SECUESTRO, HASTA EN LA CASA

SECUESTRO, HASTA EN LA CASA

Los dos secuestradores de Alberto Domínguez* entraron con él a su apartamento del norte de Bogotá, se pusieron cómodos y le anunciaron al dueño de la vivienda que pasarían la noche ahí.

27 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

El empresario, su esposa y su hijo posarían como anfitriones hasta el día siguiente, cuando el señor de la casa regresara a la compañía donde trabajaba como administrador, para abrir la caja fuerte y entregar el dinero que había en ella.

Las armas que apuntaban mientras uno de los delincuentes hacía el anuncio, se encargaban de recordar que se castigaría con la muerte cualquier intento de rebelión.

Dos huéspedes más, invitados por los secuestradores, llegaron luego hasta el apartamento de la familia Domínguez.

Como amigos de toda la vida, Alberto, su esposa, su niño y los cuatro delincuentes, compartieron techo hasta que amaneció.

Dos de los secuestradores abandonaron el edificio con el ejecutivo cuando llegó la hora de ir al trabajo. Los otros se quedaron con la esposa y el hijo hasta que supieron, por una llamada, que el negocio estaba coronado .

Ya tenían en las manos 200 millones de pesos de la caja fuerte.

Un choque contra el carro que conducía el empresario por la avenida Suba fue la trampa para retenerlo. Dos delincuentes se subieron al vehículo cuando el conductor culpable del estrellón fingía pena por el accidente.

Los choques, como métodos de retención, han sido utilizados en Bogotá varias veces en lo que va de este año, cuando ya la Dirección Antisecuestro y Extorsión registra 69 casos de secuestro, 14 casos más que en los primeros nueve meses de 1988.

Los oficiales de esa institución reconocen, sin embargo, que esa cifra no guarda toda la verdad sobre el delito contra la libertad.

Hay familias que nunca denuncian un secuestro y prefieren ir a instituciones no gubernamentales como País Libre, a recibir asesoría sicológica y jurídica para manejar el caso.

Entre las cuentas de esas familias, que se buscan entre sí para levantarse la moral, los secuestros no denunciados en la capital alcanzan el 70 por ciento.

El promedio semanal está entre tres y cinco retenciones , afirma una de las víctimas, que calcula en 50 por ciento el aumento del delito en la ciudad.

Además de tomar la apariencia de conductores descuidados, los secuestradores llegan ahora como supuestos agentes de tránsito.

Nueve frentes de las Farc, que estarían alrededor de la ciudad, serían los responsables de la mayoría de las retenciones, según los familiares de las personas llevadas a largos tiempos de cautiverio (ver recuadro).

Libertad por un mercado La delincuencia común, en cambio, muestra este año una tendencia a la inmediatez, de acuerdo con lo que conocen las autoridades. Y los niños son, con frecuencia, su más efectivo instrumento de chantaje.

Por un mercado de 500 mil pesos, la madre de un menor podía verlo de nuevo, a la salida del almacén de cadena donde se lo quitaron los delincuentes.

A un tendero del sur le sacaron al hijo pequeño del negocio. Debía entregar cinco millones para tenerlo otra vez en la casa.

Ciudad Bolívar, Bosa y Kennedy, que antes no eran escenario para las trampas de los secuestradores, ya aportan para las estadísticas cinco plagios este año (ver mapas).

A la mejor manera de los narcotraficantes, que se cobraban las deudas entre sí con retenciones y traspasos forzosos de los bienes, los delincuentes intentan hacer lo mismo con sus cautivos.

Si el secuestrado está ilíquido le reciben el vehículo, la casa o cualquiera de las propiedades, como pago por la libertad.

En una notaría encontraron hace un mes a los captores de un químico. Cuando llegaron los agentes del Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal (Gaula), hacían a su nombre la escritura de una finca que le pertenecía a su víctima.

Primos, hermanos, cuñados, tíos, sobrinos... la van bien como socios para armar las bandas de secuestro en Bogotá. Eso aquí es muy frecuente , afirma un oficial de la Dirección Antisecuestro.

En el caso del químico, por ejemplo, los 13 delincuentes enredados con la notaría y la escritura de la finca tenían el mismo apellido.

Hoy son según las estadísticas oficiales 38 los habitantes de Bogotá que esperan, en un rincón oculto de la ciudad, o en una trinchera improvisada del monte, a que por fin los secuestradores terminen de mercadear con su libertad.

*Nombre ficticio Las rutas de las Farc Los frentes 51, 42 y 22 y la fracción Policarpa Salavarrieta, los que más secuestran en Bogotá, suelen tomar con sus víctimas cualquiera de estos caminos: -Ciudad Bolívar o Usme- El Sumapaz y en algunas ocasiones avanzan por ahí hasta la zona del despeje.

-Soacha- carretera a Villavicencio- Desvío a la montaña cuando pasan por Puente Quetame.

-La Vega-Tocaima- ruta del Magdalena. De La Vega pueden trasladarlos a Viotá y de allí a la zona de despeje.

-Villeta o Utica- Alto del Trigo y desvío al monte. A veces van hasta Cambao.

-Zipaquirá y camino a la montaña cuando llegan al municipio de Pacho.

Secuestrados cuentan los engaños Un agente detuvo mi carro Iba por la carrera 11 con calle 95 cuando me paró un supuesto agente de tránsito. Cuatro hombres se me subieron al carro, me sacaron del puesto del conductor y me pasaron para atrás.

En el carro también se montó el policía. El era el que abría el camino.

Cogieron hacia el sur y me obligaron a tomar algo que aparentemente era Coca-Cola.

Debía contener escopolamina porque desperté mareada en un lugar muy frío. Estaba acompañada por cuatro o cinco personas.

Me llevaron al monte. Algunas veces me daban comida enlatada, otras veces arroz, y recuerdo haber comido carne dos o tres veces.

Cada tres o cuatro semanas me cambiaban los vigilantes. Algunos de ellos me amenazaban con que me iban a matar porque mi familia no quería negociar.

Después de nueve meses me liberaron. Caminé dos días y luego me subieron a un bus que me trajo a Bogotá. Mi papá había muerto hacía tres meses, cuando llegué a la casa.

Guerrilleros incumplieron Estaba con mi esposa en una casa que teníamos cerca a Tocaima y que visitábamos todos los fines de semana, cuando llegaron cinco personas armadas que dijeron ser de las Farc. Me montaron a mi propio carro y me llevaron por una carretera destapada.

Después de una hora me bajaron del carro, caminamos y nos detuvimos un tiempo, hasta que me pidieron teléfonos y se comunicaron con mi familia.

En dos o tres semanas mis parientes consiguieron prestado el dinero que exigieron por mí. Los guerrilleros pidieron que un hermano mío entregara la plata.

El se desplazó hasta un sitio cercano a Tocaima, se encontró conmigo, y cuando suponíamos que nos podíamos venir, nos dijeron que mi hermano tenía que quedarse porque la plata que había llevado era apenas la cuota inicial.

Tuve que venirme a Bogotá como pude. Vendí mi carro, pedí mis cesantías y en un mes pude rescatar a mi hermano .

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