CON LOS MINUTOS CONTADOS

CON LOS MINUTOS CONTADOS

Elsa Garay* está a punto de cumplir 15 años de casada con un especialista en explosivos que ha desarmado más de 60 bombas del narcotráfico y la guerrilla.

01 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Ella y su esposo, el sargento Rivera, tienen dos hijos menores de trece años. El mayor de ellos fue aplaudido hace dos meses por sus 39 compañeros de octavo grado en un colegio del occidente de Bogotá.

Los estudiantes habían visto a su papá el día anterior en televisión, cuando se enfundó el traje blindado de color azul y cortó el cable correcto de un artefacto explosivo en el barrio Berlín de Florencia, Caquetá.

A Elsa y a su hijo menor también los felicitaron en el barrio. Pero más que la alegría, lo que embargaba a la mujer era un profundo temor, pues ese día supo a ciencia cierta del peligro que corría su esposo.

Yo sabía que él desactivaba bombas, pero nunca lo había visto en esas, dice la mujer.

En un estado similar se agitaba la madre del sargento en un pueblo lejos de Bogotá, desde donde llamó 24 horas después para pedirle a su hijo que se retirara de la Policía. Mijo!, casi me muero , exclamó apenas este contestó el teléfono.

La imagen del sargento Rivera accionando sobre el maletín cargado con 40 kilos de pentolita capaces de barrer con 600 metros a la redonda fue vista por millones de televidentes, incluida su madre, sus hermanos, su esposa y sus hijos.

El drama de Elsa Garay y de su familia se repite a diario en las casas de miles de colombianos involucrados de una u otra forma en la guerra. Su esposo, el sargento Rivera, de 41 años, comanda un grupo de diez hombres de la Policía, expertos en desactivar todo tipo de explosivos.

Este año han desactivado diez bombas, unos 130 cilindros explosivos y más de 400 granadas de mano, de mortero y de fusil que habían sido dadas de baja en los cuarteles policiales debido a su deterioro.

Como ellos no hay más de 30 en Bogotá, 150 en todo el país, en la Policía, Das y Ejército y unos 5.000 en el mundo, especialmente en España, Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Israel. Los técnicos colombianos recibieron un año de instrucción en manejo de explosivos y algunos reforzaron su adiestramiento en el exterior.

La bombadeuno Contra lo que piensan sus familias, los técnicos de la Dijín afirman que su trabajo no es tan peligroso pues desde 1987 solo han muerto doce de sus colegas en el país.

La víctima más reciente fue el técnico José Hernando Patarroyo. Murió el miércoles pasado mientras desactivaba un artefacto con cinco kilos de dinamita frente a Dimautos S.A., en el centro de Cúcuta.

Casi cuatro meses antes, el 1 de abril, había muerto en Tame, Arauca, el policía Javier Aguillón Orduz, cuando la guerrilla activó a control remoto una carga de dinamita.

Con el sarcasmo que siempre los acompaña, algunos expertos antiexplosivos de la Dijín dicen que todos ellos tienen una bomba que el destino les ha preparado. La llaman la bombadeuno , así, de un solo jalón , como un estallido largo.

Está en alguna parte, por eso hay que rogar todos los días para no encontrarla , dice el cabo Benítez, uno de los más bromistas del grupo y quien justifica sus chanzas con una sentencia que le escuchó al sargento Rivera: hay que sacarle chiste a todo porque el día que aparezca la bombadeuno Boooooom!!!. Nos borra hasta la risa .

El pasado 21 de mayo, uno de los subalternos de Rivera pensó que había encontrado la bomba de él. Estaba en un maletín a la entrada de una casa del barrio Berlín, en Florencia, Caquetá. El sargento recibió la llamada en Bogotá a la una de la mañana. El hombre estaba convencido de que tenía las horas contadas. Ayúdeme hermano, yo creo que esa bomba me la prepararon a mí , le dijo a Rivera.

Cinco horas después, el sargento y su gente miraban por la ventanilla del avión de la Policía los pastizales que rodean al aeropuerto de Florencia. Y al mediodía, después de varias horas de infructuosas maniobras con el robot, el sargento Rivera se enfrentó a los explosivos. Rivera regresó sano y salvo esa misma tarde a Bogotá. Su mujer lo recibió como si acabara de resucitar.

El miedo es contagioso Los agentes antiexplosivos comparten su estrecha oficina de la sede de la Dijín con un maniquí embutido en un traje blindado, con Arturito , el robot de fabricación inglesa que les sirve para desarmar algunas bombas y con algunas muestras de artefactos explosivos.

Casi todos los técnicos antiexplosivos cargan una Biblia pequeña en alguno de los ocho bolsillos de su chaleco negro, junto a una pinza multiusos, linterna, navaja, cortafríos y tapaoídos (para que no se les dañen los tímpanos en caso de que la bomba explote, dicen con sorna).

La Biblia del agente Toscano tiene resaltado el salmo 91. El hombre carraspea un par de veces y lee en voz alta: El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente...

Esa es su única compañía cuando se enfrentan a la dinamita. El primero que se baja del carro se va derecho a desarmar la bomba sin pensar en nada... si lo piensa cinco segundos es mejor que no se le meta porque la bomba le gana , asegura el sargento.

Cuando me enfrento a una bomba me olvido de todo, hasta de la familia porque si me acuerdo de los hijos no me le mido , dice Rubiano, otro de los agentes antiexplosivos de la Dijín. A uno le toca recorrer como 200 metros solo, en silencio, con la mente en blanco. Uno apenas ve la cara asustada de la gente como preguntando: Usted se le va a meter a eso?... yo prefiero no mirarlos porque el miedo es contagioso , concluye.

Antes de desarmar una bomba no sienten miedo. Este aparece después, cuando se sientan a analizar cómo estaba armado el artefacto y cuantos minutos o segundos faltaron para que les explotara bajo las narices. Entonces les tiemblan las manos, les castañetean los dientes, sudan y se van a tomar agua porque la sed es insoportable.

Mientras están en servicio, sus esposas encienden veladoras, están pendientes de los noticieros, y se les acelera el corazón cuando timbra el teléfono. Idalia, la esposa de Toscano, se arrodilla a veces y ofrece ayunar ese día con tal de que su hombre regrese por sus propios medios a la casa.

Irene, la esposa del agente Grijalba, mantiene encendido el radio en una emisora de noticias y cuando él sale a una misión llama cada hora la sede de la Dijín en Bogotá.

Por eso, para disminuir las horas de sufrimiento de sus familiares, los diez agentes antiexplosivos de la Dijín prefieren no hablar de su trabajo delante de ellos.

Sin embargo, hace poco al hijo de cinco años del agente Rubiano le preguntaron: dónde está su papá? Y él contestó a media lengua: con las bombas .

*Todos los nombres fueron cambiados por razones de seguridad.

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