COGUA, APOYO DEL CERRO

COGUA, APOYO DEL CERRO

Si algún hombre comete incesto con su madre, hija o sobrina debe meterse en un hoyo estrecho, lleno de agua, con sabandijas y cubierto de una loza grande para que muera miserablemente.

18 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

La misma pena deber ser aplicada a las mujeres para que el fuego de la lascivia se les apague con la frialdad del agua y la tierra... , comentan en sus escritos los historiadores Castellanos y Fernández Piedrahita.

La cultura Chibcha tenía un alto concepto de la disciplina, la familia, el respeto y el sometimiento a la jerarquía.

Aunque en un principio se casaban entre miembros de una misma tribu y estaban inclinados al incesto, el Zipa Nemequeme combatió estas conductas impropias con severas penas como la descrita antes.

Los cronistas, incluso Jiménez de Quesada, afirman que el primer matrimonio se realizaba entre clanes diferentes pero que podían casarse con todas las mujeres que pudieran mantener.

El rito nupcial La ceremonia nupcial consistía en que el pretendiente enviaba una manta a los padres y parientes de la muchacha. Si no se la devolvían, mandaba otra junto con una carga de maíz y otros bienes.

Antes del amanecer y en la puerta de los suegros, el novio hacía algunos ruidos prudentes para anunciar su llegada. Después de un diálogo formal con los parientes, la muchacha hacía su aparición con una gran totuma de chicha que, después de probar, ofrecía a su prometido. Así quedaba sellado el casamiento.

Las mantas representaban la base de su vestuario y en las procesiones se tendían para que pasara el Zipa y el Zaque.

Los hombres se envolvían en una manta, con otra cubrían el busto atando las puntas sobre el hombro. Las mujeres usaban una manta cuadrada llamada chircate ceñida a la cintura con una faja llamada chumbe y sobre los hombros una pequeña liquira prendida, a la altura de los pechos, con un alfiler grande de oro con la cabeza en forma de cascabel llamado topo .

Arturo Abella cuenta que estos alfileres fueron utilizados por las indígenas para sacar las niguas que atacaron al ejército de Quesada. Ellas se enamoraron de los soldados españoles, aunque estos llegaron semidesnudos, sudorosos y mal olientes; les permitieron entrar a Bogotá como a su casa y conocer el camino de la sal.

Ya en la colonia, nadie fue capaz de hacer cumplir la orden impartida por el fiscal Francisco de Moreno y Escandón. La idea era trasladarlos a Tocancipá, pero los indios coguas no lo permitieron porque eran muy apegados a sus tierras. Este acto de valentía no se repitió con mucha frecuencia en los demás pueblos Chibchas, que por 1777 estaban casi extinguidos.

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