EL PROBLEMA NO ES LIMÍTROFE

EL PROBLEMA NO ES LIMÍTROFE

En mi condición de Canciller de la República y por haber pertenecido a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores por más de 35 años, tengo una información bastante completa sobre la situación del Archipiélago de San Andrés y Providencia, elevado a la categoría de Departamento por la Constitución de 1991.

26 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Existe la versión muy difundida de que tenemos un pleito pendiente sobre el dominio del Archipiélago con la República de Nicaragua. No es cierto. En el año de 1928 se suscribió el Tratado Esguerra-Bárcenas, por medio del cual se le reconoció a Nicaragua la llamada Costa Mosquitia, de propiedad colombiana desde tiempo inmemorial. A su turno, Nicaragua le reconoció a Colombia la propiedad de todas las islas e islotes situados al Oeste del Meridiano 82, o sea, San Andrés, Providencia, Santa Catalina, y otros cayos e islotes menores. Lo que está en disputa es la delimitación de las áreas marinas y submarinas, según se interprete el alcance de la alusión al Meridiano 82, a la luz del Derecho del Mar.

Ojalá el problema del Archipiélago consistiera en una disputa legal, susceptible de ventilarse pacíficamente por los distintos medios contemplados en el Derecho Internacional para esta clase de conflictos; pero no es así. El problema en San Andrés no es el dominio de Colombia sobre las Islas, sino el de los habitantes nativos y continentales sobre una superficie desproporcionada para mantenerlos en condiciones normales. Un breve recuento de los orígenes del problema y el punto a que hemos llegado, me ahorrará el trabajo de sacar conclusiones, distintas de pedirles a los Poderes Públicos y a todos los colombianos, que abramos los ojos oportunamente sobre este monumental error de manejo por fuera del territorio metropolitano de Colombia.

Contaba el Archipiélago con menos de mil habitantes, cuando fue declarado puerto libre. Mil habitantes que, en su inmensa mayoría, eran de origen anglo-africano, hablaban en inglés y profesaban la religión evangélica. En honor a la verdad, San Andrés era uno de los repartos mejor condicionados de Colombia, con una rata de analfabetismo casi nula y con una disciplina superior a la del resto de la región en virtud de las prácticas propias del protestantismo. Hoy en día, el Archipiélago cuenta con algo más de 80.000 habitantes, y de los tres gobernadores de elección popular, a partir de la vigencia de la nueva Constitución, dos están en la cárcel, Maflia y Manuel, y sólo Simón González, oriundo de Antioquia y primer Gobernador, está exento de cargos. La inseguridad, principalmente el robo a mano armada, se han enseñoreado de las islas.

El análisis del proceso de deterioro no puede ser más sencillo y dramático. Al establecerse el puerto libre, acudieron a la Isla compatriotas de todas las latitudes en busca de fortuna. Proliferaron los comercios, los hoteles, los balnearios y otros lugares de esparcimiento, porque, por el Puerto de San Andrés podían entrar a Colombia toda clase de bienes exentos de derechos de aduana, para ser vendidos en el interior en los llamados San Andresitos. La población nativa poco sabía de negocios y los capitales de los habitantes de San Andrés eran insuficientes para operaciones de tanta envergadura, como las que hacen de la Isla un paraíso fiscal.

Los pañamanes , como se llama a los continentales, se fueron apoderando de la Isla, desalojando a los raizales, que se ven reducidos a una posición secundaria, en la cual lo único que les queda es la tierra fuera del perímetro urbano. El crecimiento es tan desproporcionado que llega a la escandalosa cifra de 2.600 habitantes por kilómetro cuadrado, carentes de los más elementales servicios públicos, pero, principalmente, del agua potable, que está calculada en 40 litros/segundo y la demanda es de 169 litros/segundo.

Sobreviene, entonces, como otro de los huracanes del Caribe, la apertura económica que, con la desgravación de un gran número de artículos domésticos y bienes de consumo, reduce al puerto libre a la condición de un puerto cualquiera, situado a 500 millas del continente. Los hoteles, con una mediocre ocupación, los locales para el comercio, la mano de obra ociosa, denotan la gravedad de la situación económica, muchas veces más angustiosa que la del resto del país, en donde se sospecha que habrá luz al final del túnel, pero, en San Andrés, con 50 por ciento de desocupación y sin un futuro posible, qué se puede esperar? Por diferentes razones sigue llegando gente, aunque se adopten medidas para bajar la densidad demográfica, como el Artículo 310 de la Constitución y el Decreto Ley 2762 de diciembre de 1993. Pero el problema no es de normas, sino de acción. Consiste en buscarles una actividad económica distinta a los habitantes de San Andrés y en controlar el flujo de los inmigrantes del Continente. De otro modo, un sentimiento anticolombiano, que no es en modo alguno pro nicaragense, se va adueñando de la Isla, agobiada por sus propias contradicciones. Parecería un problema pequeño frente a la gravedad de la situación total del país en materia de orden público, de economía y de desempleo; pero, en este caso, hay un factor adicional, porque lo que está de por medio es nuestra soberanía sobre el Archipiélago, y mal podemos desentendernos de las consecuencias que traería un levantamiento masivo en contra de las autoridades, sin meta ni programa, totalmente anárquico.

Qué tal un conflicto estilo Timor Oriental, en donde se enfrentarían dos etnias: anglo-africanos de habla inglesa y de religión protestante, y continentales de estirpe española y sirio-libaneses. Dios tenga a Colombia de su mano!

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