A VOLTEAR LA MAREA

A VOLTEAR LA MAREA

El centro del conflicto político es hoy la división de las élites frente a la manera de conseguir la paz. Unos piensan que debe continuar la negociación con las guerrillas, y aplauden que Pastrana haya logrado acordar una agenda y que haya iniciado conversaciones con Marulanda, aunque desconfían del éxito final por la debilidad de su liderazgo. Otros creen que el proceso de paz es un nuevo engaño de las guerrillas y sienten que llegó la hora de sumar todas las fuerzas, combinar todas las formas de lucha de la gente de bien, para extirpar para siempre todo vestigio de esas cuadrillas dedicadas al asalto, al secuestro y al narcotráfico.

22 de septiembre 1999 , 12:00 a. m.

Quienes defienden el proceso de paz son un grupo heterogéneo de fuerzas religiosas, comunitarias, sindicales, académicas y gremiales, apoyadas por una legión creciente de pacifistas internacionales, que comparten el discurso sobre la inutilidad de la guerra y la obligatoriedad de encontrar una solución pactada que nos ahorre la destrucción del país. Ese grupo se ha expresado electoralmente, ha movilizado multitudes contra el secuestro, se ha opuesto tanto a las guerrillas como a los paramilitares y ha buscado jugar un papel en apoyo de la negociación de paz con unos y otros. La eficacia de este esfuerzo ha tendido a desaparecer porque el gobierno Pastrana no ha sabido cómo capitalizarlo políticamente para lograr un consenso interno del Establecimiento sobre el alcance, las condiciones y los resultados que se esperan de la negociación.

El capital de confianza inicial que el Establecimiento le otorgó a Pastrana, representado por Rodrigo Lloreda en el gabinete, se hizo añicos con su renuncia y la del sector mayoritario de la cúpula militar. Desde entonces, el estancamiento de la negociación ha abierto el espacio de oportunidad política para el grupo que defiende la pacificación en reemplazo del proceso de paz. Esa oportunidad es el resultado de las omisiones más protuberantes del liderazgo presidencial, que pasó agachado frente a la rebelión militar por el despeje del Caguán, frente a los derechos de la población civil en la zona despejada, frente al inicio de negociación con el Eln y frente a la definición de una política sobre el paramilitarismo.

Cada uno de los afectados por la omisión de liderazgo presidencial llenó el vacío con políticas propias, en contravía de la solución negociada. Los mandos militares sostienen un discurso contra la narcoguerrilla opuesto a la idea presidencial de negociar la paz para contener el narcotráfico. Las Farc afirman no admitir otra ley que la propia en la zona del despeje. El Eln quiere forzar la apertura de la negociación como parte del rescate por secuestros colectivos. Los paramilitares capitalizan a su favor el desgaste de la paz.

Ahora, la paz depende del éxito de Pastrana en voltear la marea de consecuencias que sus omisiones provocaron, que apuntan al escalamiento de la guerra total. El Presidente debe integrar verticalmente el discurso militar sobre la guerra y el narcotráfico, para evitar una doble agenda que acabe las posibilidades de la negociación de paz. Debe responder por la población civil en el Caguán con la presencia masiva de funcionarios del Estado, que demuestren que vale la pena ser parte de la solución de la guerra. Debe iniciar sin dilación la negociación formal con el Eln, desligándola de los secuestros. Y debe poner de acuerdo al conjunto de las élites para convencerlas de que no es posible fortalecer el brazo armado del Estado como respaldo de la negociación y al mismo tiempo fortalecer los ejércitos privados que sustituyen sus funciones y su legitimidad.

(*) Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional

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