JUAN CAMILO RESTREPO Y EL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL

JUAN CAMILO RESTREPO Y EL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL

Entre Juan Camilo Restrepo y el Fondo Monetario Internacional existe la relación que vincula al siervo con el amo. El uno, el Ministro, es una persona con identidad, rostro, perfil político y proyecto económico. El otro, el Fondo, el todopoderoso, tiene identidad sin rostro, es una tiránica abstracción de altos, medios y bajos funcionarios, una cabeza que descabeza, un edificio donde se cocinan las recetas del desarrollo que han decidido imponer los amos del crédito externo.

03 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Juan Camilo es ponderado en sus palabras, moderado acaso en su vida, pero la ponderación de las palabras y la moderación en las promesas chocan con el sólido, impenetrable edificio de Washington. En sus relaciones, Fondo y Ministro se deben lo que el siervo debe al amo: obediencia. De allí que para complacer las determinaciones del gran amo, que decide políticas económicas, medidas de choque, recortes del gasto, el Ministro deba incurrir a menudo en contradicciones. Hasta que el Fondo no diga la última palabra, que la dice cuando concede sus multimillonarios créditos, el Ministro no podrá decir nada coherente, aunque desearía ser coherente. Pero en el asunto no se es coherente cuando se quiere sino cuando se puede.

Presentadas así las cosas, se repite la terrible frase: el que paga o presta manda. Como manda a menudo el Departamento de Estado, como manda el Pentágono cuando de políticas exteriores o de guerras intestinas se trata. Como manda el Fondo sobre el Ministro, como manda el Departamento de Estado sobre la solución a las guerras. Así que en esta relación, no se trata de una persona que desearía cambiar el curso de una economía en bancarrota, sino de un Ministro que para sortear la bancarrota dice: Yes, sir cada vez que le rebajan la cuota. Entre el ser de carne hueso y la institución; entre el Ministro que sufre calladamente ante una economía que se derrumba como castillo de naipes mal colocados por sus predecesores, y la Prendería más colosal del mundo, se crea la relación que impone la segunda. Relación de subordinación, relación de obediencia. El Ministro propone, el Fondo dispone. Y lo que dispone es más austeridad en el gasto a un país que ya no tiene que gastar porque lo ha dilapidado todo. A mayor costo social, mayor crédito.

Una mirada piadosa se dirige al constatar las tribulaciones del Ministro. Pobrecito, no puede hacer lo que quiere sino hacer lo que le mandan. No puede jugar con otras cartas que con las cartas podridas que le dejaron en herencia. El préstamo viene envenenado por las condiciones del prestamista. Y como el Fondo no tiene rostro sino intrincadas oficinas de burócratas que manejan y vigilan dólares ajenos, el Ministro acaba por convertirse en blanco de todos los odios. Pobrecito, la culpa no es de él sino del Modelo. Hace lo que puede y lo que puede hacer es poco: invertir donde le dicen, recortar donde le mandan, aplicar la despiadada tijera en la tela rasgada de una economía deficitaria.

Las vidas de los ministros de Hacienda del mundo son vidas paralelamente subordinadas a la legitimada dictadura del prestamista mayor. La Prendería es relativamente generosa cuando le obedecen. Mezquina y vindicativa cuando la controvierten. Así las cosas, piedad para Juan Camilo, piedad para quienes piden prestado para sobrevivir con el fardo de la deuda. El bueno del Ministro, el malo indispensable del Fondo. El rostro ceñudo del Ministro que debe tapar catastróficos huecos abiertos por la dinamita del despilfarro y la corrupción, y el pétreo, abstracto perfil de una entidad que sólo es, a nuestros ojos, un búnker de usuras, una caja fuerte de donde salen la plata y las órdenes perentorias. Lo toma o lo deja, dice el Prestamista. Lo tomo, responde con tristeza y desesperación el Ministro antes de tomar el vuelo que lo lleve de regreso donde los nativos esperan. Noticias halageñas: traigo plata, traigo más deudas, traigo nuevas cifras para la columna de los intereses.

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