UNA RYDER DE FANTASÍA

UNA RYDER DE FANTASÍA

Un espectáculo maravilloso fue el que brindó la escuadra estadounidense de golf para recuperar la Copa Ryder para su país. Parecían el séptimo grado de caballería llegando al rescate del tren, o los Mariners invadiendo una playa extranjera.

28 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Después de haber sufrido la humillación durante los dos primeros días de competencia, el equipo estadounidense salió el último día con una sola consigna: a por todas en procura de la copa. Y así fue: se mostraron incontenibles, arrolladores, y con un juego espectacular demostraron a los aficionados que son los mejores del mundo.

Lo sucedido en el Country Club de Brookline consolidó la inmensa categoría y sabor que tiene la Copa Ryder, sin duda alguna el más importante torneo por equipos que se juega en el golf. El deseo de tener el trofeo al finalizar el siglo le daba un tinte especial a la competencia, y más para los del norte que, después de dominar por largo tiempo, la habían perdido en las dos últimas versiones.

La disputa se inició como esta establecido, 16 puntos en juego por parejas, 8 mejor bola y 8 tiro y tiro, para hablar en nuestro idioma. En esta modalidad, los europeos en las últimas competencias han mostrado ser muy fuertes y lo ratificaron en Brookline. Empezaron como una tromba, arrasando con los dúos que conformaba el capitán Crenshaw, quien no lograba salir de su asombro. Tal era su desespero que decidió emparejar a Tiger con Duval para evitar perder más puntos y tampoco le dio resultado: perdieron, y fácil, con Westwood y Clarke.

Llegaba el día de la definición. Eran 12 puntos en juego. Europa estaba a 4 de retener el título. Estados Unidos, a 8,5, algo casi imposible de lograr. Pero en los duelos individuales los estadounidenses son otra cosa, se sienten los mejores y salen a la disputa con esa determinación y eso los convierte en titanes. No resistirían otra derrota en su patio.

Y como un ciclón, los estadounidenses fueron aniquilando a los europeos, con unas ventajas inconcebibles en jugadores de tanta categoría como los del Viejo Continente. Ni yo, admirador incondicional de los del norte, esperaba tanto: qué talento, qué poderío y qué juego tan magistral el que desparramaron en la final. No tengo que referirme a ningún jugador en especial, todos conjuntamente con su capitán Crenshaw, hicieron lo que tenían que hacer: rescatar la copa.

Para mí, por ahora, la Ryder está donde debe estar, donde están los mejores jugadores de golf del mundo. Fue una Ryder de fantasía.

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