AHORA LA LIBERTAD

Poco a poco los colombianos hemos venido escalando posiciones negativas hasta colocarnos en los primeros puestos de mucho de lo malo que tiene el mundo. En secuestros, en homicidios, en violación de derechos humanos, en corrupción, en destrucción del medio ambiente, en narcotráfico, para citar los ejemplos más comunes.

24 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

De la misma forma hemos venido descendiendo en otros frentes donde antes nos destacábamos positivamente. En el desempeño económico, en la estabilidad política, en ciertos factores de competitividad, en la producción de café, en la calidad de la educación... En todo esto vamos como los cangrejos. Donde era difícil imaginarse que Colombia aparecería también en los últimos lugares era en los índices de libertad económica.

Pues bien, esto acaba de suceder. En la separata sobre el siglo XX que publicó en su edición pasada la revista The Economist aparece un capítulo dedicado al problema de la pobreza y su relación con la libertad. Los datos son preocupantes, no solo para Colombia sino para todos los países en vía de desarrollo, pues se demuestra cómo durante este siglo la brecha entre los países ricos y los países pobres se ha acentuado, y de qué manera.

Hace un siglo el ingreso per cápita de los países más ricos era nueve veces superior al de los países más pobres. Hoy es 45 veces más grande. En todo este tiempo, solo unos pocos países han logrado acelerar su desarrollo para alcanzar a los países industrializados. La gran mayoría, sin embargo, no solo se han quedado rezagados sino que la distancia que hoy los separa es mayor.

Este problema de la humanidad ha sido motivo de preocupación permanente de todos los estudiosos del desarrollo. Nadie ha logrado la respuesta o la fórmula perfecta. Pero hay nuevos enfoques interesantes. Uno de ellos es un trabajo que vienen realizando una serie de instituciones académicas desde hace algunos años para medir el grado de libertad económica de los países, y con ello tratar de explicar su desempeño en la carrera hacia el desarrollo. Sus conclusiones son tajantes: mientras más libre la economía, más crecimiento y más prosperidad para los ciudadanos.

Muy importante aclarar que la libertad en este caso no es ausencia de intervención del gobierno, ni permitir que simplemente se impongan las leyes del mercado. No es el neoliberalismo ni el laissez faire. No. Es una definición mucho más amplia de lo que significa libertad (libertad para realizar transacciones económicas) y tiene que ver con la presencia de un gobierno fuerte que administre justicia y que imponga unas políticas económicas estables y predecibles; donde se respeten los derechos de propiedad; donde la gente pueda utilizar sus ahorros libremente y sin el miedo a que la inflación o el gobierno los confisque; donde las regulaciones permitan montar negocios sin acudir a la corrupción, o donde la inversión no se entienda solo como compra de activos adicionales sino como un mayor esfuerzo en educación y capacitación. Son 17 indicadores diferentes los que se tienen en cuenta para calificar a los países, y año tras año publican la lista de sus resultados.

En la lista que acaban de publicar y que reproduce The Economist, a Colombia le va como a los perros en misa. No existe ni un solo país de América Latina que tenga peores calificaciones. Solo unos pocos países africanos y algunos parias del mundo (Albania o Siria) se encuentran por debajo de nosotros. Todos los vecinos Bolivia, Perú, Venezuela y hasta Ecuador obtuvieron calificaciones muy superiores.

El artículo divide los países que no han logrado crecer ni mejorar las condiciones de sus ciudadanos, entre aquellos que los académicos internacionales denominan simplemente como Estados fracasados y esos otros que tienen gobiernos actuantes pero que no funcionan. Colombia pertenece a la segunda categoría. Sin embargo, si seguimos de tumbo en tumbo y de fracaso en fracaso, rápidamente vamos a pasar al primer grupo, al de los que no tienen futuro.

Esta publicación es otro campanazo sobre un tema en el que hemos venido insistiendo hace mucho tiempo. No podemos seguir destruyendo las condiciones necesarias para crecer y generar empleo. No hay que olvidar nunca que la misión fundamental de todo Estado y de todo gobierno es procurar el bienestar de la población y esto es imposible sin crecimiento ni trabajo

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