DEMONIO DE MEDIODÍA

DEMONIO DE MEDIODÍA

La Lolita de Adrian Lyne es, desde todo punto de vista, previsible, pero no por ello debe situarse de antemano en la columna de los sinónimos de las abominaciones. El estilo de Lyne, o sea la manera como le da forma a su contenido, refleja un quehacer cinematográfico más ligado a las expresiones light del cine que a las referencias, a las rigurosas elaboraciones de la puesta en escena. Aquí podría afirmarse que esta versión se salva de manera fugaz y parcial en la medida y en los momentos en que nos recuerda tanto la novela de Nabokov como la versión de Kubrick.

08 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

El tema no puede ser más seductor, pero el tratamiento no puede ser más decepcionante. Qué hacer con él, cómo enfrentarlo con suspicacia y, a la vez, con integridad en relación con la fidelidad debida a la novela de Nabokov? Cómo dar vida a la pasión atormentada del Humbert, aquel profesor de literatura que se ve atraído por una jovencita de 14 años en una pasión culpable que lo llevará a vivir un infierno de celos, sin que resulte tan obvio el hecho de que esta versión en manos de Lyne podría estar mejor en los Blockbuster que en la categoría del cine para los teatros? El amor desbordado de Humbert por Lolita, pasión que construye la estructura de la novela y que se expresa dentro de una complejidad lírica y narrativa con su trama sencilla en su acontecer, pero compleja en su psicología, en la versión de Lyne se reduce a un simple modo argumental: a la belleza provocadora, perversa e irresistible de la jovencita que hace de su amante y padre adoptivo, su desdichado servidor.

El poder de la nínfula sobre el atormentado Humbert, en la película, se reduce a la simplicidad estilística, al estereotipo, que no es el del qué , sino el del cómo . Y Lyne, como buen publicista, sabe que para el grueso de los espectadores esa mezcla ligera de suave erotismo, música de Morricone, fotografía delicada, montaje sin sobresaltos y la atmósfera nostálgica, constituye un cuadro particularmente agradable y ligeramente inquietante para asegurar alguna forma de éxito comercial. Pero olvida que si transforma la historia del infierno pasional de un hombre atormentado en una muy frágil historia de amor romántico, de tonalidad rosa antes que de perversas sugerencias, olvida que ese mismo relato amoroso es también la representación paródica de las novelas románticas del siglo XX. La culminación del género. Pero Lyne jamás se arriesga a caminar en semejante cuerda floja.

Si Humbert se aferra, sin medida, a un amor que cada día se vuelve más incierto y donde moralmente el transgresor es más moral que la víctima, ello tiene una explicación que hace, psicológica y moralmente, justificada la supuesta perversidad del profesor de literatura: aquello no sería más que el tiempo recobrado de un hombre desdichado, pues Humbert en su adolescencia perdió a su enamorada de 14 años, víctima de tisis.

Pero quién no ha perdido un amor adolescente?, se diría. Quién no ha querido detener el inexorable paso del tiempo? En esta idea de un mundo de sombras huidizas, de demonios interiores, aparece entonces un personaje, como si fuera un fantasma siniestro: Quilty, ante el cual Humbert se ve como un inocente y delicado intelectual de suaves maneras. Con Quilty, en lo paródico, la película tendrá un claro y merecido desenlace. Pareciera que los mejores momentos de Lolita estuviesen relacionados con las escenas en que la intervención de Lyne se reduce a fotografiar confiadamente; cuando deja de animar el gesto de los actores. La jovencita Dominique Swain desencadena oleadas de admiración y deseo (Quilty recorre medio país en su búsqueda), cosa lógica y genuina, pues para ella parece estar hecha la película, pero también está hecha de oportunidades perdidas.

Jeremy Irons despierta miradas de piedad por la suerte de su personaje, pero también por los trances en su apreciación del drama que se le escapa al querer poseerlo todo y quedarse con unas miradas del deseo desplazado por el miedo y la debilidad, tanto por el estado social como por el racional de su sentimiento de culpabilidad. De cualquier manera, a Lyne el tema no siempre se le escapa, aunque el interés de la trama tenga tantos altibajos como vacíos correspondientes al número de los pormenores que en las situaciones de provocación sensual nos sustrae.

Con toda su hermosa naturalidad, la joven Swain al haber encarnado el papel de Lolita y al dar por momentos la fuerza y la felicidad expresadas con su presencia intensificó la apreciación del drama, que puede fructificar en una invitación a la lectura, o la relectura de la muy diferente, desde luego, obra maestra de Nabokov.

* Recomendada para frescos y despreocupados. Jóvenes y viejos.

No recomendada para puristas y puritanos.

FOTO: -Jeremy Irons y Dominique Swain

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