AIDICCIÓN

El narcotráfico es un mal que genera devastadoras adicciones no solamente en los individuos sino también en las sociedades, los países y sus instituciones. El apetito por las sustancias ilegales en las sociedades desarrolladas se mantiene insaciable. Las economías productoras se han vuelto adictas al dinero fácil. Los países afectados por este fenómeno no han logrado desprenderse de una funesta adicción a la corrupción y la violencia.

21 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Pero el narcotráfico genera otra dependencia que, si no se maneja con cuidado, puede ser igualmente peligrosa. Me refiero a la aidicción o la adicción a la ayuda externa. La asistencia externa es como toda medicina: en las cantidades correctas y aplicada a los males apropiados, puede hacer milagros. La cooperación, la asesoría y la ayuda directa antinarcóticos que ha recibido Colombia en la última década han sido esenciales para contener el fenómeno del narcotráfico y para darle al Estado una capacidad de acción importante en la lucha contra las mafias de la droga.

El problema surge cuando se empieza a abusar de la ayuda externa con el convencimiento de que es una droga que sirve para solucionar todas las enfermedades. Esa parecería ser la visión que está prevaleciendo en algunos círculos gubernamentales. Estos se han propuesto elevar la ayuda de los Estados Unidos a niveles muy superiores a los que se venían registrando en el pasado y canalizar dicha ayuda con mayor énfasis hacia el manejo del conflicto interno.

Sin duda, un componente crítico de la lucha contra la subversión es atacar la articulación entre los grupos armados y el narcotráfico. Allí cabe una cooperación importante y una participación activa de los Estados Unidos, como está ocurriendo, por ejemplo, con el nuevo batallón antinarcóticos del Ejército Nacional. Pero mucho me temo que nos puede pasar lo que les pasa a los adictos ingenuos, que creen que están en control y que pueden consumir más y más a menudo sin correr ningún riesgo. Es muy fácil caer en la tentación de convencerse de que la salida fácil, el quick-fix, a nuestros problemas de seguridad interna es involucrar cada vez más los equipos, la ayuda y la cooperación de los Estados Unidos.

Los riesgos de la aidicción son graves. La ayuda externa, como cualquier droga, genera dependencia. Washington ya nos ha hecho saber que cualquier incremento de la ayuda va a conllevar un detallado ejercicio de coadministración y monitoreo de la actividad de nuestras Fuerzas Militares, de su desempeño en los temas de derechos humanos y de su eficacia. Esa supervisión no es mala en sí misma; lo que pasa es que en la práctica reduce la autonomía estratégica en la medida en que establece criterios de evaluación que tienden a reflejar mejor las aspiraciones de los donantes que las apreciaciones de los generales y oficiales que aquí manejan el problema.

Como con las drogas, la ayuda externa también es un vicio difícil y costoso de mantener, tanto para el donante como para el receptor. Con la excepción de los países que tienen lobby propio en los EE.UU., como es el caso de Israel, conseguir que se mantenga y se renueve la dosis de ayuda es un proceso complejo, donde se compite con muchas otras necesidades y donde intervienen el Congreso, las ONG, las agencias y secretarías, mejor dicho hasta el gato.

Una vez se entra por esa vía, existe un gran riesgo de que nuestras Fuerzas Militares se queden sin la ayuda, ya sea porque a un parlamentario gringo no le gustó lo que se logró, o porque una ONG desconfía de un general de la República, o por cualquier razón que no se compadece con la magnitud de los traumatismos que esos abruptos recortes pueden generar. En ese escenario sobrevendría un verdadero síndrome de abstinencia , con una súbita incapacidad de reacción, una disminución aguda en las capacidades efectivas de defensa y un malestar general en las Fuerzas Armadas, que en últimas favorecería a los enemigos de la democracia.

Pero quizás el aspecto más grave de la adicción a la ayuda externa es la incapacidad que muestran los adictos para valerse por sí mismos y para aprender a sobrevivir por sus propios medios. En el éxtasis barato que provee una inyección generosa de asistencia, se olvida que el nuestro es un conflicto que va a requerir un fortalecimiento consistente y de largo plazo de la capacidad de acción del Estado. Y para eso no hay ayuda que alcance ni gobierno extranjero que lo resista.

En vez de andar pensando que otros nos van a resolver el problema y que la plata de los gringos nos va a dar la ventaja definitiva, los colombianos debemos decidirnos a sacar del bolsillo e invertir en la construcción de una capacidad de defensa y seguridad propia, que permita en un plazo razonable controlar los factores que generan la violencia y sus múltiples manifestaciones. De lo contrario, la ayuda será otra droga más para alejarnos de nuestras responsabilidades y de las verdaderas soluciones. Algo así como la morfina que se les administra a los pacientes terminales

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