LOS NUEVOS EDITORIALISTAS

LOS NUEVOS EDITORIALISTAS

Hace dos semanas, Héctor Abad Facio-Lince escribió una columna en El Espectador en la que censuraba el abominable estilo dice él de los editoriales. Su argumento es que el editorial tal como se acostumbra en Colombia, sin firma y todos los días de la semana es un género periodístico nefasto. Según Abad, lo único bueno que tienen los editoriales diarios es que no los lee nadie.

04 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Discrepo de tal opinión. Es posible, en efecto, que los editoriales de los principales periódicos del país no sean diariamente opinantes ni necesariamente beligerantes. Hernando Santos decía con humor que estos generalmente deberían ser bobos , pero lo cierto es que cuando se fajó sus buenas notas contra la intromisión de los gringos durante el Gobierno de Samper, o incluso cuando le pidió a éste en forma tan elegante como discreta la posibilidad de pensar en su retiro de la Presidencia, tales comentarios fueron sin duda la comidilla del día.

Fallecido Santos, es evidente que al menos entre los lectores de EL TIEMPO existe gran expectativa por saber qué dicen los editoriales. Desde un punto de vista selectivo, no son pocos los lectores que están pendientes de sus conceptos y podría decirse que igual cosa ocurre con El Espectador. Efectivamente, no soy el más indicado para hablar de los editoriales de su nuevo director; mas la gente sí está expectante de su tono y de su contenido; sabe, además, que los escribe éste el director, no como sucedía en épocas pretéritas, cuando le atribuían los más belicosos a la pluma de Ramiro De la Espriella y, en épocas aún más remotas, a la de Fabio Lozano Simonelli.

Los editoriales o mejor, los editorialistas sí están diciendo cosas, al contrario de lo que afirma Héctor Abad. Este sostiene que, generalmente, siguen llevando títulos grandilocuentes y que sus temas se reducen, por principio, al Partido Liberal, la defensa de las instituciones y la democracia en apuros.

No creo eso. En el caso de EL TIEMPO, sin saber ciertamente quién es su autor intelectual, es evidente que detrás de los mismos está, inevitablemente, el aval de alguno de sus directores, cuando no de ambos. Y aunque los temas no siempre tengan que ver con la agudización política, sino aluden también a la ecología o a los derechos del peatón, la verdad es que son comentarios si se quiere más periodísticos y modernos que los de antaño, cuando se decía, por ejemplo hace muchos años, que el editorial de los lunes se le adjudicaba a la pluma de don Baldomero Sanín Cano. Y ni para qué hacer mención por polémicos de los vehementes editoriales de publicaciones económicas como Portafolio y La Nota. Todavía más: en los setentas uno compraba El Siglo solo para poder leer los editoriales de Alvaro Gómez generalmente enfilados contra la mediocridad de los Pastrana y que muchas veces eran de Juan Diego Jaramillo (también fallecido) o inclusive de Juan Daniel Jaramillo, hoy competente internacionalista.

Y hace pocos días el 20 de julio más exactamente el editorial de EL TIEMPO, titulado La prueba de fuego , tenía frases de este tenor: Alguna vez, Tirofijo pidió que se rodeara al Presidente. Digámoslo con franqueza: lo que ocurre es que no se deja, no le gusta. Convocar no es propiamente una de sus fortalezas. Y por no hacerlo, en momentos difíciles como los vividos en su primer año de gobierno, es por lo que se ha terminado en decisiones que no se tomaron oportunamente o llegaron tarde, cuando el daño ya estaba hecho .

No era frecuente toparse con semejante estilo crítico en los editoriales de EL TIEMPO. Empero, de ahí a sostener que, en términos generales, solo siguen diciendo babosadas , es por lo menos injusto. Finalmente, Abad sugiere que los editoriales supongo que alude a los de EL TIEMPO se escriban con firma, así sea cada ocho o quince días, según ocurre en algunos periódicos como El País, de Madrid, cuando los hace su director y además aspira a causar ruido con el tema planteado. No creo que eso sea necesario, auncuando tampoco sería mala la idea de que a veces, cuando el tema lo justifique, comience en primera página o con algún llamado si de buscar la atención de los lectores se trata.

A este respecto recuerdo que, a comienzos de los ochenta, cuando Alberto Lleras escribía editoriales en este periódico, en ocasiones los firmaba con tres asteriscos finales, para significar con ello que eran suyos, pese a tratarse de un estilo el de Lleras ciertamente inconfundible en virtud de sus largas frases cabalmente adjetivadas. Hoy son otros los tiempos y habría que decir que, quienes son responsables de los editoriales, no han sido por ventura ex presidentes.

Ahora, lo que sí es importante es que el Presidente de turno los lea. Los lea, así no los acate, aunque sea para meditarlos. Pues reflejan una opinión ya no personal como en el caso del desaparecido Contraescape pero que sí interpreta a determinados sectores de la sociedad. Qué tan vastos? Lo ignoro. Son editoriales que, a mi juicio tanto en el caso de EL TIEMPO como el de El Espectador, encarnan no apenas un pensamiento individual, sino la voz de lo que muchos quieren decir y no pueden o no se atreven. Y eso contrasta con el tono pausado y, si se quiere, innocuo, de ciertos editoriales de antes

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