EUREKA, HABEMUS RICHELIEU!

EUREKA, HABEMUS RICHELIEU!

Siempre hay tipos detrás del trono con la pretensión, real o imaginaria, de ejercer el poder que pertenece al que se sienta en él. En el trono. No son situaciones atribuibles a los Dioses, la sucesión dinástica, la victoria militar o las mayorías democráticas. El poder por interpuesta persona deriva precisamente del príncipe interpuesto. Por debilidad específica del príncipe; o por codiciosas y mercenarias artimañas del mandarín oculto; o por ambas. Richelieu podrá ser todo lo astuto que uno quiera, pero es imposible imaginar la cantidad de poder de que logró apropiarse sin recordar que Luis XIII era una indefensa marioneta.

30 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Pero hay una constante: los hombres del poder en la sombra padecen concupiscencias superiores. Desean y procuran el poder con una devoción enfermiza. Son capaces de sacrificar cualquier cosa con tal de lograr sus impaciencias. Ni los espíritus más selectos escapan a esa erótica del poder. No es cierto que Maquiavelo solo sea el primer politólogo y el último patriota italiano; ni Bacon un enamorado de la verdad que ocultaba a sus conciudadanos; ni Iñigo de Loyola un santo. Además eran pobres víctimas de los demonios del poder.

Pero es una perversión extraña. La mayoría de quienes ejercen el poder sin representarlo se muestran incapaces después de convertirse ellos mismos en la élite. Tal vez no sabrían qué hacer con un poder que no fuese ajeno. Y tal vez serían incapaces de soportar las insidias que ellos promueven contra terceros, incluido el príncipe. Un buen consejero puede preservar al príncipe de cualquier cosa menos de él mismo.

Los méritos que se requieran para acceder al privilegio de los mandarines agazapados se relacionan con el origen de su encumbramiento. Si despojo, por ejemplo, no se requerirá más virtud que el ahínco, la fuerza y tal vez la falta de escrúpulos. Si por carencia de talentos del príncipe, la inteligencia será poderoso elemento de seducción. Si ninguno de estos dos, el cortesano, bufón o consejero no se debe más que al capricho del soberano, y sus atributos jamás serán empadronados ni exigidos.

Cada gobierno, pues, coloca o admite detrás del trono el poder que se merece y en las cantidades que sean precisas. Belisario tenía a Ramírez, Turbay a Eastman, Barco a Montoya, Gaviria a Eduardo Mendoza, Samper a Cristo, Pastrana a Jaime Ruiz. De todo, como en la viña del Señor y en las boticas.

Quién es Jaime Ruiz? A quién, por qué, y con el consentimiento o elección de quién o quiénes, le fueron endilgadas considerables porciones de poder, coordinación de sectores y funciones de superministro ? Preguntas a cual más de necias. Porque si algo caracteriza al poder detrás del trono es justamente estar allí, en las penumbras. Si alguien supiera mucho de quién es, y lo que es peor, qué es lo que hace allí y por qué lo hace, el asunto, hay que reconocerlo, perdería toda gracia.El secreto, la clandestinidad, el misterio, la irresponsabilidad política son elementos claves del juego. Al revés, los mandarines están colocados en el centro del flujo de la información. Para tenerla, por supuesto, a integridad, pero también para sesgarla, devolverla o anularla.

Ruiz, antiguo planificador del reino, cargo, al revés, demasiado responsable, transparente y vistoso, estuvo antes detrás de otro trono menor, también de Pastrana. Y mucho antes en el pupitre de atrás, dicen que siempre haciéndole, completándole, enmendándole la tarea. Ni en el colegio, ni en el trono menor, ni en la oficina de planeación del reino se tienen noticias de grandes ejecutorias. Apenas memoria de un plan poco misericordioso, que los escribas recuerdan como no tan plan, ni tan social, ni tan para la paz. De los resultados prácticos de ese plan no hay necesidad de consultar a los escribas. Pero, según queda suficientemente explicado, eso qué tiene que ver?

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