EL OTRO MURO

Un escritor polaco definió lo ocurrido en Europa durante 1989 como un terremoto histórico. Eso fue. Un cataclismo que no se previó con precisión y cuyas consecuencias no se pueden estimar fácilmente. Un movimiento súbito que derriba muros, abre grietas y va seguido de otros sismos. Roto desde adentro el proceso socialista no había, para el caso alemán, nada que detuviera la unificación y ello se produjo a gran velocidad. Solo seis meses después de la caída del muro ocurrió la unidad monetaria.

28 de marzo 1994 , 12:00 a. m.

En principio, los dirigentes alemanes creyeron que la tarea unificadora iba a plantear fundamentalmente problemas fiscales, dado el esfuerzo requerido para producir la nivelación en cuanto a infraestructura y tecnología. No imaginaban el cúmulo de complicaciones que iban a enfrentar, hasta el punto de que hoy se afirma que nada dividió más a los alemanes que la unificación y aún aparecen sectores radicales que hablan de levantar un muro nuevo, dos metros más alto. nLo más paradójico es que algunas de estas voces provienen de la antigua Alemania Oriental.

El grado de manipulación informativa y estadística en la antigua RDA era infinito. Aquella nación, que se presentaba como la octava potencia industrial de la tierra, era en términos de productividad y tecnología, un asunto artificial. Donde se requiere de un discurso anacrónico, sin espacio para lo individual, sin confrontar resultados con recursos.

El proceso ha sido traumático y no exento de equivocaciones. Hasta ahora no había experiencia histórica sobre transformación de la economía socialista en economía de mercado. Los primeros años demuestran que no se forma economía de mercado por decreto y los alemanes realizan ingentes esfuerzos por avanzar en los frentes de la cultura democrática y de la cultura empresarial. La situación no es tan difícil como en la antigua Unión Soviética donde el 62 por ciento de los ciudadanos no quieren tener propiedad privada y solo un 1.2 por ciento participa activamente en los procesos de cambio político; en todo caso, los problemas de sicología colectiva, de mentalidad, son los más complejos y van a requerir un período prolongado para su solución real.

Las inversiones y transferencias son desconcertantes. Una cifra cercana a los docientos mil millones de dólares por año se obtiene al sumar las transferencias federales y el costo del programa de privatización. Los resultados empiezan a darse y el proceso va a ganar en consolidación durante los próximos años. Actualmente, un 73 por ciento aprueba la reunificación; un 68 por ciento está en contra de las cargas económicas y tributarias impuestas; el desempleo en el este es superior al 15 por ciento y hay un esfuerzo tremendo en recalificación laboral.

Los líderes alemanes son optimistas. Se saben dueños de una economía poderosa, locomotora de Europa, la cual, tendrá en cinco años el concurso de miles de empresas modernas, especialmente, pequeñas y medianas. Paradojalmente, al concluir la reestructuración industrial en el este, la antigua RDA tendrá la industria más moderna del mundo. No se soslayan los otros problemas, la inmigración, la compatibilizción ambiental del antiguo plantel industrial y los asuntos étnico-culturales que afectan toda Europa.

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