ACADEMIC SUPERSTAR Y MEGALOPOLIS

ACADEMIC SUPERSTAR Y MEGALOPOLIS

Tomando como modelo a la universidad norteamericana, las autoridades educativas mexicanas han decidido poner a trabajar a los catedráticos de este país a cambio de dinero. No se trata simplemente de que las universidades les paguen un sueldo a los académicos, sino que ellos produzcan, cuanto más mejor, y en todos los campos posibles. Tampoco se trata de cumplir con el estigma de publish or perish (el que más publica, el que más gana), sino que cada profesor o investigador, para alcanzar un buen sueldo, debe investigar, publicar, dar conferencias, hacer viajes académicos, participar en presentaciones, hacer reseñas, cotorrear en programas radiofónicos, de televisión, escribir un par de libros al año, participar en comités editoriales nacionales e internacionales, integrar comisiones, academias, dictar clase, conferencias magistrales, difundir la cultura, etc.

03 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Los resultados de estos nuevos métodos son varios, no todos contraproducentes ni todos amables. Se ha desarrollado un gran espíritu de competencia; se ha puesto al desnudo a los que no trabajan y a los que pecan de exceso de celo ( los academic superstars , profesores que alcanzan los más altos puntajes en ocasiones son motivo de envidia, burla y sospecha); algunos han evolucionado hasta ser expertos en el arte de conseguir constancias, invitaciones, no todas reales (se ha desarrollado el comercio de constancias y han aparecido nuevos dioses de la mitología académica: Yotefirmo es uno, y Tumefirmas su contraparte.) Con el objetivo de combatir la corrupción en los procesos de competencia, se han ajustado las reglas y se han hecho en ocasiones tan complicadas, que para participar en los concursos de Productividad General, hay que tomar cursos especiales. El mismo proceso de participar es tan enrevesado, que los académicos gastan mucho de su tiempo libre en entender cómo se llenan los formatos y en qué lugar va cada papel, cada constancia.

Es claro que estas competencias de productividad estimulan de forma a veces bastante generosa a quienes trabajan (un superstar puede mejorar su sueldo en 30 o 40 por ciento mensual) y que el sistema ha despertado a muchos de la abulia. También es claro que quien no quiera participar en la competencia, puede quedarse en su dulce y somero paraiso de pereza, que tarde o temprano puede desembocar en su despido.

Con el crecimiento de personal capacitado, ya el ingreso en la academia universitaria mexicana es muy difícil. Cualquier puesto se da por examen de oposición y para cada uno de ellos hay una buena cantidad de doctores de las mejores universidades del mundo.

La Universidad Veracruzana, que en muchos aspectos ha sido la vanguardia en educación superior en México, ha entrado con gran fuerza en lo que llama el Nuevo Modelo Educativo: se estudia por créditos, como en EU, de modo que el estudiante avanza en su carrera al ritmo que quiera y pueda.

En esta carrera desbocada por hacer más eficiente el trabajo, más brillantes y activos a los profesores, más ferozmente buenos a los estudiantes, en esta carrera por ocupar todo el tiempo posible a los trabajadores, en ocasiones se descuidan otros aspectos de la formación universitaria: todo parece correr hacia el despeñadero donde la felicidad no existe, solo el dinero (aunque, claro, si uno cree que el dinero es la felicidad, entonces sí, la felicidad sí existe).

Paralelo a estos desarrollos se da la crisis de la Autónoma de México (quizá la universidad más grande del mundo), que ya lleva casi seis meses de suspensión de labores y no hay visos de arreglo. Al principio los estudiantes protestaban porque iban a aumentar las matrículas, que eran casi gratuitas; ahora piden gran cantidad de reivindicaciones , la primera, renuncia del rector). A partir de esto, los estudiantes se están desplazando desde ciudad de México, a las universidades de provincia, en las cuales parece haber paz estudiantil garantizada.

La crisis de la Autónoma parece ser un reflejo de la crisis de Ciudad de México: universidad y ciudad se han vuelto ingobernables por su tamaño y complejidad. Posiblemente lo que vaya a suceder es una desintegracion de la UNAM, lo que tal vez no sea tan definitivamente catastrófico. Si desintegrar -o más bien sectorizar o descentralizar- la UNAM es posible, tal vez ese modelo de desintegración o descentralización pueda aplicarse al Distrito Federal, antes que un cataclismo termine por hundir a esa ciudad asentada en un lago. Lo que sí es definitivamente claro es que ni universidad ni ciudad pueden seguir creciendo sin que suceda algo irreversible.

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