BOGOTÁ CONVENTUAL

BOGOTÁ CONVENTUAL

30 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

El bus de mi primera juventud que no transportaba sino las niñas del Sagrado Corazón no dejó recuerdos de aquellos tiempos en que las Hermanas de la Caridad controlaban el tráfico, no saliendo a la calle, sino con aquel uniforme con que las recuerda Fernando Botero en su pintura, con aquel enorme tocado que fingía en la cabeza las enormes alas abiertas de un pájaro blanco y luego aquel hábito marrón inolvidable en mi monja pintada por Botero que presidía en la sala de mi casa como si fuera el refectorio del convento. En las calles y plazas de Bogotá, las monjas, frailes y curas andaban de hábito y sotana como si las calles de la ciudad fueran corredores de convento. Y la vida comenzaba con la llamada a misa y en la tarde el toque de oración.

Para mí es inolvidable el recuerdo del primer radio, cuando un automóvil pasó por el frente de mi casa sonando música como si transportara una orquesta. Esa música móvil me abrió el horizonte sobre un misterioso futuro que iba a ser este presente entonces inescrutable e increíble.

La velocidad con que han cambiado las cosas ha sido la característica del mundo en que vivimos. Es casi irreconocible para un habitante del siglo XIX y comienzos del XX esto de ahora y que se haya vuelto una caja de música la tierra para quien dejó, en 1900, esta muerta esfera silenciosa. Da la medida de lo radical que ha sido el cambio.

Cuando yo leo a Jorge Rojas y llego al punto culminante del soneto Si fuera la doncella despertada hay algo que, en el fondo del alma, se estremece y me hace pensar en estos cambios como en la llegada del día o como ver el nacimiento de la luz y de Venus que me hacen ver horizontes y lejanías y me llenan de alegría o de tristezas.

La vida va empujando el carro y uno o se siente llevado o puesto a un lado por abandono o por desidia. Empieza a tenerse la sensación de los que pierden el tren. De la necesidad de correr para no quedarse. Cada día que llega va notándose un aumento de velocidad en la marcha. Tal vez entre las decisiones más radicales de la Iglesia estuvo la de suprimir los hábitos en la vida ordinaria.

Los sacerdotes, sin sotana, empezaron a circular como gente civil. La presencia de faldas les hacía difícil caminar en la calle como la gente común. Bogotá perdió su carácter tradicional. La calle principal, la Calle Real, ensartaba en fila una serie de conventos que iban desde San Diego hasta San Agustín y Las Cruces. Todos los nombres de los barrios bogotanos formaban un santoral. O se vivía en San Agustín o en Las Nieves. O en Las Cruces o en Santa Bárbara.

Cuando Bogotá empezó a tener nombres civiles, entró en la vida del siglo. El plano de la ciudad dejó de ser una división eclesiástica. Y ahí empezó a entrar en la república el Nuevo Reino de Granada, avanzado ya el siglo XX. Pero yo recuerdo el Jueves de Corpus o la Semana Santa, cuando la Calle Real quedaba toda formada por la Iglesia, y entre los dos costados de la calle colgaban estandartes y el pavimento se cubría de aserrín pintado de anilinas.

Santa Fe de Bogotá parecía toda un altar. En cada esquina de la Calle Real y la Calle de Florián se construían altares y se sucedían procesiones hasta que, en la última, la del Resucitado, se paseaba triunfalmente la imagen del Señor que se alzaba sobre ese sepulcro de costados de carey que, cargado en hombros, se paseaba triunfal llevado por los grandes de la ciudad que, ya no de penitentes, lo conducían desde San Francisco a la Catedral.

Un desusado olor a ropa limpia y camisa recién planchada, con la sola excepción de los pies adoloridos por estrenar zapatos, le daba a Bogotá un nuevo aire. Pasado el olor a bagre del día anterior.

La Semana Santa cambiaba dos veces el aire de Bogotá y dejaba recuerdos que nunca olvidarían, sobre todo la muchachada, que se divertía en cuanto la procesión entraba a la catedral tirando los festones que habían engalanado la Calle Real y tratando de coronar las viejas que volvían a sus casas ya celebrado el regreso del Señor a la Gloria.

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