YUBARTAS, UNAS JOROBADAS MUY ATRACTIVAS

YUBARTAS, UNAS JOROBADAS MUY ATRACTIVAS

Muchas cosas han cambiado desde 1953, cuando un pescador de California llamado Chuck Chamberlein inició la observación de ballenas como actividad comercial, mediante un banderín pegado a su bote que ofrecía observación de ballenas a un dólar . Hoy, la oferta local suena improbable: llegar hasta el Pacífico desde la montañosa capital de nuestro país, adentrarse en el mar, perseguir con respetuosa curiosidad a varios grupos de ballenas jorobadas y volver a casa la noche siguiente, a tiempo para la cena.

05 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

El epicentro de este maratón ecoturístico es Buenaventura (Valle del Cauca), adonde se llega después de media hora de avión y tres de bus, tiempo más que suficiente para compartir expectativas con otros miembros de la excursión.

El anfitrión es el céntrico Hotel Estación, un edificio neoclásico con más de 70 años de historia, bautizado así por quedar frente a la terminal del Pacífico de los Ferrocarriles Nacionales. El ambiente europeo del Estación sirvió como telón de la época de esplendor del puerto, por donde llegaban muchos visitantes extranjeros, pero también sufrió la decadencia de los ferrocarriles, que lo condenaron al cierre en la década del 70. Desde 1979 fue restaurado y puesto nuevamente en servicio.

Antes de encarar el mar, reservado para el día siguiente, el hotel se encarga de preparar a los afortunados para el mítico encuentro. La charla con un biólogo marino le revela al grupo que las ballenas jorobadas vienen hasta el trópico entre julio y noviembre, para evitar el frío extremo que en esta época se apodera de su hogar, cerca del Polo Sur, lo cual constituye la migración más larga de un mamífero (8.000 kilómetros), con excepción del hombre; que nadie ha visto el apareamiento ni el parto de una yubarta (galicismo para ballena jorobada) y que no se sabe a ciencia cierta por qué saltan ni por qué cantan; que pueden vivir 60 años, medir 18 metros y pesar 60 toneladas, en fin un maremoto de información que hace desear verlas inmediatamente.

La reunión termina con la entrega de una camiseta, con la imagen impresa de una ballena y un letrero que dice: Para amarlas... hay que conocerlas! .

Al agua, mirones El día de la observación comienza muy temprano, pues el desayuno se toma a las seis de la mañana, con una pastilla de mareol como sobremesa. Todos bajan al comedor con la camiseta puesta, es decir con la pinta y la actitud adecuadas a la ocasión.

El muelle de La Pagoda está a media cuadra y, luego del abordaje, el barco de tres pisos se desprende rápidamente de él con un ronroneo constante y encuentra el camino al Bajo de los Negros, frente a Isla Palma.

Con una austeridad que no alcanza a incomodar, el barco ofrece un bar improvisado, baño y primeros auxilios. Para los que se han ido de rumba la noche anterior y para los que consideran que tres horas de navegación son como un viaje a Marte, hay camarotes donde es posible hibernar hasta cuando llegue la hora de las yubartas. Además, son una buena forma de minimizar los embates de las olas, que hacen cada vez más difícil el equilibrio y más probable el mareo.

Cuando la tripulación presiente que el encuentro está cerca, familiariza a los pasajeros con la ubicación según las manecillas del reloj. Una ballena a las doce significa que el animal está exactamente al frente de la nave, a las tres es a la derecha, a las seis es detrás, a las nueve es a la izquierda y así sucesivamente. Aquel que vea una ballena debe gritar la posición de esta para alertar a los demás.

Intentar ver ballenas junto a un experto puede resultar desestimulante porque, a diferencia de los novatos, ellos pueden distinguirlas a cientos de metros, gracias a elementos como los chorros de agua que expulsan por sus narices o espiráculos.

Sin embargo, el sol sale para todos y allí están ellas, a las doce, a la una, a las cinco, por doquier, solas, con cría, en grupos de tres, calmadas, veloces, juguetonas, huidizas. Eso sí, a manera de instantáneas, pues aparecen y desaparecen como por arte de un prestidigitador divino, que les inventa saltos, botes y maromas, muy difíciles de seguir con las cámaras fotográficas, pero indelebles en la memoria.

Aunque a veces los barcos grandes se pueden acercar menos a los animales que otras embarcaciones menores, es una fortuna que cuando alguien grita ballena a las tres y todos se mueven rápidamente a la derecha, el barco no se incline inquietantemente El plato fuerte de este viaje es una hora de encuentros intermitentes, que convierten el barco en una euforia colectiva, alternados con minutos de relajada impaciencia bajo el sol, a la espera de un nuevo grupo.

Al final, durante el viaje de vuelta hay tiempo suficiente para sumergirse en la idea de que la observación de ballenas es como una lotería, en la que algunos sacan el mayor provecho gracias a un salto, barrigazo o aletazo oportunos, pero en la que ninguno pierde, pues todos se llevan la sensación de pasos de animal grande y eso ya es suficiente, inolvidable.

Si usted va AeroRepública ofrece planes de una y dos noches, a 324 mil y 360 mil pesos por persona, respectivamente. Los niños pagan 231 mil pesos por una noche y 241 mil pesos por dos.

Los planes incluyen tiquete aéreo a Cali, ida y regreso, desde Bogotá, Medellín o Bucaramanga; traslado Cali-Buenaventura-Cali, alojamiento, alimentación completa, salida en barco para la observación, dos refrigerios a bordo, camiseta, cartilla didáctica y charla con un guía especializado.

El IVA de los tiquetes aéreos, las tasas aeroportuarias y los impuestos y seguros hoteleros no están incluidos.

Estos planes están disponibles en las agencias de viajes afiliadas a Anato y tienen la opción de ser financiados por Inversora Pichincha.

La temporada de ballenas irá hasta el próximo 31 de octubre.

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