FINA, PALOMO Y GATO

FINA, PALOMO Y GATO

Amo a Bogotá. En serio, la amo. Salvo un infarto que casi se lleva el bulto la última vez que fui, Bogotá me trata bien, mejor que Barranquilla, por ejemplo, a cuyos profetas les ocurre lo mismo que a los demás. Otra cosa es que yo ame a Bogotá con ese amor perverso de los provincianos, que no la perdonamos ni de lo que no tiene la culpa, incluida esa debilidad tan suya de albergar tanto cachaco.

27 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Por eso nada de lo que aquí se dice es contra Bogotá, aunque lo sea, a propósito del despojo de que fue víctima mi ciudad con ocasión de la escogencia de la sede para las próximas eliminatorias del mundial de fútbol. Esa fue, para decirlo con entera claridad, una estupidez mayúscula.

Pero una estupidez perfectamente previsible: fue adoptada por un estúpido que preside una federación que usualmente hace estupideces. De lo cual se deduce que sería estúpido haber esperado algo que no fuera manifiestamente estúpido.

Antes que nada decir que a Bogotá no le hace falta sede alguna, por el contrario habría que quitarle algo de las que ya acumula. Buena parte de su desorden físico, su congestión, su contaminación, su fealdad, su peligro, derivan de esa terquedad de convertirla en domicilio provisional o permanente de cuanta agencia burocrática, embajada, gerencia, feria, concilio, congreso, concierto o convención se nos ocurre.

Cualquiera que no estuviese loco o en procura de aplausos fáciles y efímeros, sabe que habría que convertir a Bogotá en una ciudad aun más cara, si cabe, más difícil, más exclusiva, más inabordable. Sería la manera de evitar o reducir las hordas que la sofocan y saturan. Un poco en lo que de seguro andaba el alcalde Peñalosa, quien es un tipo serio, hasta que presintió los aplausos.

Alvarez, el director técnico, nunca apostó realmente a Barranquilla. Creyó ingenuamente que en río revuelto él pescaría a Medellín. Cuando quiso regresar a Barranquilla ya era demasiado tarde, menos para comprobar que, a diferencia de las épocas de Maturana y Bolillo , el director técnico no tenía nada que ver en la escogencia de la sede, ni en muchísimas otras cosas...

Puede ser que la violencia recurrente, la inseguridad y el precario orden público que muy verosímilmente empeorarán en los próximos meses, no acaben por alterar para Bogotá el usufructo tranquilo del beneficio de su sede. Ojalá los países competidores no quieran aprovecharse de esas circunstancias para ganar partidos y puntos de escritorio.

Pero más que nada, que ojalá no se repitan los coros ominosos de ole contra la Selección Colombia en los cuales es experta la afición del Campín. Como aquella célebre vez frente a Millonarios, en donde celebraron la derrota quemando la bandera tricolor. Por último, ojalá jamás se repitan los 80 muertos en Bogotá cuando el cinco a cero en Buenos Aires.

En fin, que a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga, así a la Selección y a sus contendores les toque actuar en un estadio tan feo, contrahecho, remendado y con la costumbre de caerse a pedazos cada vez que tiene público encima como El Campín; que además tiene precarios mecanismos de evacuación, no tiene baños ni parqueos y es casi imposible trabajarle accesos vehiculares expeditos.

Sería una grosería recordarles a los tipos de la Federación que hasta hace unos días no se permitía a los clubes profesionales jugar en el Nemesio. La razón? La pertinaz violencia que se presentaba domingo a domingo en las graderías en un partido tan desimportante y mediocre como, por ejemplo, el que jugarían equipos como Santa Fe y Tuluá. Puede usted creer que sea esa exactamente la sede escogida? Fina se había llevado la sede desde las eliminatorias anteriores, cuando lo anunció. Hace seis meses pronosticamos aquí que eso ocurriría. Barranquilla se durmió en la defensa de su sede. El Gobernador, el Alcalde, El Heraldo se ocuparon del asunto solo durante las últimas tres semanas, cuando ya todo estaba decidido. Solo faltaba la farsa de la votación empatada.

Cachaco, palomo y gato, tres animales ingratos, decía con razón mi abuela. Cuando estemos eliminados habrá que recordar que Fina fue. Que la estupidez de cambiar una sede invicta es una cosa que sólo a él podría ocurrírsele, porque él, ya se sabe, es irremediablemente así.

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