TOLA Y MARUJA.

Tola y Maruja perdieron sus nombres de pila el día en que formaron la pareja de humoristas más célebre del país. Dejaron de llamarse Carlos Mario Gallego en adelante Tola y Sergio Valencia para todos Maruja, en virtud de una alianza que convirtió el humor en un fenómeno de actualidad salido de la actualidad que leen y parodian en sus conversaciones conyugales . Ni siquiera en sus casas deben llamarlos por sus nombres. La radio, la televisión y la celebridad los bautizaron de nuevo.

29 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

No son cuentachistes, a la manera de Jeringa u Ordóñez. Los límites entre lo grotesco y lo populachero es trazado por una ironía desconcertante hecha de glosas y caricaturas salidas de la información diaria. Ven la realidad y sus protagonistas con la mirada de la pareja que va por la vida de desconcierto en desconcierto. Católica, apostólica, monogámica y decididamente chismográfica, la pareja de Tola y Maruja ha sido creada para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Son conservadores por escepticismo, que diría Borges.

En la era de la información y del vacío, nada escapa a la mirada de esa pareja de pañoletas, brazos enganchados y cuerpos encorvados por la desprotección. De la información se nutren y la información les devuelve, convertida en sátira, el perfil de la política, la alta sociedad y las modas, que aquí son un circo con tramoya, bambalinas que ocultan y máscaras que esconden la identidad del domador. El chismorreo, que el periodismo light ha querido convertir en una de sus bellas artes, se vuelve cotorreo ingenioso cuando Tola y Maruja hablan de sus preocupaciones.

No dejan títere con cabeza. Manejan los hilos de la realidad y nuevos títeres salen para que la pareja les corte la cabeza. Son implacables desde la amabilidad, ácidos desde la dulzura del comadreo, independientes desde la dependencia que les impone su status de pareja. Tola y Maruja (Carlos Mario y Pablo para los íntimos) prueban que el humor no consagra ni bendice. Se ha hecho para poner en duda todo lo existente. La caricatura y la hipérbole ( cierto maese Osuna?) hablan mejor de la realidad de lo que la realidad habla de sí misma. Por sí sola, la realidad siempre miente porque los protagonistas la acomodan a su antojo.

Tola y Maruja son un producto de la antioqueñidad antigua: lo que no se entiende se convierte en murmuración, lo que escandaliza se vuelve bendición y rezo. Son almas buenas que se santiguan con lo escandaloso. La radio bemba , que dicen los cubanos, es en Tola y Maruja el mejor método para expresar sus desconciertos. Sobre estas bases hacen su puesta en escena. Entre El manicomio de Vargas Vil y Tola y Maruja se da una suerte de continuidad histórica del humor. Todo parece venir de Campitos, todo parece conducir a Jaime Garzón. Todos a una remiten a un siglo XX problemático y febril en el que quien no llora no mama y el que no afana es un gil Un gil? Sí, un perfecto guevón .

La enternecedora pareja que forman Tola y Maruja es una diabólica, exultante dimensión del verbo. Donde terminan las tragedias del país empiezan la comedia, la glosa mordaz, el chismorreo chispeante, el cuando quiero llorar no lloro que nos impone el humor. Al país que da pena, Tola y Maruja le oponen el país que da risa. Al país que da rabia, le enfrentan el país que llama a carcajadas. A los colombianos que se matan, la pareja los invita a morirse de risa, remedio infalible contra las crispaciones.

Si las facultades de Comunicación Social no acogieran a tantas reinas de belleza y a tantos semiólogos que no se entienden ni entre ellos, abrirían una cátedra de humor para que Tola y Maruja entraran por fin a la Academia. Curioso que esta nueva ola grande de humoristas haya nacido con la oscuridad de El Guavio y de Gaviria, cuando nos alumbrábamos con velas y nos iluminábamos con humor. Carlos Mario Gallego, Sergio Valencia, Crisanto Alonso Vargas y Jaime Garzón son el resultado lógico del apagón. Toda sociedad que anda a oscuras, llama a sus humoristas pa que le prendan las velas.

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