A DÓNDE VAN LOS DÓLARES

A DÓNDE VAN LOS DÓLARES

El 21 de julio de 1998 fue derrotado el oficialismo liberal por la llamada Gran Alianza, y muchas fueron las interpretaciones que se le dieron a tan inesperado suceso. Algunos lo atribuían a las perspectivas de paz que se abrían con la entrevista de Pastrana y Tirofijo , tan inesperada como bienvenida por los amantes de la paz. Otros, al deterioro de la situación económica, agravada por la defensa del signo monetario colombiano, con un alza en la rata de los intereses bancarios que ya superaba el 40 por ciento. Otros criticaban errores de estrategia política que pudieron perjudicar la causa del doctor Serpa, como fue la tentativa de reducir las horas de trabajo, el recorte de los recursos de los comités cafeteros, inclusive la congelación de los salarios emanada del seno de la campaña oficialista.

05 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

El hecho fue que la balanza electoral se inclinó a favor del candidato del Cambio por el derrumbe de la votación liberal en todo el occidente colombiano, pese al prestigio de la candidata a la Vicepresidencia, Doña María Emma Mejía, oriunda de la región.

En los cuatro años anteriores habían sido decapitados los dos grandes carteles de la droga, el de Medellín y el de Cali, y la ausencia del dinero proveniente del ilícito tráfico se hacía sentir duramente en las capitales del occidente colombiano, no solo en Medellín y en Cali, sino en Pereira, en Armenia y en el propio norte del Tolima.

En semejantes condiciones, cómo era posible confiar en un voto de apoyo al régimen, cuando lo que se vislumbraba era un voto de castigo, como suelen llamarse estas manifestaciones de protesta colectiva ante crisis inexplicables para el grueso público, ajenas por completo a la voluntad de los gobernantes?.

Leía yo recientemente el último libro de Paul Krugman, titulado The return of depression economics , que sirve sin duda para explicar lo ocurrido no solo en Colombia sino en todos los países que, desde el sureste asiático hasta el Brasil, han asistido al colapso de su economía. Unos y otros mantuvieron por años una balanza comercial deficitaria, que se equilibraba con el flujo de capitales extranjeros, unas veces en forma de capitales golondrina y otras, con el carácter de inversiones permanentes. Algo semejante, por algunos aspectos, a la llamada prosperidad a debe de los años 20. Y sucedió, como entonces, que de la noche a la mañana y por contagio se detuvo el torrente de créditos a los mercados emergentes y en pocas semanas se paralizó la economía local.

El caso colombiano no fue diferente. Estábamos importando cinco millones de toneladas de alimentos y nuestras exportaciones estaban deprimidas por los precios del petróleo y del café, razón para que compensáramos estos déficit con el fruto de las privatizaciones y de las licencias, como las de la televisión y las de los teléfonos celulares, amén del sinnúmero de dólares que llegaban confiados en la estabilidad de nuestro peso, dada la magnitud de nuestras reservas y lo remunerativo de los intereses bancarios.

Entre estos últimos sería ingenuo ignorar los capitales provenientes del tráfico de la droga, que venían a reinvertirse en Colombia, unas veces al amparo de amnistías tributarias y otras mediante el lavado de dólares. Su destino fue, por lo general, la propiedad inmobiliaria, ya fuera adquiriendo grandes latifundios en el corazón del país, o financiando, directa o indirectamente, la construcción de lujosos edificios para la clase alta y la clase media alta en los grandes centros urbanos de Colombia.

Basta registrar el crecimiento del negocio de la construcción para verificar hasta qué punto el boom colombiano reposaba sobre las especulaciones en finca raíz, urbanas y rurales, gracias a la apertura reforzada por un dólar sobrevaluado. Coincidió, pues, el vacío dejado por los capitales de buena ley con la erupción del dinero ilícito, cuyos beneficiarios, generalmente de origen campesino, se orientaban de preferencia hacia la especulación en tierras.

Con solo contemplar el sinnúmero de cartelones que anunciaban ventas y arrendamientos en las ventanas de los edificios recién construidos, puede el más lego darse cuenta de que la caída en la demanda y el exceso de oferta en las edificaciones fueron determinantes en la crisis de los establecimientos de crédito, en la caída de los consumos en un 30 por ciento, como lo comprueban los balances del primer semestre de este año de las fábricas de cemento, de las ensambladoras de automóviles, de los supermercados, de la ocupación de los hoteles, de las ventas de artículos de uso doméstico y, en general, de todo el aparato productivo.

Krugman aconseja, siguiendo los principios keynesianos y en abierta contradicción con el Fondo Monetario Internacional, reactivar la economía mediante el gasto y abstenerse de agravar el ciclo recesivo con medidas de austeridad que conllevan despidos y profundización del problema social, sin redimir para nada la actividad económica. Resulta, sin embargo, que en Colombia las cifras hasta ahora conocidas son absolutamente desproporcionadas con nuestros recursos tradicionales y es así como el presupuesto nacional, a pesar de todos los recortes, tiene un desfase vecino del 40 por ciento, prácticamente imposible de superar en las condiciones actuales.

Sobreviene, entonces, un curioso interrogante: Qué ocurre en la actualidad con los dineros del narcotráfico que indirectamente suplían el déficit de divisas y, en cierta manera, subvencionaba las importaciones con el lavado de dólares?. Los aviones y los satélites norteamericanos certifican que los cultivos, lejos de verse reducidos por la exitosa batalla en contra de los carteles, vienen creciendo sistemáticamente en los últimos años, hasta colocar a Colombia en la posición de ser el primer productor de cocaína en el mundo y un avezado competidor en el mercado de la heroína. Crece la producción y desaparecen los ingresos provenientes de tales cultivos.

Muchos dirán que se encaminan a otros lugares, pero en los tiempos que corren no es fácil invadir otros países con el lavado de dólares en la escala en que se hacía en Colombia, máxime cuando los Estados Unidos intensifican el control de tales dineros en santuarios como Suiza, las islas del Caribe, Luxemburgo y Liechtenstein. Creo, más bien, que países, como México han sustituido a Colombia en el negocio de la droga. La producción nuestra sigue siendo la misma o mayor que hace unos años, pero las organizaciones exportadoras, que se beneficiaban con la comercialización en los grandes centros se han visto sustituidas por los carteles de Tijuana, de Baja California, de Guadalajara, de El Golfo, etc., muchos de ellos herederos de los carteles de Medellín, Cali y la Costa, que ya nadie menciona a nivel mundial. Son ellos quienes se benefician verdaderamente del negocio y quienes tienen acceso al consumidor individual, a los veinte millones de norteamericanos que mantienen la operación en movimiento.

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