DEL MANOTEO AL MATONEO

DEL MANOTEO AL MATONEO

Los niños colombianos están aprendiendo a bailar demasiado pronto lo que los expertos llaman la macabra danza de la agresión escolar .

03 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Y el tema va más allá del famoso desafío a la salida nos vemos y pasa por niños deprimidos antes de los ocho años, con terror para ir al colegio; por niñas que se sienten menos que las demás, y por agresores que desde sus primeros años aprenden a tratar a los demás a las patadas, que han anestesiado su propio dolor y no entienden el que le causan a los otros.

Y no son pocos. Se calcula que por cada diez menores hay un agresor y dos o tres agredidos. Lo peor es que los adultos se niegan a ver que allí hay un grave problema que va a repercutir en la vida futura de ambos bailarines y consideran esas agresiones como cosas de niños. Es más, la anidan, toleran y fomentan en sus propios hogares.

La sicóloga Angela Rodríguez, asesora y consultora en este tema, afirma que no hay que creer que la agresión física es peor que la verbal o la no verbal, porque una mirada, un gesto o un insulto repetido van minando la autoestima de los niños.

También es un mito que el matoneo palabra con la que los sicólogos denominan esta conducta es un asunto solo de varones. Las niñas también matonean, pero con las palabras ( esa niña huele feo o usted es como medio brutica no? ); con los chismes ( el papá de Martha está en la cárcel ), o con los gestos, aislando a la niña que no es de su gusto o poniendo al grupo en su contra.

El ciclo vital de los matones está bien delimitado por los estudiosos. Durante los primeros años escolares andan como quien va de compras, dando vueltas y ensayando aquí y allá hasta que encuentra uno o varios que se dejan , explica Rodríguez y apunta que a los ocho años se cristaliza la actitud agresora, es decir, comienza a hacer parte profunda de su personalidad.

Reino del terror La víctima perfecta? El niño llorón, el inseguro y, en general, el que tienen alguna debilidad física o intelectual. El típico niño agredido es el que le da vueltas a la cancha de fútbol con las manos en los bolsillos, caminando cabizbajo y que, cuando le preguntan por qué no juega?, responde que no le gusta el fútbol pero lo cierto es que tiene miedo a ser rechazado .

Los sitios más frecuentes en donde se presenta la agresión son aquellos donde hay no hay una figura de autoridad clara: los baños, los buses de la ruta escolar y el patio de recreo. Y mirar mal, lanzar una frase hiriente o pegar furtivamente un puño son cosas tan rápidas que el asunto se sale de las manos de los maestros, si la estrategia fuera reprimir.

Los niños maltratadores tienen un tino impresionante para llegar al punto mas vulnerable de los demás y hay un cierto gozo en su actitud de humillar afirma el médico sicoanalista René Soulier.

A los matones el reinado del terror les dura hasta el grado sexto (primero de bachillerato), cuando usualmente el grupo los empieza a aislar y deja de confundir matonería con liderazgo.

Pero el hecho de que desaparezca antes de la adolescencia no significa que no deje rastros. La agresión tiene un carácter agudo y crónico. No desaparece por si sola y no se trata de un rito de paso escolar , afirma Rodríguez La verdad es que sí deja huellas y muy profundas. Estudios en Estados Unidos e Inglaterra sobre el matoneo, denominado allá como bulling (a partir de la palabra bull, que significa toro) demuestra que el niño agresor suele iniciar su sexualidad más temprano que los demás, abandona los estudios universitarios más que los otros y, lo que es peor, perpetua el abuso en su relación de pareja y de familia.

Y por el lado de la víctima también quedan secuelas. Normalmente salen adelante pero buscando su propio espacio fuera de la escuela, donde siempre lo seguirá el estigma de bobo, lerdo o cualquier otro mote con el que lo marcan sus compañeros desde pequeños.

De adultos quedan con tendencias depresiva, a veces agobian a los demás con el relato de sus propios problemas y, según algunos autores, pueden mostrar alguna predisposición al suicidio.

Una experiencia real En Colombia no hay estudios formales ni estadísticas, pero sí preocupación por parte de algunos colegios. Uno de los primeros que ha asumido el reto de frente es el Gimnasio La Montaña, en Bogotá.

Pero la estrategia como sería el primer pensamiento de algunos no es reprender ni perseguir. Todo lo contrario: Alumnos, maestros y padres de familia (quienes también pueden llegar a ser maltratadores) están metidos en un proceso de entender que este tipo de violencia no es natural.

Ahora, en La Montaña, cada estudiante de grados superiores es padrino de algunos de los niños de kinder o transición. Pero este apenas es uno de los primeros pasos de un proyecto estratégico en formación de valores y resolución pacífica de conflictos.

La sicóloga Sandra Díaz es una de las cabezas de este proceso y afirma que también se trabaja mucho en aquellos detalles cotidianos que no son sino el disfraz de una agresión que corroe lentamente: los abucheos, el chiste ofensivo o el comentario dirigido a herir al otro.

La idea del gimnasio La Montaña no es que los niños vivan o crean vivir en un mundo perfecto, sino que sepan cuál es la manera más inteligente de responder a una agresión que siempre puede estar latente en una sociedad que creció en medio de la violencia

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