QUÉ TRISTEZA!

La conmoción por el asesinato de Jaime Garzón fue nacional. Lloraron por él los personajes que fueron objeto de sus ironías y de sus críticas; y lloraron por él los hombres de la calle, las mujeres, los niños. En ese fatídico viernes 13 de agosto los terroristas que están acabando con este país, al asesinar a Jaime Garzón pretendieron silenciar al hombre que al tiempo nos hacía reír y nos hacía pensar, trabajaba por la paz, promoviendo la reconciliación y presionando la liberación de los secuestrados. Porque hoy sabemos que fueron muchos los secuestrados que recobraron su libertad gracias a la mediación de Garzón. Y muchos estaban confiando en que él los ayudaría a volver a ser libres.

16 de agosto 1999 , 12:00 a. m.

Garzón, quien no tenía fama de discreto, fue un discreto soldado de la paz. Posiblemente nunca se sabrá hasta qué punto fue importante y exitosa su labor de mediador y de conciliador. Ahora, lamentando su muerte, se han oído conmovedores testimonios de quienes recibieron su ayuda, de quienes aprovecharon sus servicios para realizar programas en favor de Colombia. Porque a ese irremplazable humorista le dolía su patria; le dolía la situación injusta en que viven tantos colombianos. Y, entre chiste y chanza, y cara a cara, Garzón les cantó la tabla a los políticos y a los poderosos. En su papel de Heriberto de la Calle , el lustrabotas, mientras embolaba los zapatos de la gente que cuenta, les decía las más crudas verdades. Pero con su risita burlona y con un golpe de cepillo en la pierna los obligaba a reír. Y nos hacía reír a los televidentes.

Ese crimen infame no tiene perdón de Dios; y ojalá descubran a los asesinos, a quienes deben castigar con la pena mayor. Esos cobardes que desde una moto dispararon al corazón del humorista, también hirieron el corazón de Colombia que reaccionó conmocionada al conocer la noticia. Pero si los sicarios creyeron que a bala silenciaban para siempre esa voz que se escuchaba con admiración y con alegría, se equivocaron. Hoy Garzón está más vivo que nunca. Este nuevo mártir de la libertad, por ser quien fue, porque nos hizo reír en medio de tanta tragedia, por los personajes que creó, por la inteligencia y por la gracia con que se burló de quien es quien en esta adolorida Colombia, es un nuevo símbolo del país que tiene que volver a ser. Porque después de este crimen atroz, la batalla contra el terrorismo y contra la violencia tendrá que ser más intensa.

El asesinato de Garzón nos confirma que el país está enfermo. Que la industria del sicariato prospera. Que la moral, los valores, los sentimientos nobles se han perdido. Que la ley del revólver y del buen billete es la que manda. Así lo vemos en El Fiscal, la serie de TV en la cual excelentes actores representan esa realidad que el 13 de agosto volvió a estremecernos y que nos obliga a sacar conclusiones y a asumir posiciones más firmes. Ante todo, es urgente la colaboración ciudadana para descubrir a los asesinos. Pues si queremos que el país cambie, que los ríos de sangre se contengan, aquí no caben la indecisión, ni la indiferencia, ni seguir encerrados mirando los toros desde la barrera, ni huir hacia el exterior con la disculpa de que esto aquí nadie lo arregla. La batalla que libraba Garzón debemos continuarla. Porque si a él lo mataron por ser valiente y arrojado, por ser un soldado de la paz, esa paz tenemos que buscarla para derrotar a los terroristas que no quieren dejarla encontrar y que han convertido a Colombia en un inmenso cementerio.

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