POCO APTO PARA DESEMPLEADOS

POCO APTO PARA DESEMPLEADOS

Mientras en países emergentes -como Colombia- la dificultad por conseguir empleo parece llevar a un pesimismo generalizado, en otros lugares del mundo el descontento va en aumento, pero no por la frustración causada por la falta de oportunidades sino, paradójicamente, por el exceso de posibilidades.

02 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Recientemente, un amigo se encontró con una joven estadounidense que estaba estudiando en Oxford. Ya tenía dos títulos de destacadas universidades norteamericanas. Había trabajado como abogada y como trabajadora social en E.U., y en algún lugar, mientras tanto, había adquirido una cinta negra de kung fu.

Ahora, su curso en Oxford concluía y estaba completamente angustiada por lo que haría después.

Su problema no era común y corriente. No podía decidir si optar por hacer mucho dinero como asesora gerencial/abogada corporativa, dedicarse a obras de caridad ayudando a mujeres agobiadas en comunidades marginadas, o ir a Hollywood para trabajar como doble para las películas de kung fu.

Lo que más sorprendió a mi amigo no fue la disparidad de las opciones de esta persona, sino la intensidad y la mala manera en que rumiaba el asunto. Era como si renegara de sus propios talentos, oportunidades y libertades, como si el mundo la tratara injustamente al forzarla a tomar tan difícil decisión.

Su caso es sintomático de nuestros tiempos. En los últimos años, ha surgido una cultura de descontento entre las personas altamente educadas, algo que pareciera aumentar cuando llegan a la edad de finales de los 20 y comienzos de los 30. Se desarrolla, no de la frustración causada por la falta de oportunidades, sino por el exceso de las mismas.

La mayoría de las teorías de la psicología del desarrollo del adulto tienen una categoría especial para aquellas personas que están a finales de sus 20 años y comienzos de los 30. Mientras que las personas en edad comprendida entre principio y mediado de los 20 están estableciendo sus modos de vida, los primeros a menudo se consideran en un período de reevaluación.

En una sociedad en la cual la gente se casa y tiene hijos joven, donde las cargas financieras se acumulan temprano y donde los mercados laborales son inflexibles, tales reevaluaciones pueden no durar mucho tiempo. Sin embargo, cuando la gente logra mantenerse libre de las cargas familiares o financieras y cuando las oportunidades de carreras alternativas son muchas, la reevaluación probablemente es angustiosa y duradera.

Esto se evidencia mucho más en la élite profesional internacional y moderna: esa tribu de jóvenes bancarios, abogados, asesores y gerentes para quienes los lazos financieros, familiares, personales, corporativos y (cada vez más) nacionales se han convertido en irrelevantes.

Nacen en un país, se educan en otro y trabajan en un tercero. Son independientes, bien remunerados, enriquecidos por las experiencias con las que muchos de sus padres sólo podían soñar. Sin embargo, muchos se sienten decepcionados porque en medio de todas sus oportunidades, libertades y logros, la vida no les ha dado lo que esperaban.

E, inevitablemente, en el centro de esta desilusión yace una nueva actitud hacia el trabajo.

En los últimos años, ha crecido la idea de que el trabajo no debería ser solamente un medio para obtener dinero y respaldo, sino opciones de vida.

Los que reclutan empleados en compañías financieras, asesorías y escritorios jurídicos han promocionado este concepto del empleo. Los avisos promueven retos, amplias experiencias, oportunidades de viajar e incesante desarrollo personal.

Muchas de las personas jóvenes de éxito extraordinario hablan de su trabajo como una experiencia de aprendizaje y de desafío intelectual.

Esta actitud ante el empleo tiene varias implicaciones interesantes, en su mayoría relacionadas con el cambio de la balanza entre el empleo y el tiempo libre.

Debido a que un empleo altamente gratificante del tipo que se piensa proporciona la experiencia de aprendizaje más intensa a menudo requiere largas jornadas o acapara la imaginación por mucho tiempo, es fácil pensar que lo inverso es también verdad: que por trabajar muchas horas, la persona tiene un empleo fascinante y sumamente satisfactorio.

Esto conduce a la popular falacia de que se puede medir el valor del empleo (y por ende, la cantidad de aprendizaje) por el número de horas que se le dedica. Asimismo, incidentalmente, cuando se resalta el aprendizaje más que la remuneración, la gente es susceptible a caer en esta ilusión.

Muchos profesionales jóvenes han rechazado trabajos porque no implican largas jornadas. Creen firmemente que las semanas de 45 horas necesariamente significan un empleo no satisfactorio.

Desafortunadamente, cuando la gente se convence de que lo único que necesita para ser felices es una larga jornada laboral, rápidamente puede comenzar a sentir que su existencia no tiene razón de ser fuera de su oficina. Pronto empieza a substituir otros aspectos de la vida por el trabajo.

Otra característica de esta población es la renuencia a asumir compromisos a largo plazo. Todo, desde el tiempo libre, bienes y relaciones lo negocian frente a las exigencias del trabajo. Nada tiene más valor que acumular experiencia. Nada es más subestimado que el comprometerse.

Se podría considerar esta mentalidad como una señal de adolescencia extendida. Con el tiempo, se verán forzados a aceptar que en la vida tiene tanto valor el rechazar posibilidades profesionales como crearlas.

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