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LA MANÍA DE PERRATEARLO TODO

LA MANÍA DE PERRATEARLO TODO

Parte de nuestros múltiples males nacionales es volver pedazos cualquier ideal que se nos atraviese. Algunos llaman a este vicio deterioro ético o crisis de valores, pero en lenguaje de esquina es el arte de perratear. Esto es volver repugnante lo que un día fue sublime, o transformar en repulsivo lo que un día pudo ser bello. En pocas palabras, extraer el valor de cualquier cosa para inyectarle veneno.

Eso, precisamente, es lo que hizo la guerrilla con los sueños de igualdad y justicia social que alguna vez llenaron los ideales juveniles de toda una generación que, todavía hace veinte años, creía en una revolución social que protegiera a los pobres, a los campesinos, a los trabajadores. Pero Jojoy , Tirofijo , Gabino y demás comandantes los matan, los extorsionan, los aterrorizan y los vacunan en los campos. La revolución la perratearon los revolucionarios inyectándole tráfico de narcóticos, salvajismo, masacres contra campesinos e indígenas, secuestros infames y extorsiones para financiarse con las argucias más cobardes. Cuando bandas de asesinos se autodenominan ejércitos revolucionarios, algo muy hondo se ha perrateado en la sociedad.

También se está perrateando el ideal de la paz, porque una paz basada en el chantaje, la ambigedad, la extorsión, el terror, los intereses políticos personales, la violación sistemática del derecho internacional humanitario, la desaparición forzada, los pactos incumplidos y la exclusión de la población víctima del conflicto, no podrá ser una paz buena. Muchos, especialmente los que están viviendo en la zona de despeje prototipo de la paz que nos espera, piensan que es una paz peligrosa. Pero si alguien se atreve al más mínimo escepticismo recibe la medalla de enemigo de la paz que confiere el Presidente del Congreso.

Con gran sensatez e inteligencia, Luis Eduardo Garzón, en nombre de los trabajadores, ha puesto el dedo en la llaga al insinuar sutilmente que guerrilla y Gobierno están a un lado de la mesa y el resto de la población sufre al otro lado; por eso, no pueden los trabajadores estar con ninguno de los dos, porque masacres, pobreza, desempleo, crisis de salud, saqueo de las entidades del Estado y pescas milagrosas de buses intermunicipales son todos males que interesan a los millones de colombianos que no son representados por nadie en la mesa de negociación y que han tenido que salir a las calles por cientos de miles a decir NO MAS.

En nombre de la autonomía universitaria se perratearon las universidades públicas. En nombre de la política los recursos del Estado se convirtieron en botín particular de caciques y recomendados. Todos estos ideales se han perrateado. La chiva y el amarillismo están a punto de dar al traste la libertad de prensa.

Y, como si fuera poco, ahora le tocó el turno del perrateo a la desobediencia civil. Amparados en estas dos palabras murieron miles de hindúes en búsqueda de su independencia de Inglaterra. Igualmente, fueron apresados, muertos, torturados y sacados de sus trabajos miles y miles de negros en los ultracivilizados Estados Unidos de los años 60 y en Suráfrica hasta hace menos de cinco añosNinguno de ellos estaba defendiendo el puesto, o sus ganancias de empresarios, o eludiendo una norma que no les agradaba. Defendían, a costa de la vida, un principio universal de dignidad para todos. Ninguno de los múltiples ejemplos de supuesta desobediencia civil que están de moda aquí maestros, colegios privados, taxistas, etc. está amparado por un principio ético universal ni siquiera medianamente defendible.

No se puede invocar la desobediencia civil como si fuera un truco de magia para justificar la incapacidad o la falta de voluntad para negociar racionalmente. Incluso, cuando esta negociación de intereses particulares no es posible, existen formas de movilización social legítimas, como los paros, las huelgas, las denuncias y manifestaciones públicas. Existe, por supuesto, la inteligencia que podría eventualmente incidir en las decisiones de los órganos legislativos y judiciales legítimamente constituidos. Y si decididamente se quiere estar fuera de la ley, se puede hablar de sabotaje o boicot.

Pero no degrademos la desobediencia civil, porque el día en que todos los colombianos necesitemos invocarla de verdad para que no nos masacren unas minorías, o para que la vida adquiera algún valor, o para que no nos roben la posibilidad de una mínima dignidad humana, es indispensable que podamos creer en ella como la única fuerza capaz de unir a todos contra los enemigos más poderosos: dictaduras, terroristas, intervenciones de fuera... Y a veces, viendo los signos de indignación que afloran cada día con mayor presión, piensa uno que el día de la desobediencia general puede no estar muy lejos

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