EL POSTURISMO

EL POSTURISMO

Algunas cosas cambian sin que aquí nos demos por enterados. Hace muchos años escribí que el ambiente caribeño y el mundo amazónico iban a ser reproducidos con éxito en la Florida, para que los gringos no tuvieran que desplazarse, ni sufrir picaduras de mosquitos. Ahora los parques de Disney son la onda y su éxito radica en estar a la vuelta de la esquina, justo al pie del mercado, porque son un placebo. Y lo hacen bien. Con los escenarios históricos pasa lo mismo, con el agravante de que los aficionados a la cultura -gringos, europeos o japoneses- se mueven mejor en el mundo virtual, más barato todavía. Pero hay otros planos menos dramáticos del problema. Por ejemplo, poco se habla de cómo dos sitios tenidos por décadas como la meca del turismo español -Palma de Mallorca y Tenerife- tuvieron que emprender una costosísima reconversión para superar crisis de deterioro ambiental, pérdida de calidad, exceso de oferta y baja de precios. Las playas españolas habían llegado a tal nivel de

01 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

En Palma hubo necesidad de medidas tan drásticas como suprimir licencias para nuevos hoteles, a menos que quien la solicitase demostrara haber adquirido un hotel viejo de mayor tamaño, para cerrarlo y demolerlo. Allí ya sabían lo que aquí no: que el turismo de sol y playa viene en retroceso velozmente. No es que esté acabándose, sino que crece menos o no crece.

Perdurará, claro está, porque siempre habrá nordestinos ateridos de frío que quieran bajarse al Mediterránea o al Caribe, a calentarse. Y porque en las vacaciones cortas mucha gente va a preferir una zambullida y un día de locha frente a las olas, en lugar de tomar un plan de turismo hiperactivo. Pero la playa ya no es el producto estrella. Y cada vez vale menos: está sobreofertada en todo el mundo. Ya no es tiempo de pensar en hacer Cancunes, como creen muchos, porque cuestan demasiado, deterioran demasiado y generan un ingreso cada vez menor. Si la tendencia sigue, Cancún, Punta Cana o Varadero irán feriándose cada vez a precios más bajos. No tendría sentido que invirtiéramos millonadas para acabar en ésas.

Otra noticia vieja: el mundo ya no vende destinos por la fama, ni por el escenario. Río, por ejemplo, considerada la ciudad más hedonista y bella de Suramérica, se vino abajo y no levanta cabeza. Miami apenas se defiende, pero se sabe condenada. Su clave reside en volverse centro de negocios para los latinoamericanos que mantienen propiedades allí y viven, o se las dan de que viven de la renta. Si no fuera por el reflejo de Disney desde Orlando, Miami se habría salido del mapa turístico hace mucho. Las Vegas, en fin, lucha por dejar de ser el paraíso de rumba dura, juego y sexo, para reconvertirse como destino familiar sano y zanahorio. Se imaginan? Aquí tenemos a Cartagena. Costó treinta años -a todos, porque el aporte local ha sido minúsculo- rescatarle su pasado, embellecerla y conseguir una efímera presencia en el mercado mundial. Ahora viene en un acelerado declinar. Por todo lo dicho, pero además, por la pobre capacidad de reacción de su empresariado y cierta indiferencia - cansancio tal vez?- del gobierno.

El quid de fondo es la falta de autocrítica de sus dirigentes y ese estilo comodón de hacer las cosas siempre a medias. Si las playas cartageneras nunca fueron buenas, no se le ha debido dejar todo el peso del disfrute a las murallas, al halo romántico de la ciudad vieja y al centro de convenciones. Para sobrevivir en turismo hay que trabajar mucho y muy duro, y no vivir recostado. Duele decirlo, pero así es.

Colombia tiene que sacar provecho de no contar con grandes balnearios, ahora que vienen en picada. Hay que desconcentrar el producto, especializarlo, desatarlo de las rémoras que marcan rutina y activarlo con nuevas ofertas.

Es decir, metiéndole los ingredientes que busca el demandante medio internacional, que cada vez bebe menos, compra menos, come menos, se interesa menos en la historia, pero quiere demostrarse que está vivo ensayando cosas nuevas, actividad y más actividad. En la costa, si volviéramos a mirar hacia el mercado externo, es el turno de Santa Marta: playas vírgenes, parques naturales, arqueología, mundo indígena. Todo lo que usted quiera vivir y caminar. Pero llegamos a lo mismo: hay que moler.

Por una jugada de la suerte, llega una gran oportunidad de revitalizar el turismo con mercado interno, aprovechando que el dólar vuelve prohibitivas las salidas vacacionales al exterior. Ojalá no repitamos los errores: cada vez que aquí se han dado condiciones para amarrar al turista nacional, lo hemos metido a la máquina de exprimir: la atención se cae y los precios suben, que es justamente lo que nos volvería a poner donde estábamos hace diez años: al borde del precipicio. Eso llevaría a la costa a su eclipse final.

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