CULTURA EN EL SUR: DESEO Y REALIDAD

CULTURA EN EL SUR: DESEO Y REALIDAD

Con los proyectos oficiales para desarrollar la cultura popular en Bogotá sucede lo mismo que con los ovnis: todo el mundo habla de ellos pero nadie los ve. En el sur de la ciudad, especialmente, la presencia del Instituto Distrital de Cultura y Turismo se reduce a espectáculos esporádicos y a la promoción y organización del Festival de Cultura Popular que cada año se realiza en la Plaza de Bolívar.

13 de enero 1991 , 12:00 a. m.

La infraestructura cultural en esa zona, donde viven casi tres millones de personas, es virtualmente nula. Allí, existen más de cien grupos de danza, teatro, música, títeres y zancos. Salones comunales, calles y parques son sus escenarios.

Otros grupos nacen y mueren en uno o dos meses. Es una dinámica de estos sectores, donde la supervivencia de los colectivos está íntimamente ligada a la capacidad de rebusque de sus integrantes. De ese factor también dependen los encuentros que cada año organizan en cinco sectores del sur.

El más antiguo es el que desde hace diez años organiza la Casa Cultural Kerigma, de Bosa. Esta nació hace 12 años como un grupo de teatro en un local del barrio La Despensa. Su director, Enrique Espitia, recuerda: Eramos un gueto raro en la comunidad. Eso nos motivo para ampliar el trabajo y crear una casa cultural . Hace dos años Kerigma compró una sede con aportes de todos lados y en noviembre pasado reunió a treinta grupos durante las dos semanas que duró la décima versión del encuentro.

El movimiento cultural en la zona 18 es de la misma época. Claret, Bravo Páez, Santa Lucía, Inglés y otros 16 barrios están incluidos. Ahí surgió, en 1983, un encuentro que ya lleva siete ediciones. También crearon la Fundación Artística Ensamble. Son 25 personas que trabajan con niños y jovénes del sur.

En Kennedy el punto de partida fue un festival cívico cultural organizado por jóvenes de la zona en 1983. Allí participaron 32 colectivos de danza, música y teatro. En el momento se sabe a ciencia cierta cuántos grupos existan: Hoy pueden ser ochenta y la próxima semana sesenta . Lo dice el director de la Casa de la Cultura del sector, Juan Carlos Ramírez.

Procesos similares se desarrollan a un ritmo más lento en el suroriente y en Ciudad Bolívar. En el suroriente existen cuatro organizaciones de educación y cultura que han realizado tres festivales zonales. También hay unos 25 grupos de danza y música. Teatro no se ve por parte alguna.

En Ciudad Bolívar la comunidad creó hace ocho años una Casa cultural. Hay unos treinta grupos bastante dispersos, algunos con 15 años de trabajo como los del barrio Juan Pablo II. También se ven colectivos creados por catequistas. El primer encuentro cultural de la zona tuvo lugar el año pasado. El arte del rebusque La mayoría de estos grupos tiene cosas comunes: son empíricos, se autofinancian y trabajan temas latinoamericanos. Están integrados por estudiantes, ayudantes de construcción, vendedores ambulantes, cantantes de buses, algunos profesionales y uno que otro egresado de escuelas de arte. Esas condiciones influyen en la calidad de los grupos. Ramiro Velasco, de la Fundación El Pepazo, habla del fenómeno: Para los muchachos es más importante ganarse unos pesos trabajando los sábados en construcción que asistir a un ensayo . Ese panorama incierto se repite para cualquier presentación. Entonces acuden al rebusque, que en cada zona tiene características diferentes.

En el suroriente crearon los trancones culturales : una comparsa bloquea el tránsito en la carretera a Villavicencio, para recoger algunos pesos. En la zona 18, durante el último festival, los participantes vendieron afiches y maquillaron niños. Todo por cien pesos. Bazares, rifas, cine en la calle o en centros comunitarios, minitecas y venta de empanadas, fritanga y tamales completan los recursos.

