LA HORA DE LOS ALCALDES

LA HORA DE LOS ALCALDES

La paz no pasa solo por San Vicente del Caguán. Ni por el sur de Bolívar. Es más, los hechos recientes reiteran que la salida negociada al conflicto armado dependerá cada día más de nosotros, los ciudadanos. Sin embargo, dada la coyuntura actual y lo cruento de los actos violentos contra pueblos y ciudades, los alcaldes van a tener que jugar un papel clave en el proceso de levantamiento ciudadano contra la guerra.

08 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Hoy en día, la toma guerrillera es mucho más catastrófica. La tecnología hechiza del cilindro causa tal destrucción, dada su poca precisión, que los pueblos amenazados por un hecho de esta naturaleza enfrentan una disyuntiva: o se defienden o quedan destruidos, como el de Nariño (Antioquia).

Si a este terrible panorama se le añade el del crecimiento del paramilitarismo y, por ende, el aumento de las masacres, se puede decir que la soberanía popular local, esa gran fortaleza de la democracia colombiana, está en peligro. No en vano desde 1995 han sido asesinados 270 concejales y, en los dos últimos años, 69 alcaldes han sido secuestrados y 18, asesinados.

Como no hay suficiente policía por el contrario, cada vez más pueblos no la tienen, a los alcaldes les toca buscar mecanismos alternos para defender su pueblo y sus habitantes.

Tarea que es posible y para la muestra unos botones. En Caicedonia, hace unos días todo el pueblo salió a la calle a protestar contra una toma, el día anterior, de un grupo armado. Pensilvania (Caldas) está organizando a toda la comunidad para que salga pacíficamente a la calle a proteger al pueblo si hay una toma. En Cali y Bucaramanga hay dos zonas de distensión, y los municipios del sur de La Guajira tienen andando una consulta popular contra la guerra.

Cómo? Ese es el gran interrogante, pero ahí van unas propuestas.

Qué no hacer No asista a las citas secretas que le pone la guerrilla. Exija al comandante de frente que sean públicas y que dígale que sube con toda la comunidad.

No se quede callado. El silencio es el peor enemigo del pueblo. Si hay una amenaza de toma o contra el alcalde o los ciudadanos, acuda a los medios masivos de comunicación. Pueden ser sus mejores aliados.

No compre su seguridad con la plata del pueblo. Darle el diez por ciento de su presupuesto a la guerrilla es quitárselo a la salud y educación de sus ciudadanos y entregárselo a la guerra. Además que lo hace susceptible de ser víctima de los paramilitares.

Qué hacer Pásele a la organización armada la cuenta de cobro con factura y todo por los daños causados por un hecho violento. Si Tirofijo reclamó las aves de corral muertas hace 40 años, usted también debe hacerlo con la destrucción de su pueblo o con la masacre de sus campesinos. Haga llegar la factura a San Vicente del Caguán o al Nudo de Paramillo.

Invite a la organización alzada en armas a dialogar desarmada en su municipio. Que no se escondan tras el fusil y exija diálogo con la comunidad de tú a tú.

Demande directamente ante los organismos internacionales cualquier afrenta que sufran su municipio o sus habitantes. No espere a que lo hagan por usted.

Prepare a los habitantes de su municipio y de su provincia para marchar contra cualquier acto violento, como lo hizo Caicedonia.

Prevenga un acto violento sacando a sus ciudadanos desarmados y vestidos de blanco a la calle antes de hechos como los de Pensilvania.

Construya un muro de la infamia para que, a través de juicios ciudadanos, quede para siempre la condena ciudadana de los actos atroces y el recuerdo de los muertos.

Demarque su territorio con un lazo verde y banderas blancas para que el actor de guerra sepa que está violando un lugar sagradoi.

Encabece el blanqueadoi de su pueblo con los muros que hayan sido pintados con consignas de guerra.

No es fácil. Finalmente, ellos tienen las armas. Pero no nos han dejado opción. De ahí la reacción ciudadana que se manifiesta en las marchas todas las semanas. De ahí la posibilidad de éxito de estas propuestas, pues este país está dando el gran paso del sometimiento y la resignación a la indignación colectiva. Por ahí sí se llega a la paz.

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