ERNESTO PLATA RUEDA

ERNESTO PLATA RUEDA

No hay alfombras espesas ni secretarias despectivas sin tiempo para nada. Su esposa es quien atiende, y la única pintura que adorna la pared es una en la que aparece un niño rodeado de médicos en una vieja sala de cirugía. Así es el consultorio de Ernesto Plata Rueda, el decano de la pediatría en Colombia. El lugar, al norte de Bogotá, es nuevo y espacioso. Pero los muebles y artefactos del antiguo despacho de la avenida 42 están ahí. Las gavetas blancas, las poltronas mullidas y desgastadas, los cuentos infantiles sobre la mesa de la sala de espera. Y el elefante. El enorme elefante de cerámica, con los colmillos rotos y los 35 años de recuerdos mudos dejados por los miles de niños que soñaron frente a él.

13 de enero 1991 , 12:00 a.m.

El dueño de casa no ha movido un dedo por llenarse de la multicolor juguetería moderna. Se mantiene en su austeridad bonachona propia de esos científicos convencidos de que los mejores juegos son aquellos en los que no se encuentra todo hecho.

Quizás sea así por las huellas de infancia que dejó el estrecho pueblito de El Socorro (Santander). Allí el sustento provenía de lo que viajeros y raizales pagaran por los caballos que su padre alquilaba para llegar a Bogotá. Tal vez también influyera la vara férrea de los sacerdotes lasallistas de su colegio en Barranquilla.

En todo caso, aparte de las circunstancias, su carácter ayudó bastante. Sensible, inquisidor y con una implacable tendencia a la autodisciplina, no en vano obtuvo las mejores notas en su promoción de bachiller o el segundo puesto en los exámenes que le abrieron las puertas de la Universidad Nacional.

Era el año de 1942, comienzo de una carrera brillante. Anécdotas? Demasiadas. Una para recordar por lo singular: 1947 y la invitación que hizo Perón al grupo de estudiantes de medicina con mejor promedio. Dinero para gastos, buen hotel, monólogo eterno del caudillo sobre justicialismo y paseo en el yate El Tigre de Evita. Inolvidable. Una de los escasas frivolidades que se permitió el joven estudiante.

En 1948 llega la graduación y su tesis es laureada. Un tema novedoso entonces: Traumatismo obstétrico en el recién nacido . Ningún especialista[qm]en niños se preocupaba en la época por ese primer contacto con la vida. Para la mayoría, el trabajo empezaba con pacientes de un año de nacidos.

En cambio, a Plata el asunto lo puso febril. Atendía partos, aunque esa actividad no apareciera por ningún lado en las materias de su especialidad. Pediatra solitario en los congresos de obstetricia , esa era su condición.

Terquedad exitosa. Cuando fue nombrado jefe de pediatría de la Universidad Nacional, logró colar el estudio del recién nacido en el pensum y en el ánimo de los aprendices.

Impulsos obstinados como ese son una constante en su vida. Algo que su presencia no delataría. Bajo de estatura, sin arrugas en el traje gris y con un actitud de tímida calidez, más bien parece uno de esos ciudadanos en serie de la burocracia que pasan la vida en el mayor orden posible. Sólo su voz presagia un poderoso interior. Clarísima y penetrante, aparenta salir sin mover un nervio del cuerpo. Creaciones domésticas A través de ella surge fluidamente la memoria de un hombre cultivado, pero sin el menor asomo de prepotencia o intelectualismo. Sorprende saber que sus aportes al desarrollo de la pediatría no nacieran de observaciones durante estudios en el exterior. Nada de Estados Unidos o Europa, sólo la biblioteca de su casa, atestada de volúmenes médicos y uno que otro clásico de la literatura. La larga lista de viajes posteriores se dio para exponer sus conocimientos en conferencias y congresos. Eso de enseñar sí es mi chifladura .

Desde el final de sus estudios hasta hoy no la ha dejado ni un momento. Ni en su propia familia resistió la manía. Seis hijas son suficiente prueba. En 1961, con una actitud extravagante para el común, entró de tiempo completo a la facultad de medicina de la Nacional (sueldo pírrico) abandonando la abundante clientela privada que había conseguido.

En esas estaba cuando cayó un baldado de agua fría sobre los médicos bogotanos: la facultad de medicina de la Universidad del Valle. Para sorpresa suya y de sus colegas capitalinos, la institución caleña se había colocado a la cabeza de la modernidad.

La razón para la decadencia en la medicina de la capital era simple. Mientras en el Valle establecían vínculos con la Universidad de Tulane (Estados Unidos) y absorbían lo que allá se encontraba, en Bogotá se habían quedado con la exhausta escuela europea de posguerra.

Plata montó una dura campaña política para disminuir la enseñanza teórica, en pro de un cincuenta por ciento de tiempo al lado del enfermo. Con un leve matiz: no solo al lado del enfermo hospitalizado número poco representativo de los enfermos en general sino al lado de pacientes en consulta. La propuesta causó conmoción en los profesores veteranos de la facultad, acompañada de la renuncia furiosa de un buen número.

Con todo y pataleos, el cambio prevaleció y desaparecieron los pediatras de genialidad exclusiva para casos graves e ineptos para las pequeñeces de la atención primaria.

Así como les madrugó a los ortodoxos, también lo hace en su vida diaria. Es hombre de 5 de la mañana. A esa hora prepara la próxima edición de la Carta pediátrica (de la cual es fundador, director y redactor) o adelanta la preparación de un nuevo libro.

Momentos de claroscuro y de tranquilidad, en los que la única distracción la producen el ronroneo de un suave fondo musical y las flores. Las flores son el club, el hobby, el siquiatra y las confidentes de Plata. Centenares de pensamientos se codean con los buganviles que ha recolectado en todo el país durante su vida.

Entre uno y otro paseo por su jardín escribió los ya célebres textos: Preguntas de madres, diccionario pediátrico que ha evitado que los nervios de muchas mamás salten en pedazos, y El pediatra eficiente, tesoro en zonas rurales donde el médico general hace las veces de pediatra.

La última causa que ha emprendido tiene un nombre para tiempos violentos: Humanización de la hospitalización a los niños . Viejo planteamiento científico, que en los hospitales populares del país es tenido como una molestia.

Este proyecto difícil o los anteriores o el simple manejo de una conversación desprevenida los envuelve siempre en una suerte de suave firmeza. Y ahora parece que esa condición se afirmara. Sus ojos despejados miran directo, sin agresión, como invitando a la tranquilidad. No hay en él sombra alguna del desgano anímico que se esperaría en un hombre que padece de cáncer.

Según los médicos, su vida ya debía haber terminado. Según él, la fe en Dios y una fuerza elemental basada en el deseo de vivir lo mantienen hasta ahora radiante en su puesto, saliéndose, como siempre, con la suya.

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