competencias con valiosos premios, borracheras de chicha y fiestas públicas. Al finalizar la celebración, el soberano escogía su primera esposa entre las jóvenes vírgenes más bellas, quien sería la reina y señora.

Los Chibchas eran polígamos, algunos soberanos contaron hasta con 300 mujeres, pero la primera siempre era la preferida y respetada por el pueblo.

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