Lo mismo ocurre con el vestuario. En Ciudad Bolívar, por ejemplo, un grupo de danzas alquila los trajes en un Colegio de El Tunal. Una docena de vestidos para bailar bambuco durante una media hora cuesta diez mil pesos. Entidades del Distrito, algunas juntas comunales y empresas privadas colaboran con transporte, refrigerios, sonido o tarimas. A veces también llega el efectivo. El Distrito, además, ha enviado instructores a varias zonas, pero estos no están familiarizados con la realidad de los sectores. Cuando llueve, algunos no vienen por no embarrarse .

El caso más insólito de ausencia de políticas hacia la cultura popular ocurre con la Casa de la Cultura de Kennedy. Esta fue creada por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, en marzo del 90. Se inauguró con cincuenta grupos y tres días de actividades en el parque de La Macarena. El sueño se había cumplido.

Dos meses después, la nueva administración del Instituto retiró los celadores y no llegó el dinero para el arriendo. Los integrantes temen un desalojo.

Para la directora del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Doris Angel, la culpa es de su antecesor, Alberto Upegui: Nunca hubo recursos para ese centro. Por ahora no puedo hacer nada. Hablaré con ellos cuando tenga el nuevo presupuesto .

El problema va más allá. Los grupos de esa zona decidieron no participar en el Tercer Festival de Cultura Popular que organiza el Distrito, mientras no se defina la situación de su casa cultural. Proyectos hay pero plata...

Ese es el primer tropiezo para un certamen bastante cuestionado en sus dos primeras ediciones. Del primero aún le deben los premios (unos 60 mil pesos) a los grupos de Kennedy Teatro Pical y Títeres América Mágica. Este último también ganó una beca para la Escuela Superior de Títeres y Teatro del Distrito. Ese centro fue cerrado dos meses después.

Los grupos aducen que el festival ha sido concebido verticalmente, sin participación de la comunidad: No hay representantes de los colectivos de barrios en los comités que elaboraron el programa . El festival dicen algunos miembros de grupos culturales está concebido como algo fastuoso que solo pretende deslumbrar . Sin embargo, lo reconocen como un espacio que les permite conocerse e intercambiar experiencias.

Los problemas, además de grandes, son complejos. La Personería, la Contraloría de Bogotá y la Procuraduría General de la Nación investigan supuestas irregularidades ocurridas en la administración anterior por el montaje de la obra Apoteosis colombiana. Debido a ese problema las presentaciones fueron suspendidas por la actual directora del Instituto de Cultura y Turismo.

También se cancelaron hace siete meses las actividades culturales de cada fin de semana en La Victoria, Servitá, Lourdes y Fátima. Lo mismo ocurrió con la sala Oriol Rangel. El argumento: todo el presupuesto fue gastado por la anterior administración.

Los errores forman una cadena: en 1978 el Consejo de Bogotá asignó al Instituto de Cultura y Turismo rentas propias provenientes del impuesto a cigarrillos extranjeros. La importación de estos se suspendió en 1981, pero la disposición continúa intacta. El resultado: esa entidad debe sobrevivir únicamente con lo que le asigna el Distrito.

El Instituto justifica cada falla con la falta de presupuesto. Y, en cierta forma, tiene razón. Existen proyectos ambiciosos a corto y largo plazo. Pero para desarrollarlos se requiere casi del doble de la actual asignación.

Los recursos para 1991 alcanzan los 2.200 millones de pesos. Parece mucha plata pero de estos, 1.900 millones se van en funcionamiento. Cien en adecuación de sedes, otros cien en turismo y quedan 160 para cultura. Esta cantidad es equivalente a lo que cuesta el Tercer Festival de Cultura Popular. Y para los demás proyectos? Seguramente muy poco, porque díficil es la salida mientras la misma entidad encargada de promover la cultura en Bogota tenga que ver hasta con la construcción de baños públicos.

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