LA HIJA DEL REGIMIENTO

LA HIJA DEL REGIMIENTO

Subió a escena el pasado sábado en el teatro Colón La Hija del Regimiento de Gaetano Donizetti, primera de las dos óperas programadas para este año por el Camarín del Carmen.

25 de agosto 1999 , 12:00 a.m.

En el terreno musical, la Orquesta de la ópera tuvo una acertada actuación, aunque se hubiera preferido mayor brillo en ciertos pasajes. E director Juan Carlos Rivas realizó un trabajo serio, profesional, con momentos logrados pero también con buen número de pequeños descuadres, que no pasaron a mayores pero demostraron que hizo falta mayor precisión entre foso y escenario. La soprano norteamericana Marguerite Krull fue sin la menor duda la triunfadora de la noche. Bella voz, graciosa y desenvuelta en escena, y su canto fue delicioso. No abusó en los pasajes de coloratura que habría podido hacerlo pues tiene todas las facultades, y en los líricos, particularmente en Il faut partir, y Par le rang et par l opulence, dos pequeñas joyas de refinamiento musical, hizo gala de magnífico fraseo, elocuencia y musicalidad. En los diálogos hablados en español se defendió, y su francés, como el de la mayoría del elenco, fue trabajado. No hay que hacer de lado que el francés es una lengua muy difícil para cantar para quienes no la conocen bien. Tonio fue el tenor colombiano Juan José Lopera. Fue grato escucharlo, observar cómo ha madurado su voz que se proyecta con más cuerpo, más redonda. Este no es papel para grandes lucimientos vocales, salvo la cavatina del primer acto Pour mon ame que hace parte de la extensa aria Ah mes amis..., la cual incluye 9 does naturales, puntas de lanza para cualquier tenor, y más a la altura de Bogotá. Lopera sorteó con fortuna estas espinosas notas, y al llegar al segundo acto, ya más tranquilo, entregó lo mejor de su canto en la romanza Pour me rapprocher de Marie que fue vertida con exquisita musicalidad, bello fraseo y total entrega. Sus progresos son muy evidentes.

La Marquesa de Berckenfeld fue la mezzosoprano venezolana Amelia Salazar. Su voz muestra un trémolo muy desagradable que le resta calidad a su canto, y aunque es versátil en escena, su papel fue caricaturizado al punto de contradecir el argumento. Cómo exigirle a su hija modales de gran dama, si las actitudes de ella eran definitivamente vulgares? un contrasentido. Sulpice fue el bajo mexicano Noé Colin. Voz muy ingrata así a muchos haya divertido con sus monerías. Cuestión de gustos y marcación escénica. El coro, salvo pequeños descuadres estuvo bien, pero qué falta de gracia y de garbo escénicos! Dio la sensación de que alcanzaron a memorizar los textos pero nunca se enteraron del significado. La música ha que vivirla, sentirla. No basta con emitir sonidos.

La escenografía de los argentinos Claudia Bottazzini y Enrique Dartiguereyrou fue de una falta de imaginación penosa. Parecía que los telones del primer acto los hubieran puesto al sol hasta desteñirlos. Todo muy aburridor, carente de originalidad. Para qué colocar en el minúsculo escenario del Colón una casa que robaba un espacio precioso? insinuar una puerta habría bastado. Con certeza absoluta cualquier escenógrafo local habría hecho un trabajo más imaginativo. Claro está que si las luces hubieran jugado algún papel, algo se habría logrado en contrastes. Pero el francés Pierre Peyronnet se limitó a no dejar a oscuras la escena.

La dirección de actores cantantes a cargo del argentino Alejandro Chacón vio unas de cal y otras de arena. Manejó y muy bien los personajes de María y de Tonio, pero el coro, que tiene tanta importancia en esta obra, se le salió de las manos. Qué caras tan aburridas, qué desgarbo, qué desgaliche tan pavoroso, y con esa actitud cantaron el célebre Raptaplán y Salut a la France, Salut a la gloire. Nada por supuesto resultaba creíble. Y la llegada de las damas a la fiesta, las poses rígidas, falsas y estereotipadas no coincidían con la naturalidad de movimientos del resto de la obra. El vestuario del uruguayo Adán Martínez fue un trabajo investigado en el que no omitió detalle, pero el colorido y ciertos diseños de la escena de la fiesta no convencieron. Como ocurre siempre, la primera función pide ajustes. Sin embargo, el público se mostró feliz, se río, se divirtió, aplaudió a rabiar y fueron dos horas y media de música muy gratas en las que se olvidó la horrible realidad que vivimos.

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