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LOS HONORES LOS RINDIÓ EL PUEBLO

LOS HONORES LOS RINDIÓ EL PUEBLO

Alejandro Obregón casi se va sin homenajes postreros... El sobrio ataúd negro de madera de cativo que contiene sus restos había entrado al mausoleo de los Obregón sin discursos, ni lectura de decretos de honores, en silencio, en medio del llanto de los suyos.

Eran las 4:30 de una tarde sin sol ni colorido. La multitud era puesta a raya por una Policía cortés, adusta. Hubo presencia masiva de público pero jamás desorden.

De pronto, mientras los sepultureros tapaban la tumba el silencio empezó a ser roto por un murmullo, espontáneo, que fue creciendo y creciendo: las notas del Himno de Barranquilla. Fue un instante de emoción incontenible, que los Obregón agradecieron con una mirada profunda dirigida a los tres mil asistentes al sepelio, la mayoría de los cuales batía pañuelos blancos.

Barranquilla, procera e inmortal... Ceñida de agua... . El maestro Alfonso Fuenmayor, el único de los contertulios famosos de Alejandro Obregón en la célebre tienda de La Cueva de Barranquilla que asistió al entierro, comentó con voz queda en ese instante al escultor Rodrigo Arenas, que estaba a su lado, que ese ha sido el más formidable homenaje que ha visto en su vida. Seguro que a Obregón le habría gustado.

La ocasión fue entonces propicia para que uno de los presentes, José Miguel Racedo, quien desde el primer momento no compartía el que Obregón se fuera sin despedida, diera unas poéticas expresiones de dolor por la pérdida irreparable.

Así concluyó su paso por la Tierra el más vital de los mortales, según cuentan todos los que lo conocieron de cerca. En el ataúd parecía un vaquero. Su semblante no reflejaba dolor, era como si estuviera dormido, sus barbas y bigote los llevaba igual a como el mundo le conoció. Estaba vestido con una camisa blanca de corte inglés y en su pecho se llevó un botón con la imagen de la Virgen.

La iglesia de la Inmaculada Concepción, donde se cumplieron sus exequias, fue adornada de flores blancas, que contrastaban con la multiplicidad de colores de las coronas de lirios, margaritas, rosas y claveles que fueron llegando hasta formar una montaña que no tuvo cabida en su tumba.

Obregón se quedó en el Cementerio Universal, donde reposan los restos de los forjadores de Barranquilla, entre quienes se cuenta su familia.

Durante las tres horas que Alejandro Obregón estuvo en la iglesia, sus hijos Rodrigo, Silvana, Diego y Mateo estuvieron siempre a su lado. Igual sus mujeres, Sonia Osorio y Freda Sargent. Su hermano Pedro y su primo Mauricio.

Le lloraron con dignidad. Silvana contó entre sollozos que en los últimos días su padre caminaba, paseaba, hablaba con propiedad y hasta estuvieron juntos hace poco en La Boquilla, acompañados con sus tres hermanos. No, no es cierto que Obregón estuviera totalmente disminuido. Era el mismo animal encabritado que todos conocieron.

El mundo cultural del país estuvo representado en sus exequias. Allí cumplió la cita que le había prometido a Fuenmayor. El maestro Arenas vino de Fredonia (Antioquia) con su mujer y su hijo de ocho años para estar a su lado. Lo fueron a ver Alvaro Castaño Castillo, con quien tuvo muchas tertulias culturales que hoy forman parte de la memoria de su emisora; Hernando Santos Castillo, director de EL TIEMPO, su amigo de muchos años; el ministro de Trabajo, Francisco Posada de la Peña; Rafael Escalona, Meira Del Mar, Alfredo de la Espriella, los pintores Norman Mejía y Alvaro Barrios; la galerista Elida Lara y sus hermanas; Juan B. Fernández, director de El Heraldo...

El cuerpo de Obregón llegó a Barranquilla a las 12:20 del mediodía a bordo del avión HK 363 de la empresa Helicol. Sus hijos vinieron desde Cartagena, donde murió el sábado a las 10 de la mañana, con él.

A Fuenmayor, quien tiene sobre sí la profesía trágica que aparece en Cien Años de Soledad de que será el próximo en partir a un viaje sin regreso, se le entrecortó la voz cuando habló de su último contacto con el amigo: A pesar de su penosa enfermedad, de la cual quiso hablarme cuando vino, yo no esperaba este desenlace. Hace dos meses me vino a visitar a mi casa. Lo vi fuerte, vigoroso y me pidió un wiskhy. Me comentó que tenía un problema en la vista y me dijo que se iba a dedicar a la escultura porque para eso no se necesitan los ojos sino las manos. Me invitó a que fuera a Cartagena a visitarlo. Nunca cumplí mi promesa .

Luego vendría su comentario de reputado crítico cultural: Yo creo que el país nunca podrá olvidar al pintor que con esa expresión viva de la vitalidad entregó al arte lo mejor. No sé que será de la pintura en adelante sin Obregón, pero lo que estoy seguro es que se perdió un importante baluarte .

El director de EL TIEMPO piensa lo mismo: Esta pérdida representa para el arte medio siglo. Siento una gran tristeza de ver a una persona como Alejandro muerta. Si él muere, nosotros estamos enterrados .

Juan B. Fernández tiene dos imágenes. La del amigo: Parece que fue ayer que frecuentábamos La Cueva y nos embobaba con sus historias, con sus capacidades físicas y mentales . Y la del artista: Es una pérdida irreparable, no solo para Colombia sino para el mundo entero .

También estuvieron en las exequias el gobernador Gustavo Bell, y los congresistas María Paulina Espinosa y Ricardo Rosales.

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