EDITORIAL

Ultimamente hemos asistido en primera fila a un duro debate entre las entidades encargadas del cuidado del medio ambiente , todas ellas a cual más celosas por hacer valer sus fueros y poder y, además, todas enfrentadas a las autoridades ejecutivas como es el caso de la Alcaldía de Bogotá o la Aeronáutica Civil. Ministerio, Departamento del Medio Ambiente -DAMA- y la CAR se pelean titulares no propiamente por sus políticas de trabajo sino por sus afanes de figuración y controversia, porque cada cual hala para su lado y sus tesis.

29 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Avenidas, carreteras, pozos petroleros, el futuro de los aviones ruidosos, Transmilenio y quien sabe cuántos otros proyectos que merecen menor publicidad, andan empantanados en estas peleas que nacen de la falta de políticas claras y de la coherencia de del pensamiento del gobierno al respecto.

Hay un debate planteado con el asunto de Transmilenio. Unos quieren que los buses-gusano sean con motores Diesel y otros sugieren el gas natural como combustible. Ambos son válidos y caben perfectamente dentro de las normas internacionales modernas de con taminación móvil. Tienen ventajas y desventajas: el dies el emite partículas tóxicas que aún son objeto de cuidadosos estudios que cada día recortan distancia para su validación y es el combustible que se impone hoy en Europa, no sólo a nivel de transporte sino ya de los automóviles lujosos gracias a la inyecci ón directa, la técnica common rail de entrega de combustible, gestión electrónica, catalizadores cada vez más avanzados, etc. El problema en Colombia es que el combustible es de baja calidad y no será compatible con muchos de esos avances.

El gas es muc ho más limpio y tiene ventajas claras en este aspecto. Pero los motores adaptados para su uso pierden un buen porcentaje de rendimiento, no es tan económico, necesita una compleja estructura de recarga y suministro y exige adecuaciones importantes en los vehículos para poner tanques, etc.

En fin, lo que a muchos les parece asunto de vida o muerte, gas o diesel, a nosotros nos parece un tema de segunda línea en el problema de contaminación móvil de Bogotá. Al fin y al cabo, son apenas unos 360 buses los qu e formarían la red Transmilenio, cantidad perfectamente ridícula y que sería invisible de no ser por las rutas y redes preferenciales que van a cubrir y el fabuloso servicio que deberán prestar.

El problema de fondo es que para los vehículos de transporte semi pesado y pesado, no rigen en el país ninguna de las normas de contaminación que se impusieron para los automóviles particulares. Es así como camiones, buses y busetas nuevos no tienen catal izadores, usan obsoletos sistemas mecánicos de manejo de co mbustibles y ruedan en una densidad y concentración tales - pero desocupados- que generan una contaminación monstruosa, sobretodo por la vejez del parque, la técnicamente absurda repotenciación, el mal mantenimiento y el elevado porcentaje de motores de g asolina que andan en las calles.

Luego los aparatos de Transmilenio, que serán forzosamente modernos y actualizados, no son ni un gramo en la balanza de los elementos contaminantes que nos inundan. El problema grande está en otra parte y a ese tema, como es ya conocido, el gobierno le ha tenido pavor porque el gremio del transporte es intocable. Aunque afortunadamente en el Ministerio del Transporte actual parece que le está metiendo mano a sus acomodadas reglas y acabó con las actuales absurdas homologac iones de medidas y características de busetas, estudia con lógica lo del transporte escolar en autos livianos hechos en fábricas internacionales y debería dictar la norma nacional de contaminación, combustibles, etc. para acabar con el campeonato publicit ar io de las entidades ambientales. Al fin y al cabo, el que debe saber y opinar de transporte es el ministerio del ramo. Si está en buenas manos, como parece ser -por fin- el momento actual.

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