VULGAR PERO SEDUCTOR

VULGAR PERO SEDUCTOR

El nuevo cine soviético de los setenta consolidó una generación de talentosos cineastas que, palmo a palmo, había logrado esgrimir sus respectivas individualidades y expresar las dificultades del entorno social, en medio de crecientes restricciones creativas impuestas por la burocracia oficial. El maestro Andrei Tarkovski luchó con todas sus energías para imponer su peculiar sensibilidad y concepción metafísica del mundo; artistas independientes como el excéntrico armenio Serguei Paradzhanov, o el nacionalista georgiano Tengiz Abuladze, alternaron con la opción romántica propuesta por el moscovita Nikita Mijalkov y los toques amargos del comediante Georgui Danelia. Tales manifestaciones no hicieron más que anticipar por varios años la perestroika, o reestructuración política y económica promovida desde el Kremlim por Gorbachov, que posteriormente desembocaría en el desmonte del sistema comunista.

29 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Un joven realizador Pavel Chukrai, presunto hijo del admirado Grigori Chukrai, quien dirigió Balada del soldado y Cielo despejado a finales de los 50, recurre a sus recuerdos de infancia para escenificar los temores y complejos del culto a la personalidad inculcados por el nefasto régimen de la era Stalin hacia 1952. Mientras que algunos cineastas de los estamentos oficiales se dedicaban a trazar pesadas apologías de los héroes revolucionarios, y uno que otro se refugiaba en las adaptaciones literarias y teatrales de los clásicos del siglo XIX, el viejo Chukrai siempre expuso con sinceridad los padecimientos de la época que le correspondió soportar es que la guerra me ha robado mis mejores años y mis mejores amigos . Semejante analogía generacional no resulta gratuita si pensamos por un momento que la tesis acogida por El ladrón se basa en el punto de vista personal de quien evoca una pesadilla con los parámetros mismos de la inocencia perdida del narrador. Sanja, con sus escasos seis años, se constituye en la atracción principal de una cinta sencillamente emotiva que no oculta lo difícil que fue sobrevivir. El padrastro, un vulgar pero seductor estafador al que alude su título, posee las características propias de los ángeles exterminadores cuyas ambivalencias confunden al menudo protagonista; es decir, el lado autoritario o fascista de quien le enseña a manejar las armas y actuar como un hombre que jamás tolera ofensas, y la reciprocidad sentimental de alguien que podría llegar a reemplazar la figura militar del padre desaparecido. Sin superar el temor que acarrea un símbolo dictatorial, el pequeño Sanja vacila entre la admiración emanada por el siniestro personaje y la decepción producida cuando descubre las verdaderas inclinaciones o astucias de su fortuito protector. A medida que la madre distribuye sus afectos por partes iguales, la metáfora del absolutismo en el poder devela que algo andaba muy mal en el seno de la sociedad soviética.

Un desertor que nunca renuncia a los uniformes e insignias de la institución armada, ese mismo oportunista que le extrae peligrosas posibilidades a su profesión ilegal, es el resorte dramático que acecha los recuerdos de una versión eslava predecesora o colindante de La vida es bella. Con ingredientes eróticos bien proporcionados las astucias para resguardar la intimidad de una pareja frente al hacinamiento, el relato infantil rivaliza con esa crudeza peculiar de los verdaderos artistas para describir privaciones existenciales o económicas no del todo superadas. A medida que la trama se desarrolla fluidamente, y de paso rompe con las imposiciones épicas de un sistema ya caduco, algo podrido parece ocultarse detrás de unos acontecimientos individuales que traspasan las fronteras del tiempo: el hambre que se sienta a una mesa vacía, la desesperación de quienes ven partir para siempre y en el frío a sus seres queridos, el alcoholismo de aquellos que perdieron las esperanzas y el desasosiego proveniente del fracaso de la comunidad por construir un mundo mejor.

Calificación Buena (condiciona la ternura infantil a la crudeza humana de una época difícil mlaurens

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